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Manuela Sánchez. El baile flamenco como forma de vida

Manuela Sánchez. El baile flamenco como forma de vida
Foto: Agustín Suero
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Nacida en la localidad pacense de Monesterio, Manuela Sánchez lleva toda una vida dedicada a la enseñanza y la vivencia del flamenco, lo que le ha convertido en una de las mejores embajadoras del baile flamenco, con una destacadísima proyección nacional e internacional. Lleva girando desde los 18 años, cuando todavía estudiaba en Sevilla, y sus espectáculos de baile, música y teatro le han llevado a difundir el flamenco por todo el mundo.

Defensora de la fusión del flamenco con otros estilos y con sendas academias en Llerena y Monesterio, Manuela Sánchez es una enamorada de las seguiriyas y los tarantos, pero por encima de todo es alguien que entiende el flamenco como su forma de vida: “Cuando bailo me siento libre, me pongo mis vestidos, que son como mi coraza, y doy rienda suelta a los sentimientos”, asegura.

Foto: Agustín Suero
Foto: Agustín Suero

En tu pueblo se respira flamenco, pero tú no tenías antecedentes artísticos. ¿De dónde viene tu interés por el flamenco en general, y por el baile en particular?
Ya desde pequeña apuntaba maneras; según me dicen estaba siempre bailando, y con solo dos años y medio gané mi primer premio vestida de flamenca.

Realmente, el interés por este arte me lo despertó una profesora cordobesa con quien comencé a aprenderlo, conocerlo y disfrutarlo, y que además hizo que fuera imprescindible para mí. Rafaela, que es como se llama, me abrió las puertas a un mundo que apenas conocía y que me cautivaría de por vida.

¿En qué momento te das cuenta de que el flamenco es más que un entretenimiento?
Fue cuando Rafaela, por cuestiones familiares, tuvo que cambiar de residencia y se vio obligada a cerrar la academia que había montado en Monesterio. Ella fue quien animó a mis padres a que me llevaran a Sevilla para que siguiera formándome; según ella, tenía duende y potencial.

Yo me negaba a abandonar aquellas clases y perder lo que me aportaban, así que seguí bailando con algunas compañeras y haciendo festivales benéficos, siempre recordando los bailes que ella nos enseñó. Todo ello, hasta que tuve la oportunidad de irme a Sevilla.

Foto: Cedida
Foto: Cedida

Y te marchaste a Sevilla con solo 16 años. ¿Cómo se tomó tu familia esa decisión y qué recuerdos tienes de tu primera experiencia fuera de casa?
Fue una de las decisiones más importantes de mi vida, ya que comencé a salir de gira a los pocos años de llegar allí, y me permitió dedicarme a lo que más me gusta del mundo, bailar flamenco.

A mi familia se le vino el mundo encima; yo era la mayor de cinco hermanos en una familia muy tradicional y ortodoxa, pero a mí se me abrieron las puertas del mundo. Tengo el recuerdo de llamadas a mi casa una vez a la semana, ya que estaba en el extranjero y eran muy caras. Me pasaba la semana anotando cosas para contarles todo lo que hacía y haciendo fotos cada vez que podía, porque quería compartir con ellos mis vivencias y momentos.

¿Ya estabas convencida de que querías dedicar tu vida al baile?
Desde el primer momento que me puse los tacones lo tenía claro. Cuando me propusieron salir de gira tan solo llevaba dos años estudiando en Sevilla, pero no lo dudé ni un momento, el flamenco cada día me atrapaba más y más. Cada vez que iba a tomar clases venía con la adrenalina por las nubes, me pasaba el día bailando y ensayando los pasos que me habían montado en la clase anterior. Aquellas clases, los viajes y las experiencias terminaron por engancharme de por vida a este arte.

¿Qué es el flamenco para Manuela Sánchez?
El flamenco es mi forma de vida, no concibo mi vida sin flamenco. Su profundidad, sus matices y todo lo que encierra y transmite me permite ser yo misma, olvidar los problemas y dar rienda suelta a mis sentimientos a través el baile.

