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Genealogía CLII

Genealogía CLII
Batalla de Long Island. Foto: Wikimedia Commons. Domenick D'Andrea
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En este artículo no voy a hablar de nadie de Extremadura o con sangre extremeña, aunque no quiere decir que investigando sobre él no se pudiera llegar a averiguar que tuviese raíces extremeñas, como el Papa León XIV o Bad Bunny, de cuyos ancestros extremeños ya hemos hablado.

En este caso se trata de un chico que luchó en la Guerra de Independencia de Estados Unidos y a consecuencia de la cual falleció. Con apenas 14 años cambió su infancia marcada por la pérdida de sus padres por la incertidumbre de la guerra; sin ser capaz de escribir su nombre firmó su alistamiento con una simple ‘X’ y recorrió más de 1.600 kilómetros con el ejército Continental ante de morir en uno de los combates más sangrientos de la contienda, la Batalla de Camdem, en Carolina del Sur, librada en agosto de 1780, una de las derrotas más devastadoras sufridas por el ejército Continental, en la que cerca de 2.000 soldados murieron, resultaron heridos o fueron capturados, cambiando el rumbo de la campaña del sur y dejando el terreno sembrado de tumbas improvisadas.

Durante 250 años no se supo quién era, pero la ciencia ha logrado devolverle su identidad; gracias a la combinación de la secuenciación del genoma, genealogía genética forense y un exhaustivo trabajo en archivos históricos los investigadores han identificado sus restos, convirtiéndose en la identificación genética más antigua de una persona fallecida en el siglo XVIII.

Los arqueólogos Jim Legg y Steve Smith, del Instituto de Arqueología y Antropología de la Universidad de Carolina del Sur, durante unas prospecciones realizadas con detectores de metales, localizaron balas, botones de uniforme y, apenas a 35 centímetros de profundidad, restos humanos que incluso comenzaban a aflorar a la superficie. Las excavaciones permitieron recuperar los esqueletos de 14 soldados enterrados sin identificación; todos fueron registrados como ‘desconocidos’ y trasladados para su estudio antropológico, con la esperanza de que nuevas técnicas científicas pudieran devolverles algún día su nombre.

Uno de aquellos esqueletos fue denominado ‘Camdem 9B’; su ADN, extraído a partir de un fragmento óseo por especialistas en ADN antiguo, fue analizado mediante tres tipos de pruebas genéticas y comparado con bases de datos públicas de genealogía, un procedimiento que nunca había tenido éxito con una persona fallecida en el siglo XVIII. Contra todo pronóstico, el perfil genético produjo miles de coincidencias con personas vivas. Los investigadores reconstruyeron árboles familiares, consultaron registros militares, documentos notariales y archivos fiscales hasta concluir que todos los indicios apuntaban al mismo nombre, John Pumphrey, del condado de Anne Arundel, en Maryland. La investigación reunió cerca de 20.000 coincidencias de ADN y contó con la colaboración de descendientes de la familia Pumphrey, que aportaron sus propios perfiles genéticos para confirmar el parentesco. Según Allison Peacok, presidenta de PHD Forensics, se trata del ‘John Doe’ (expresión que se aplica a personas sin nombre conocido) más antiguo identificado mediante genealogía forense.

Los documentos históricos permitieron reconstruir también la vida de Pumphrey. Nació en una familia propietaria de tierras y aserraderos, pero quedó huérfano siendo niño. Tras perder parte de su herencia, siendo adolescente decidió alistarse en el 7º Regimiento de Maryland, probablemente buscando una oportunidad para sobrevivir. Durante tres años y medio participó en algunas de las campañas más importantes de la Guerra de Independencia, incluidas las batallas de Brandywine, GermanTown y Mommouth, además de soportar duros inviernos en Valley Forge y Morritown. Los registros muestran incluso que volvió a alistarse tras finalizar su primer periodo de servicio, algo poco habitual entre los soldados de la época.

El análisis de sus huesos reveló que sus placas de crecimiento aún no se habían cerrado totalmente, confirmando que seguía siendo prácticamente un niño cuando perdió la vida. No presentaba lesiones óseas visibles, por lo que los expertos creen que pudo fallecer por una herida de arma blanca, o bien de bala que afectó únicamente a tejidos blandos.

Más de dos siglos después John Pumphrey ha recuperado el nombre. Su identificación no solo devuelve la identidad a un joven olvidado durante casi 250 años, sino que abre la puerta a identificar a otros soldados anónimos.

Se trata de una historia apasionante, en la que la genealogía se mezcla con la genética para averiguar quién fue ese joven chico huérfano que se enroló en el ejército y que murió en el campo de batalla. ¿Se podría hacer algo similar en España o en Extremadura? Seguro que sí; yo estoy pensando ya en algunas ideas.

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