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‘La chinata’. Una palabra con memoria de mujer

'La chinata'. Una palabra con memoria de mujer
Imagen: Cedida
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Decir ‘la chinata’ parece, en principio, decir simplemente una mujer de Malpartida de Plasencia. Pero detrás de esas dos palabras cabe una historia mucho mayor.

Durante generaciones, buena parte de la vida cotidiana del pueblo pasó por las manos de mujeres que apenas dejaron documentos escritos, que rara vez ocuparon puestos públicos y cuyos nombres no aparecen con frecuencia en los relatos generales de la historia. Sin embargo, estuvieron en el centro de la casa, de la alimentación, de los cuidados, de la crianza y de una parte decisiva de la transmisión de la memoria.

Eran chinatas.

Y quizá por eso merece la pena detenerse alguna vez en el femenino de una palabra que normalmente utilizamos para designar a toda una comunidad.

La casa tradicional siempre estaba llena de trabajo, no era solamente el lugar donde se descansaba después de trabajar.

Era también un espacio de producción.

Había que encender y mantener la lumbre, ir a por agua, cocinar, lavar, coser, remendar, conservar alimentos, atender animales, ordenar, criar a los hijos y cuidar a enfermos y mayores. Muchas de estas tareas recaían principalmente sobre las mujeres y se repetían todos los días, sin jornada definida y sin que durante mucho tiempo se considerasen propiamente ‘trabajo’.

Hoy algunos de los objetos utilizados entonces se conservan como piezas antiguas.

Un cejto, una altesa, un cardero, un candil, una calambuca, una merendera, un rapón, una faldiquera, una ejcobeta, una pieza del ajual, una adeitera, un pote, un lavaero y una tajuela…

Los contemplamos y vemos objetos etnográficos.

Ellas veían herramientas.

Cada cacharro tenía una utilidad y ocupaba un lugar preciso dentro de una organización doméstica donde casi nada podía desperdiciarse.

Había que saber. Saber cuánto. Saber cuándo. Saber cómo.

Y ese conocimiento se transmitía sin manuales.

Las manos sabían antes que los libros.

Una mujer podía conocer el punto de una masa sin medir temperaturas y si un hijo tenía calentura, sin tener termómetro.

Sabía cuándo y cómo se preparaba una conserva. Cómo aprovechar un alimento. Cómo quitar una mancha. Cómo remendar una prenda para prolongar durante años su vida.

Qué comida podía prepararse con aquello que había. Cómo distribuir lo poco cuando eran muchos.

Ese conocimiento rara vez se llamaba conocimiento.

Era simplemente “saber hacer las cosas”, “tenel albelía”.

Sin embargo, desde una mirada etnográfica, constituye un enorme patrimonio de experiencia acumulada.

No debemos convertir aquella vida en una estampa romántica. Hubo cansancio, pobreza, desigualdad y trabajos durísimos. Muchas mujeres realizaron durante años una actividad imprescindible sin reconocimiento económico y apenas sin reconocimiento social.

Dignificar aquella memoria no significa decir que todo tiempo pasado fue mejor. Significa reconocer quién hizo posible que la vida continuara.

Las mujeres también conservaron las palabras, porque junto con las tareas se transmitía el habla.

La cocina, la costura, el lavado, la crianza y los cuidados tenían sus propias palabras. Los objetos poseían nombres. Las acciones, verbos. Los alimentos, denominaciones y matices.

Había fórmulas para llamar a los niños, advertir, regañar, consolar, rezar, pedir ayuda o expresar afecto.

Gran parte de la lengua se aprendía precisamente allí, mientras ocurría la vida.

Una niña no necesitaba estudiar el significado de una palabra en un vocabulario. Veía el objeto, observaba lo que su madre o su abuela hacían con él y escuchaba cómo lo nombraban.

Objeto, acción y palabra llegaban juntos.

Por eso, cuando desaparecieron determinados utensilios y determinadas tareas, comenzaron también a desaparecer las palabras que los acompañaban.

El habla chinata conserva todavía una parte de aquella relación entre lenguaje y experiencia.

Hay otra aportación más difícil de medir.

Durante generaciones, las mujeres permanecieron especialmente vinculadas a la transmisión familiar. Ellas mantuvieron la memoria lingüística. Eso no significa que los hombres no transmitieran lengua. Naturalmente que lo hicieron: en el campo, en los oficios, en las conversaciones, en las faenas y en la calle.

