Fotos: Javier Pulpo, Andrés Rodríguez, JP Amores, Javier Meléndez, Marisol Torres y Carolina Barrera
Javier Meléndez
Junio se nos ha venido encima con un calor excesivo en Extremadura, de esos que ya no pueden explicarse como una simple anécdota meteorológica. Es, una vez más, el reflejo de una crisis climática que tenemos delante de los ojos, aunque a veces prefiramos mirar hacia otro lado. Y, en medio de ese final de curso sofocante, los amigos de Grada volvieron a reunirnos en una gala sencillamente magnífica.
Lo digo porque sigo defendiendo una teoría muy personal: la frontera entre una entrega de premios insoportable y una velada entretenida es finísima. Basta un discurso de más, un ritmo mal medido o una solemnidad impostada para que todo se venga abajo. Esta vez, sin embargo, la gala de los Premios Grada caminó con holgura por el lado bueno. Óscar Elías dirigió la ceremonia con pulso, con sentido del ritmo y con una agilidad que permitió que dos horas pasaran con la intensidad justa. De los tres presentadores, Javier Mendoza, María Ortiz y José Vicente Moirón, me volvió a gustar especialmente Javi, que cada vez se mueve con más soltura como animador. A Moirón se le notan mucho las tablas; y María, quizá menos acostumbrada al escenario, puso empeño y naturalidad. Juntos funcionaron bien, aunque confieso que sigo pensando que tal vez convendría volver al formato de dos presentadores.
Y luego están los premiados, que son siempre la verdadera razón de ser de una noche así. Alfonso Gallardo, Jesús Ortega y Guillermo Gracia representan tres edades, tres trayectorias y una misma evidencia: talento, sí, pero también mucho oficio, mucha verdad y mucho buen hacer. El proyecto ‘3VA’ me pareció un logro enorme en eso que José Antonio Lagar definió tan bien como “dar voz a quienes tanto tienen que decir”. Ojalá crezca y se expanda sin límites, porque será una señal magnífica. Jesús Ortega volvió a demostrar su sensibilidad y su categoría, además de regalarnos un encuentro irrepetible con la grandísima Cristina Hoyos. Guillermo Gracia, joven y con muchísimo futuro por delante, sabe muy bien qué quiere decir y cómo decirlo; su lema, ‘Mis capacidades son mayores que mi discapacidad’, me lo quedo para mí, ¡Ole tú! Y la humildad de Alfonso Gallardo, a sus 94 años, me conmovió de verdad: hay personas que no necesitan levantar la voz para llenar una sala.
Todos los galardones fueron merecidos y sirvieron para recordar esa Extremadura que a mí me gusta reconocer: la de Guadalupe Sabio, la del proyecto ‘Wazo coop’, la de la asociación ‘AsoPMR’, la de Víctor Madera y Obdulia Fernández, la de las cercanísimas ‘Festas do Povo’ de Campomayor, la de los paladines de ‘La Encamisá’ de Torrejoncillo, y también la de Google Iberia cuando la tecnología se pone al servicio de quien realmente la necesita. Hubo también un reconocimiento muy justo para Emilio Vázquez y Emilio Jiménez, por tanta buena labor al frente de Fundación Caja Badajoz; y otro especialmente merecido para Apnaba, la asociación de padres y familiares de personas con trastorno del espectro autista de Badajoz. Lo digo sin rodeos: cuánto bueno han hecho y siguen haciendo por Extremadura y por su gente. ¡Cuánto os aprecio, de verdad!
Las actuaciones musicales fueron, sencillamente, perfectas: por cómo sonaron, por dónde estuvieron colocadas dentro del espectáculo y por la variedad que aportaron. La música en directo siempre suma, pero cuando además está bien elegida y bien interpretada, eleva cualquier gala. La Iberian Big Band, Manuela Sánchez, Claudia Padilla, Míriam Cantero, Rodrigo Fernández y Jesús Ortega dejaron momentos verdaderamente deliciosos, de esos que uno agradece porque rompen el protocolo y acercan la emoción.
Y después, como siempre, llegó ese cóctel de fin de fiesta que permite charlar con gente interesante, saludar a quienes uno aprecia y escuchar alguna que otra confidencia de esas que no conviene poner negro sobre blanco. Todo ello acompañado por la riquísima gastronomía extremeña y por ese calor humano que no se improvisa. Enhorabuena, una vez más, a la gente de Primera Fila.
Dejo para el final una reflexión que no quiero disfrazar demasiado: hay ausencias que, lejos de empobrecer los actos, los mejoran. Incluso diría que a veces purifican el ambiente. Y no lo digo por María Guardiola precisamente. Y quien quiera entender, que entienda.
