Conocí a Guillermo en el mes de agosto de 1995, al pasar por Mérida, camino de mi cita estival con Ayamonte, Isla Canela. Me lo presentó María Emilia Manzano Pereira, recientemente nombrada consejera de Bienestar Social, en el nuevo Consejo de Gobierno de la Junta de Extremadura, fruto de las elecciones autonómicas del mes de mayo del 95. Guillermo ostentaba la Dirección General de Sanidad y María Emilia tuvo a bien que le conociera porque era un joven médico forense del que estaba muy satisfecha y en el que había puesto toda su confianza. Me encontré con un joven jovial, simpático, vitalista, que desde el primer momento resultó próximo y sencillo. Desde Isla Canela le envíe una postal agradeciéndole la simpatía que me mostró en el encuentro e invitándole a que se acercara a la playa ayamontina, destino de muchos extremeños.
Quién me iba a decir que a comienzos del año siguiente, 1996, en enero, Guillermo Fernández Vara tomaría posesión como consejero de Bienestar Social; y la inauguración de la I Jornada de Familia de la entonces Fasex (luego Feaps y actualmente Plena inclusión) fue el primer acto que presidió como consejero del ramo. Mi segundo encuentro con Guillermo, dado que yo presidía Fasex y estaba previsto que la citada jornada fuera presidida por la hasta entonces titular, María Emilia Manzano. A partir de entonces los encuentros y contactos con Guillermo fueron frecuentes, y el conocimiento de su persona cada vez más enriquecido.
Pasaron años y las postales veraniegas desde Isla Canela hicieron su efecto llamada, y en las nuevas urbanizaciones que se levantaron en la zona este de la Isla, en la Punta del Moral, años dos mil y pico, estableció su retiro veraniego y familiar.
Nuestros encuentros personales tuvieron un denominador común: la solidaridad y el bienestar de las personas con discapacidad y sus familias; y pude comprobar su bonhomía, su preocupación por los demás, su capacidad de trabajo y entrega sin escatimar esfuerzos.
Su campechana silueta, su afable rostro, sus educados modales, su empatía con todo el mundo, nos ha dejado una huella imborrable. Guillermo, Guille, el del ‘abrazote’, el de la sonrisa siempre a flor de labios, el de la preocupación por los problemas de los convecinos, de los paisanos, ignorando, muchas veces, los suyos.
Fue modelo, cargado de las virtudes ciudadanas, las de las ‘tres patas del taburete de la honestidad’: ética (buenas costumbres), cívica (cumplidor de las leyes de los hombres) y participativa (dedicándose a la política para mejorar la vida de los ciudadanos).
Y nos dejó lecciones reflexivas: “Los problemas humanos se resuelven con humanidad”; “Los sentimientos y las emociones deben ser la base fundamental de la política”; “No puede haber política sin afecto”…
Este es el retrato de una persona que vivió por y para los demás, haciendo de sus palabras actuaciones; hechos que ahí están, y que son su huella. Y en Isla Canela, tomando un café matutino, en la Punta Del Moral, Cafetería Neptuno, nos despedimos.
Paco Valverde
