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La viña del tinajero. Grada 162. Javier Feijóo

La viña del tinajero. Grada 162. Javier Feijóo
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Dedicado a homenajear al vate de Guareña por el primer centenario de la publicación de su encomiable obra ‘El miajón de los castúos’, mediante la publicación de unos breves comentarios sobre cada uno de los poemas contenidos en el mismo, finalizamos este año con el que cierra el libro, ‘La viña del tinajero’, una larga composición de 188 versos, alternando dodecasílabos con octosílabos, en la que vuelve mencionar la palabra ‘raza’ y la palabra ‘castúos’ para ensalzar las cualidades de los recios veteranos extremeños.

Y en esta ocasión se inspira en la figura de su padre, contando la historia de un ‘téntigo’ tinajero que no ceja en su empeño hasta conseguir transformar una ‘joya’ baldía en un lucido plantonal de viñas y olivos, viniéndonos a demostrar que el trabajo sacrificado y honesto, junto con la constancia y la perseverancia frente a las adversidades, son las bases para hacer realidad los sueños.

Dende arriba de la torre se diquela,
rellanao al meyodía y al socuello
de los jitos del jaral del Cerro Reöndo,
el lucío plantonal del tinajero.

Endenantes jue la joya de los buitres,
de los lobos y los cuervos,
la colá que mus jormó Vardarenales
del regacho Laguadú pa más adrento;
más p’abajo de la sierra La Monea,
más p’arriba del llamao Colmenar Viejo,
más alante de El Porrillo,
más atrás de Borrachuelo,
donde tós los cazaores acudían
con trompetas y con jacos y con perros
a la caza de cochinos jabalines,
de venaos y de ciervos.

Jue jolgorio bien sonao la ocurrencia,
jue la chufla de to’l pueblo;
era aquello esternillarse del risorio
al meterse a labraor el tinajero
y queré plantá sus viñas
en la joya mesmamente de los cuervos.

Los redichos sabijondos se bulraron,
los castúos labraores sonriyeron
y alguien dijo que los lobos se reían,
ajullando dende lejos,
tan äina que guiparon los jañanes
qu’en presona derigía’l tinajero.

Prencipiaron a cavar los azaönes,
las piquetas en los jitos se jundieron,
calajozos arrasaron los jarales,
retumbaron en la joya los barrenos
y las jachas gortearon a mordiscos
chaparreras, arcornoques y guaperos.

Rechinaban las bilortas del arao,
y chasquía del tirón el clavijero,
y las yuntas jacezaban ya cansinas,
y süaban las peonás en los repechos
y las piedras daban chispas tan siquiera
s’arrimaban a la punta de los jierros.

Las jugueras del descuaje rechiflaban
con ferós chisporroteo
de chaparros y charnecas y coscojas
y hojarascas y juagarzos y jelechos;
y al bullicio de los mozos que talaban,
y al zarpazo qu’estrumpían los barrenos,
y al relincho de las yuntas,
y a la juerte bocaná de los jumeros,
y al rabioso reguñí de los jañanes,
y al rüío y al estrépito
s’ajuían los jabatos y los lobos,
y los gatos y las zorras s’ajuyeron;
escamaos se largaban los cochinos,
asustaos daban güertas los conejos,
y los sapos barrigúos gaiteaban
arrebusca d’un bujero
y hasta el jumo del descuaje, jecho un lío,
se subía en pelotones pa los cielos.

Los vilanos revolaban enfuscaos,
lobas madres acudían remetiendo,
tarantelas y ciempieses y alacranes
se cuadraban pa poner el rabo tieso,
y las víboras, colgás del azäuche,
alargaban los pescuezos
pa jincale sus lengüetas jediondas
a los mozos qu’atizaban los jumeros.

Los tomillos y las jaras no cedían;
su raigambre no cedía con los jierros;
no cedían ni las lobas ni los buitres,
ni el ciempiés ni el alacrán ni los escuerzos;
no cedían las chacotas ni las bulras;
no cedía’l tinajero.

Con la juerza de la juerza de reaños,
mu jinchaos al caló de sus adrentos
po la jiel del jormiguillo de la rabia
qu’atizaban con sus chungas los del pueblo,
los peones descuajaban los jarales
de la joya de los cuervos.

Jué reñía la batalla con las lobas;
jué rabioso el rempujón del tinajero;
jué muy jonda l’arrañá de los araos;
jué soná la chamosquina por el pueblo.