Me siento afortunada de trabajar en la que, para mí, es la profesión más bonita del mundo. Ofreces tu arte, abres tu alma y entregas tus sentimientos para deleite del público. Sinceramente, no lo considero un trabajo, es un disfrute y una válvula de escape en los buenos y malos momentos.

Foto: Cedida
Foto: Cedida

¿Qué opinas de la fusión del flamenco con otros estilos musicales; lo abre a nuevos públicos o desvirtúa su esencia?
No se desvirtúa en absoluto, el flamenco es inmenso y único, su esencia siempre está y siempre queda. Si se fusiona con otros estilos musicales se enriquecen el uno del otro y se abren las puertas a nuevos públicos y nuevas generaciones. Un claro ejemplo fue Camarón de la Isla, que revolucionó el flamenco y lo hizo asequible a grandes masas; otro fue Enrique Morente, gran investigador y visionario adelantado a su tiempo, que supo fusionar el flamenco con lo impensable.

En tus espectáculos encontramos un maridaje de diferentes disciplinas, como la música, el baile y el teatro. ¿Con cuál transmites mejor la esencia del flamenco?
Con el baile, sin duda. Cuando bailo me siento libre; como siempre digo, me pongo mis vestidos, que son como mi coraza, y doy rienda suelta a los sentimientos. Bailando me dejo llevar, muchas veces pongo la sabiduría a merced de la improvisación y dejo que el momento fluya. Cada día es diferente, cada palo es distinto, y eso te lo da el flamenco, algo tan visceral y de las entrañas.

Centrándonos en el baile ¿Con qué palo te sientes más cómoda?
Soy una enamorada del flamenco y cada palo me transmite algo diferente y único. Si me tuviera que decantar por uno no podría, todos me despiertan sentimientos muy similares; pero con los que me siento más cómoda son la seguiriya y el taranto.

La seguiriya es tan racial y tan profunda que su cante me hace estremecer. Cada vez que escucho un quejío por seguiriya mi cuerpo se transforma, me envuelven unos sentimientos difíciles de explicar. Fue uno de primeros palos que monté cuando comencé en Sevilla y sus matices me atraparon.

Y el taranto me transporta a mis raíces, a las de mis antepasados. Me permite dar rienda suelta a mis sentimientos y dejarme el alma en el escenario. Confieso que más de una vez he llorado bailando este palo.

Foto: Cedida
Foto: Cedida

Una de tus giras más recientes te ha llevado a Filipinas. ¿Cómo surgió esta oportunidad y qué vivencias te has traído del otro extremo del mundo?
Esta oportunidad surgió gracias a Extremadura Avante, que da visibilidad a los empresarios y agentes económicos de Extremadura, contribuyendo a su desarrollo social y económico. Gracias a unas misiones comerciales a Londres en las que participé, sus responsables tuvieron la oportunidad de conocer mi trabajo y mis inquietudes. Cuando se presentó esta gira pusieron toda su confianza en mi trabajo. Es algo que no dejaré de agradecerles nunca.

Ha sido una experiencia maravillosa. Profesionalmente ha sido todo un descubrimiento saber que en la otra parte del mundo adoran nuestra cultura y la respetan tanto o más que nosotros. La reacción que tuvo el público con nuestro espectáculo fue sorprendente, parecía que por unos instantes se había parado el mundo y solo estábamos nosotros y nuestro duende. Recuerdo las reverencias y las palabras de agradecimiento, eran innumerables. Tanto es así que aún se me eriza la piel al recordarlo.

Personalmente me quedó un sabor agridulce. No somos conscientes de lo afortunados que somos y no terminamos de comprender que se necesita muy poco para ser feliz. En aquel maravilloso país hay dos clases sociales: o eres inmensamente rico o inmensamente pobre. Eso es algo difícil de asimilar. Yo me sentía ‘Pretty Woman’, en un hotel de lujo, con un botones a mi disposición y reverencias y admiración por doquier; mientras, unos kilómetros más abajo, en las afueras, estaba la pobreza más absoluta. Qué injusta es la vida, unos tanto y otros tan poco.

