Memoria, dignidad cultural y transmisión de un patrimonio vivo
El pasado 30 de junio se presentó ante la Administración competente la documentación destinada a solicitar la declaración del habla chinata de Malpartida de Plasencia como Bien de Interés Cultural Inmaterial.
Es un paso importante, largamente preparado, que puede despertar ilusión e interés, pero también alguna duda razonable. Por eso conviene explicar con claridad qué se pretende y, sobre todo, qué no se pretende.
Proteger el habla chinata no significa que todos los vecinos deban aprender a hablar como hablaban sus abuelos. Tampoco supone imponer una determinada forma de expresarse ni sustituir el castellano que utilizamos cada día en casa, en el trabajo, en la escuela o en la calle. Nadie quiere convertir la vida cotidiana en una representación del pasado ni exigir a las nuevas generaciones que recuperen palabras que quizá ya no forman parte de su habla habitual.
La finalidad es más sencilla y, al mismo tiempo, más profunda, reconocer que el habla chinata forma parte de la historia de Malpartida de Plasencia y de la memoria de quienes la han vivido.
En sus palabras antiguas, en determinadas pronunciaciones, en sus giros expresivos y en los nombres dados a los trabajos, las herramientas, los animales, los juegos, los alimentos o los afectos, permanece guardada una manera particular de comprender el mundo. Cada una de esas formas de hablar nos conduce hasta personas concretas, casas, calles, huertos, eras, corrales, escuelas, labores y conversaciones que dieron forma a la vida del pueblo durante generaciones.
El habla chinata no es solamente un repertorio de palabras curiosas ni una colección de expresiones pintorescas. Es una huella de la experiencia colectiva.
Cuando una persona mayor recuerda cómo se decía algo, cómo se llamaba un objeto o qué expresión se empleaba en una situación determinada, ofrece mucho más que un dato lingüístico. Entrega una parte de su biografía y, con ella, una parte de la biografía común de Malpartida.
Detrás de cada palabra puede haber una escena de la vida cotidiana, por ejemplo una madre preparando la comida, un agricultor trabajando en la era, unos niños jugando en la calle, una conversación junto a la lumbre, una mujer remendando la ropa o un grupo de vecinos compartiendo tareas, noticias y preocupaciones. Las palabras no aparecen aisladas. Viajan acompañadas de gestos, experiencias, conocimientos, emociones y formas de convivencia.
Durante más de 25 años se han recogido palabras, expresiones, testimonios y recuerdos con la intención de evitar que todo ese patrimonio se pierda en silencio. Ha sido un trabajo paciente, realizado mediante conversaciones con personas mayores, consultas, publicaciones, actividades culturales y estudios que han permitido ordenar y comprender una riqueza que, muchas veces, permanecía dispersa en la memoria de las familias.
La solicitud de declaración como Bien de Interés Cultural Inmaterial nace precisamente de esa preocupación, que lo que todavía se conserva pueda ser reconocido, estudiado, difundido y transmitido antes de que desaparezca.
Una declaración de este tipo no convierte el habla chinata en una pieza inmóvil dentro de un museo. Al contrario, permite entenderla como un patrimonio vivo. Un patrimonio que puede ser conocido aunque ya no se utilice diariamente; que puede enseñarse en actividades culturales o escolares sin obligar a nadie; que puede estar presente en libros, relatos, canciones, exposiciones, investigaciones, grabaciones, representaciones teatrales o encuentros entre generaciones.
Puede inspirar nuevas creaciones sin necesidad de fingir que el tiempo no ha pasado. Puede convivir con las formas actuales de expresión y encontrar nuevos espacios en los medios de comunicación, en las redes sociales, en las celebraciones populares y en las iniciativas culturales del municipio.
Proteger el habla chinata significa también documentarla con rigor. Es necesario recoger la voz de las personas que todavía conservan palabras, pronunciaciones y expresiones tradicionales; estudiar sus características; explicar su relación con otras hablas extremeñas, y facilitar que investigadores, estudiantes y vecinos puedan acercarse a ella con interés y respeto.
Pero esta protección puede servir, sobre todo, para devolver prestigio a una manera de hablar que durante mucho tiempo fue mirada con desdén o considerada incorrecta.
Muchas personas fueron corregidas por emplear palabras o pronunciaciones propias de su pueblo. Algunas dejaron de utilizarlas fuera de casa por miedo a parecer incultas, atrasadas o poco preparadas. Otras aprendieron a ocultar su forma de hablar en determinados ambientes, como si una parte de su origen tuviera que ser disimulada.
Aquellas personas no hablaban así por desconocimiento o descuido. Reproducían una tradición lingüística recibida de sus familias y de la comunidad en la que habían crecido. Su forma de expresarse contenía rasgos históricos, soluciones fonéticas, vocabulario y construcciones transmitidas durante generaciones.
