Es conocido y comprendido por casi todos y todas que la necesidad de idealizar entornos, personas y experiencias va acompañada de procesos traumáticos y dolorosos que han dejado huella, espacio que se convierte en vacío y que, algunas personas, como es mi caso, convertimos en obras creativas artísticas que nacen de aquella soledad; vacío que ha llenado un periodo sin embargo de declive personal, con el consiguiente desgaste personal, y en ocasiones profesional y de talento creativo.
Hablar de ello es sanador para mí, transcurrido el tiempo oportuno, tras haber dejado atrás este proceso que, mas allá de construir objetivos y proyectos, marca un importante grado de insatisfacción y desasosiego, sobre todo cuando es igual de grande el vacío que la ambición, y esto equivale a propuestas de gran proyección; desafortunadamente suelen ser periodos solitarios, en los que no es visible el trabajo y desgaste silencioso y lo que lleva implícito el propósito que está ligado a la necesidad de dejar una etapa de tu vida, en mi caso de mi vida personal y profesional, a partir de la creación de entidad y valor pedagógico a dos proyectos basados en dos personajes, ficticios y reales a la vez.
No creo que sea imaginable el alcance emocional y el desgaste personal de tales empresas; afortunadamente, si el valor y la honestidad es clara en el propósito creativo y pedagógico los proyectos se convierten en realidad. En mi caso reconozco el extraordinario valor y la valentía de perseguirlo, cuando soy consciente, como muchos y muchas de vosotras, que nuestra idea o propósito solo nos corresponde a nosotros y nosotras, y es la muestra de que aquello que ideamos un día con propósito de hacerlo realidad es parte de nuestra forma de ser y estar, y va unido inequívocamente a nuestro propósito vital y a nuestra forma de hallar un espacio de valor en nuestra experiencia personal y profesional. Ese ha sido mi caso, como seguro el de quienes os habéis atrevido a emprender desde el cambio y el deseo de transformar nuestro mundo y el de otras personas.
Pero, sobre todo, soy consciente de la realidad de su proyección y de su valía, que es lo mismo que decir de mi lealtad a mis ideas y de mi coherencia vital, cuando aquellas personas y entornos que necesariamente construí a partir de idealizaciones necesarias ya se han diluido, y con ellas he deslocalizado y universalizado el valor de lo construido; esto significa que ya no necesito estar aquí, ahora, para que aquello que he creado hace ya años tenga valor, coherencia y posibilidad, sino que tiene valor por sí mismo desde el momento en que ha dejado de ser necesario para pasar a ser aquello que ha transformado mi realidad permitiéndome elegir.