Después de actuar en tantos y tan diferentes países ¿Qué percepción se tiene del flamenco fuera de España?
Lo he dicho desde que empecé a salir de gira, con 18 años, y me reafirmo; en el extranjero adoran el flamenco y lo valoran muchísimo, es increíble el respeto que tiene el público por este arte. Afortunadamente, con el paso de los años el conocimiento y dominio del flamenco en el extranjero es mayor, y esto todavía lo hace más respetado y admirado.

Foto: Agustín Suero
Foto: Agustín Suero

¿Cómo es Manuela Sánchez cuando se baja del tablao y tiene un poco de tiempo libre?
Soy una persona muy normal. Me gusta muchísimo caminar por la playa o por la montaña; también me gusta sacar tiempo para leer libros teatrales, por si surge la oportunidad de fusionar alguno de ellos con el flamenco, o novelas, ya sean históricas o románticas.

¿Qué música te gusta escuchar?
Me gusta todo tipo de música, y de hecho tengo CDs de cualquier género. Pero si me tengo que decantar por alguno después del flamenco, me gusta el pop y la música clásica.

Después de tanto tiempo aprendiendo y trabajando ¿Se nace con duende o todo se puede lograr con perseverancia?
Soy de la opinión de que hoy en día hay muchísimas posibilidades y oportunidades para aquel que quiera formarse. Siempre se ha dicho que con perseverancia y constancia se consiguen grandes logros, no me cabe duda; pero hay algo que no se aprende, el duende, que se tiene o no se tiene. Como dice mi madre, “el arte, ni se compra ni se vende, con él se nace”.

Estamos rodeados de una cantera maravillosa que no ceja en su empeño por formarse bien, tanto en la técnica como en la teórica del flamenco, y no somos conscientes de que, a veces, menos es más. Sencillamente, hay que llegar al público, y eso no siempre se consigue.

El flamenco ha sido declarado Bien de Interés Cultural en Extremadura. ¿Qué evolución has percibido durante tu carrera en cuanto al interés por este arte?
He tenido la oportunidad de crecer rodeada de grandes figuras, como Chano Lobato, Cándido de Quintana o Manolo Marín, maestro de tantos maestros; de ellos he aprendido que, aunque todo está inventado, siempre lo podemos mejorar. Extremadura goza de una salud flamenca inmejorable. Tenemos cuatro ‘lámparas mineras’, grandes guitarristas, grandes cantaores y una cantera joven de bailaoras y bailaores que viene pisando fuerte y con ganas de comerse el mundo. La evolución y el interés por este arte cada día es mejor y mayor, afortunadamente.

En este sentido ¿Qué le queda a Extremadura para que se conozca, y reconozca, todo su potencial en el flamenco?
En mi humilde opinión creo que vamos por buen camino. Con los reconocidos premios que tenemos y con el buen trabajo por parte de los profesionales y las administraciones, el flamenco en Extremadura ya es un referente. Hay que seguir trabajando, no me cabe duda, pero creo que estamos en un gran momento, y nuestros cantes autóctonos son la representación más clara que podemos tener.

Foto: Antonio Álvarez
Foto: Antonio Álvarez

¿Nos cuentas algo sobre tu trabajo actual y tus próximos proyectos?
Actualmente tengo la suerte de llevar seis espectáculos en gira, dos de ellos puramente flamencos y los otros cuatro fusionados con teatro. La última producción, ‘¡Ay, Carmela!’ en versión flamenca, nos está llevando a girar por Cataluña, algo maravilloso que estamos disfrutando y de lo que me siento muy orgullosa. Además, ando inmersa en otros dos proyectos que estoy adaptando y reescribiendo, los cuales espero que vean la luz más pronto que tarde.

Compaginas las actuaciones con tus academias de baile en Monesterio y Llerena. ¿Qué te piden las nuevas generaciones cuando se acercan al flamenco?
Las nuevas generaciones están ansiosas por aprender; hay ganas y, sobre todo, interés por conocer este arte y empaparse de técnicas y fusiones con nuevas músicas y disciplinas.

¿Tiene entonces un buen futuro el baile flamenco?
Por supuesto. Como comentaba antes, creo que el flamenco pasa por uno de sus mejores momentos. Cada vez hay más compañías girando dentro y fuera de España, y cada vez son más los extranjeros que se interesan por este arte y lo aprenden para llevarlo a sus lugares de origen.

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