Encontré una frase que duele más de lo que parece. Aparece en el libro ‘Las mujeres de las cerezas’, que recoge la memoria de mujeres del Valle del Jerte: “Era muy buena estudiante. Mucho he leído, pero ahora no veo para leer mucho. Había veces que apagaban las luces y encendía la vela y me daban las dos y las tres de la mañana. Me gustaba mucho”.
“Me gustaba mucho”. En pasado.
Detrás de esas palabras hay una realidad que afecta a muchas personas mayores. Personas que disfrutaron de la lectura durante toda su vida y que, con el paso del tiempo, la abandonan porque ya no pueden ver con suficiente claridad.
Sin embargo, dejar de leer no debería considerarse una consecuencia inevitable de la edad. Hoy existen ayudas como tele-lupas, dispositivos de ampliación o audiolibros que permiten seguir accediendo a los libros y a la información.
El problema es que muchas veces estas soluciones son caras, o simplemente se desconocen. Y, entre el precio y la falta de información, muchas personas renuncian a leer sin saber que existen alternativas.
Cuando alguien deja de leer no pierde solo un entretenimiento. También pierde una forma de aprender, de imaginar, de mantenerse conectado con el mundo y de seguir ejerciendo su autonomía.
Por eso es importante dar a conocer las ayudas disponibles y facilitar el acceso a ellas. Porque leer no debería convertirse en un privilegio.
Para que nadie tenga que volver a decir “me gustaba mucho”.