Pero durante los primeros años de vida fueron con frecuencia madres, abuelas y otras mujeres de la familia quienes permanecieron más horas junto a los niños.

Con ellas se adquirían las primeras palabras.

También las primeras entonaciones. Los diminutivos. Las llamadas. Las fórmulas de cariño. Las advertencias. Las maneras de contar. E incluso muchos silencios.

Una lengua se transmite mucho antes de que alguien sepa que está aprendiendo una lengua.

Por eso, cuando hoy recuperamos expresiones antiguas, aparecen una y otra vez frases como:

  • “Eso lo decía mi madre”
  • “Mi abuela siempre decía…”

Ahí existe una pequeña historia de transmisión cultural.

Mujeres que además escribieron.

La historia del chinato tampoco es únicamente oral.

Algunas mujeres tuvieron la voluntad extraordinaria de dejar testimonio escrito de aquella manera de hablar.

Gregoria Canelo de Paredes constituye uno de los ejemplos tempranos más significativos. Mucho después, otras mujeres, como Flora Barrado o María Florentina Canelo, conservaron y produjeron textos que permiten escuchar sobre el papel pronunciaciones, palabras y maneras de contar vinculadas a la tradición local.

No fueron simplemente ‘informantes’.

Fueron depositarias y, en algunos casos, creadoras conscientes de memoria lingüística.

Su presencia obliga a mirar de otra forma la historia del habla chinata.

La lengua sobrevivió en cuadernos, recuerdos familiares, conversaciones y voces de mujeres que quizá nunca pensaron que aquello que sabían llegaría algún día a considerarse patrimonio.

‘La chinata’ no era un personaje. Cuando evocamos la vida tradicional, es fácil convertir a la mujer rural en un personaje: pañuelo, delantal, cocina antigua, cántaro y sonrisa ante la cámara.

La realidad fue mucho más compleja.

‘La chinata’ trabajó dentro de casa y fuera de ella.

Participó en faenas agrícolas. Cuidó animales. Atendió a niños y ancianos. Administró economías domésticas extremadamente ajustadas.

Vivió embarazos, enfermedades y pérdidas en condiciones que hoy resultarían difíciles de aceptar.

Y además encontró espacios para la conversación, la ayuda vecinal, el humor y la fiesta.

No fue una figura pintoresca.

Fue una protagonista económica y cultural cuya actividad quedó muchas veces escondida precisamente porque resultaba cotidiana.

‘La chinata’. Una palabra que sigue sonando.

Y aquí aparece una curiosa continuidad.

‘La chinata’ es hoy también un nombre que muchas personas reconocen fuera de Malpartida: una denominación comercial extremeña vinculada a productos naturales.

No es necesario buscar parentescos históricos donde no están demostrados.

Basta apreciar la sugerencia.

Una misma expresión nos conduce, desde lugares diferentes, hacia ideas que resultan próximas: Extremadura, la tierra, sus productos, el cuidado, el aprovechamiento de lo que la naturaleza proporciona.

Para quienes trabajan por conservar el habla de Malpartida, esa coincidencia posee además una especial capacidad evocadora.

Porque detrás del nombre comercial continúa existiendo otra expresión mucho más antigua y sencilla: una chinata.

Una mujer de Malpartida.

Y detrás de ella pueden aparecer la madre, la abuela, la trabajadora, la cuidadora, la mujer que preparaba alimentos, remendaba, administraba, enseñaba, hablaba y transmitía.

Tal vez ahí resida el verdadero interés etnográfico de la expresión.

Una palabra aparentemente sencilla puede contener una sociedad.

Cuando decimos ‘la chinata’ podemos pensar en una mujer concreta.

Pero también podemos pensar en miles de jornadas que no quedaron escritas.

En manos que amasaron. En ropa lavada a mano, muchas veces en el agua corriente de un arroyo. En alimentos conservados. En niños criados. En enfermos atendidos.

En economías sostenidas con muy poco.

Y en palabras repetidas tantas veces que terminaron llegando hasta nosotros.

La memoria de un pueblo no se conserva únicamente en los grandes acontecimientos.

También permanece en aquello que alguien hizo todos los días sin pensar que estaba haciendo historia.

Muchas mujeres chinatas hicieron precisamente eso.

Sostuvieron la vida y, mientras la sostenían, conservaron también una forma de nombrarla.

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