Ya cedían las raigambres,
ya las lobas y las víboras cedieron,
ya mainó la cencerrá del estrumpicio
y dejaron d’echar jumo los jumeros.

Otros mozos allegaron con cadenas
y rayaron el majuelo,
y plantaron los olivos,
y jincaron en las joyas los sarmientos.

Se bulraban los señores, se reían
los castúos labraores d’estos pueblos;
y eran sabios los que asina se bulraban,
y eran duchos los que asina se riyeron.

Endispués de que las yemas reventaron,
las ovispas, los langostos, los conejos,
cigarrones, lagartijas y chicharras,
los murgaños y las liebres y los liebros
se cebaron en las cepas
y pelaron al arrape los sarmientos.

Los pastores que guardaban los ganaos,
mayorales, zagalillos y cabreros,
al notá la chifläura d’aquel hombre,
le decían dende lejos:

—¿Quién te jizo campusino, desgraciao?
¿Quién te trujo pa estos cerros?
Güérvete pa tu Sanroque deseguía,
güérvete pa tus tinajas, tinajero.

Ajogao por la farta de pesetas,
con la juerte polvorilla de su genio,
cabezúo como naide
replantó la jondoná sin titubeos.

Jizo un carro pa que fueran las gallinas
arrebusca de langostos po los cerros.
Trujo guardas con garrotes y escopetas
pa la caza de las zorras y los liebros.
Puso piedras trompezando los regachos
y atajando las vereas puso cepos.
Jizo un jorno pa cochuras de ladrillos
y una casa pa tener allí un socuello.

Y allegaban po la noche las gallinas
con el buche bien repleto;
y atestaos los zurrones de los guardas
endispués del tiroteo,
y trujían los gañanes mancornaos
los gazapos en los dientes de los cepos.

No hay quien puea, se decían los pastores,
con el amo de la joya de los cuervos.

Los señores sabijondos,
labraores, mayorales y cabreros,
no contaron al prencipio del descuaje
con la juerte voluntá del tinajero.

El que jizo con el barro remojao,
en la ruea, sin más chismes que sus deos,
los pucheros, las botijas, los barriles,
los cacharros, las cazuelas, los barreños;
el que jizo la tinajas barrigúas
y endispués de cavilá tuvo el acuerdo
de los conos y los jornos encuadraos
y los chismes pa sacalos y metelos;
el que jizo que su nombre resonara
por la gran revolución de sus inventos
ondiquiera que las cepas dieran uvas,
muchas leguas en reondo de su pueblo,
no podía consentí que trompezara
su tesón, qu’era más juerte que los jierros,
en los riscos, chaparreras y coscojas
de la joya de los cuervos.

Era sangre d’otras épocas su sangre;
sus agallas parecían d’otros tiempos;
era un hijo d’estas tierras, de la raza
de castúos veteranos extremeños.

Y trunfó de los que tanto se bulraron,
y trunfó de los que tanto se riyeron,
y las cepas dieron uvas
remojás con el süor del tinajero.

Lo mesmito que las mozas bien caseras
s’arrebujan con el garbo del pañuelo
pa que naide l’adevine los salientes
pimpollinos sonrosaos de los pechos,
pos asín entre los pámpanos de raso
se cobijan con las uvas los uveros
mamantaos po la leche de la savia
que le chupan a las cepas los sarmientos.

Los olivos ya mocean, ¡los mocosos!
en sus largas carrefilas po los medios;
delgaininos rechonchetes verdiales,
desgarbaos panfilotes cornezuelos;
ya se cargan del azahar como los grandes,
y presumen d’acitunas como viejos.

El regacho Laguadú pasa cantando
cantarcinos y tonás que yo no entiendo,
y pa mí que se relambia del arrope,
que chorrean los plantíos del lindero.

Y hay en to Vardarenales alegría,
mimosinos canturreos
de graciosos titilillos,
chorovitas y jilgueros
que se dicen sus quereles entre rosas
colorás y paliuchas de los güertos,
y entre azahares de naranjos,
y entre flores del almendro.

Dende arriba de la torre se diquela,
más p’abajo del arroyo Borrachuelo,
más p’arriba de El Porrillo,
el lucío plantonal del tinajero,
qu’endenantes jue la joya de los buitres,
de los lobos y los cuervos.

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