Reconocer hoy ese valor no borra las experiencias de desprecio sufridas, pero puede contribuir a reparar una injusticia cultural. Las personas que conservaron el habla chinata no son restos de un tiempo superado. Son depositarias de una memoria que pertenece al conjunto del pueblo.
Esa memoria merece ser escuchada sin burla, sin condescendencia y sin la mirada superficial de quien solo encuentra palabras graciosas o pronunciaciones llamativas.
Reconocer el habla chinata tampoco supone idealizar el pasado. La vida de generaciones anteriores estuvo marcada por trabajos muy duros, escasez, desigualdades, falta de servicios y oportunidades limitadas. La protección de una manifestación cultural no exige presentar aquel mundo como mejor que el actual.
Se puede valorar una herencia sin desear regresar a todas las condiciones en las que nació. Se pueden conservar las palabras del campo sin renunciar a la mecanización; recordar la luz del candil sin rechazar la electricidad; evocar los antiguos oficios sin olvidar la dureza que soportaron quienes los desempeñaron.
Tampoco se pretende negar los cambios naturales de la lengua. Las formas de hablar evolucionan, se mezclan, incorporan palabras nuevas, abandonan otras y se adaptan a las necesidades de cada época. Eso forma parte de la vida de cualquier comunidad.
El castellano hablado hoy en Malpartida no es idéntico al de hace 50 o 100 años, del mismo modo que tampoco será exactamente igual dentro de varias décadas. Los desplazamientos, la escuela, los medios de comunicación, las nuevas tecnologías y el contacto con personas de otros lugares han transformado la forma de expresarse.
Asumir esa transformación no obliga a permanecer indiferentes ante la pérdida. Una comunidad tiene derecho a conocer lo que ha sido, a conservar su memoria y a decidir qué elementos de su herencia cultural desea proteger y transmitir.
El objetivo de esta iniciativa es preservar un legado, no imponer una obligación.
Se trata de que los niños y jóvenes de Malpartida puedan saber qué palabras utilizaban sus mayores, qué historias acompañaban a esas palabras y qué mundo se escondía detrás de ellas. Podrán emplearlas o no, pero tendrán la oportunidad de conocerlas y comprenderlas.
Se trata también de que las personas mayores sientan que aquello que aprendieron de sus padres y abuelos posee valor. Sus recuerdos no deben considerarse materiales secundarios ni testimonios sin importancia. En ellos se conserva una parte esencial de la historia cotidiana que rara vez aparece en los documentos oficiales.
Y se trata, finalmente, de que el conjunto del pueblo pueda reconocer en el habla chinata una expresión singular de su identidad, compatible con la diversidad de formas de pensar, vivir y expresarse que existen hoy en Malpartida de Plasencia.
Una declaración patrimonial tampoco pertenece exclusivamente a especialistas, asociaciones o instituciones. Necesita la participación de la comunidad. Son los vecinos quienes pueden aportar palabras, relatos, fotografías, documentos, grabaciones, canciones, refranes, nombres de lugares y recuerdos vinculados a la forma tradicional de hablar.
Cada testimonio ayuda a completar una memoria que todavía permanece repartida entre muchas personas. Lo que uno recuerda puede haberse perdido ya en otras familias. Una palabra que parece insignificante puede contener información sobre un oficio desaparecido, una herramienta, una costumbre, una relación familiar o una antigua forma de interpretar la naturaleza.
Conviene recoger este patrimonio mientras todavía viven quienes pueden explicar no solo qué se decía, sino cuándo se decía, quién lo decía, con qué entonación y en qué circunstancias. Una palabra escrita en una lista resulta valiosa, pero adquiere todo su sentido cuando conocemos la historia humana que la rodea.
Defender el habla chinata es defender la dignidad cultural de quienes la hablaron, de quienes todavía la recuerdan y de quienes desean que no desaparezca por completo.
Un pueblo también se reconoce en la manera en que ha nombrado la lluvia, el campo, el pan, el trabajo, la familia, la alegría, el enfado, el miedo, la esperanza y la vida. Perder esas palabras no significa únicamente reducir un vocabulario. Significa dejar de escuchar algunas de las voces con las que nuestros antepasados explicaron el mundo.
La declaración solicitada busca precisamente eso, que Malpartida de Plasencia pueda conservar, estudiar, compartir y transmitir una parte valiosa de su memoria colectiva.
Nadie estará obligado a hablar como antes. Nadie tendrá que renunciar a su manera actual de expresarse. Nadie será más o menos chinato por utilizar determinadas palabras.
Pero todos podremos conocer mejor de dónde venimos.
Proteger el habla chinata consiste en permitir que aquellas voces que durante generaciones nombraron la vida de Malpartida no desaparezcan sin dejar memoria. No se trata de hacer retroceder el tiempo, sino de evitar que el paso del tiempo borre por completo una parte de lo que somos.