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El asiento de la felicidad

El asiento de la felicidad
Foto: Amparo García Iglesias
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Cierto día el dueño de una furgoneta sacó del vehículo uno de sus asientos de tres plazas y decidió dejarlo en un local del pueblo; sin más pretensiones lo colocó allí, como quien deja una silla cualquiera. No era un asiento especial, tenía la misma tapicería sencilla de siempre, esa que había soportado kilómetros de carretera y conversaciones compartidas.

Pronto los amigos que pasaban por allí empezaron a probarlo; se sentaban y la risa afloraba sin control, una felicidad y un regocijo que no quería marcharse.

Lo que ocurrió después sorprendió a todos. Las personas que entraban al local y veían el asiento no podían evitar sentarse; al hacerlo, de pronto la cara se les iluminaba, empezaban a reír a carcajadas. Uno tras otro, quienes se atrevían a ocupar ese lugar descubrían la misma sensación, una alegría inesperada, genuina, contagiosa… que parecía brotar desde el interior, como si el alma hubiera recordado de pronto que la vida es un regalo.

No era magia, era algo más profundo; en esos tres asientos cabían miradas, risas que empezaban por una tontería y terminaban en silencios cómodos mientras el paisaje pasaba por la ventana de la imaginación, un viaje ficticio que avanzaba por fuera y por dentro había llegado a destino.

Muchas veces se busca ese asiento en un lugar lejano, en unas vacaciones perfectas, en un coche caro o en el éxito profesional. Sin embargo, quienes realmente lo encontraron, descubrieron una verdad sorprendente: la felicidad no llega cuando finalmente “tenemos todo”; llega en lo ordinario, cuando decidimos estar presentes, en cualquier sitio donde compartimos el camino con quien queremos.

Ese asiento de tres plazas era apenas un espejo para conectar con lo que siempre había estado ahí. Nos enseña una lección esencial de crecimiento personal: no necesitamos grandes escenarios para ser felices. A veces basta con sentarnos juntos y permitir que la vida fluya. La risa no nace del confort exterior, sino de la conexión interior, de mirar al que va al lado y recordar que, mientras el viaje continúe, todavía hay motivos para sonreír. Solo hace falta estar presentes y permitir que la alegría encuentre su camino.

La felicidad y los buenos momentos no se encuentran, se eligen, y siempre que optes por sentarte con el corazón abierto pueden encontrarse en la tapicería más común del mundo.

Hoy el asiento no es noticia, pero gracias al dueño de la furgoneta y a las personas que pasaron por aquel local atreviéndose a sentarse en su asiento y contar la historia su legado sigue vivo; la alegría no se busca fuera, se despierta dentro; el corazón o la mente son el verdadero asiento de la felicidad.

Recuerda que, en algún lugar, el asiento nos espera.

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