La función social de la Historia y las distintas formas en que las comunidades construyen un relato sobre su pasado es un tema importante a abordar.
Parte de la idea de que la necesidad de dotar de sentido al pasado colectivo no es exclusiva del conocimiento histórico científico, sino que puede satisfacerse mediante múltiples discursos, como los mitos, las genealogías legendarias o las interpretaciones religiosas. Estos relatos, aunque carezcan de rigor crítico, cumplen una función cohesionadora y explicativa dentro de las sociedades.
En contextos relativamente recientes han coexistido concepciones no científicas de la Historia con los sistemas educativos formales. La enseñanza histórica subordinada a una visión providencialista, en la que los acontecimientos se interpretaban como expresión de una voluntad divina, se orientaba a reforzar sentimientos de identidad nacional y cohesión social.
Pero la instrumentalización de la Historia no siempre adopta formas abiertamente religiosas o míticas. En las sociedades contemporáneas, especialmente tras los procesos de secularización, se ha desarrollado una historiografía de carácter aparentemente racional y laico que, sin embargo, cumple funciones ideológicas similares.
Esta Historia ‘científica’ puede convertirse en un mecanismo de legitimación política y nacionalista, al seleccionar e interpretar el pasado de acuerdo con intereses presentes.
En países orientales, como por ejemplo en China o Japón, la Historia enseñada en las escuelas no recurría a explicaciones sobrenaturales, pero sí estaba orientada a reforzar la lealtad al Estado y al emperador. La narración histórica destacaba la continuidad nacional, los logros glorificados de los gobernantes y la fidelidad de los súbditos, con el objetivo de consolidar una identidad colectiva homogénea y acrítica. Igualmente, si nos damos cuenta, también esto pasaba en países los europeos.
Se pone así de relieve que la Historia, lejos de ser siempre un saber neutral, puede desempeñar un papel decisivo en la construcción de identidades y en la legitimación del poder. De este modo, invita a reflexionar sobre la importancia del análisis crítico de los discursos históricos y sobre la responsabilidad del historiador frente a los usos ideológicos del pasado y del presente.
El papel que desempeña la Historia en las sociedades pone de relieve que su función va más allá de la mera reconstrucción objetiva del pasado; la Historia cumple una función social fundamental, contribuye a dotar de sentido al pasado colectivo y a reforzar la cohesión de una comunidad; y esta necesidad de explicación y de identidad no siempre se satisface mediante un conocimiento histórico crítico, sino que puede articularse a través de relatos míticos, religiosos o tradicionales que ofrecen una visión simplificada y legitimadora del pasado.
Por el contrario, el amarillismo histórico-político es una práctica que pretende volver lo blanco en negro, a gusto siempre del poder, deslegitimándose éste; y más, cuándo sabe este poder que no es en absoluto legítimo, por más que haya procurado legitimarse recurriendo a tretas de aquí y de allá. El amarillismo no es Historia sino violación de la Historia.
Esta función social de la Historia se vincula estrechamente con la relación entre Historia e ideología. Determinados discursos históricos están condicionados por valores, creencias e intereses dominantes, lo que da lugar a interpretaciones orientadas a justificar un determinado orden social o político. Tanto las explicaciones providencialistas como las narraciones aparentemente laicas pueden actuar como vehículos ideológicos, en la medida en que seleccionan hechos, jerarquizan acontecimientos y atribuyen significados acordes con una visión del mundo concreta.
Asimismo, la Historia puede convertirse en una herramienta al servicio de la legitimación del poder. A través de la enseñanza y la difusión de una determinada versión del pasado, los Estados pueden fomentar el patriotismo, reforzar la obediencia y consolidar identidades nacionales homogéneas.
Una Historia presentada como científica y racional puede emplearse para exaltar la continuidad nacional, glorificar a los gobernantes y promover la lealtad política.
En conclusión, la Historia puede parecer que no es un saber neutral, sino un campo en el que confluyen funciones sociales, intereses ideológicos y estrategias políticas. Pero esto no es así. La Historia con mayúsculas es la actualización del pasado, para que la civilización no enferme de Alzheimer social, para que sepa cuál es su identidad, lo que se hizo con anterioridad y cómo se hizo. El verdadero profesional, el verdadero historiador contrasta, investiga, compara. De ahí la importancia de una historiografía crítica que analice no solo los hechos del pasado, sino también los contextos y objetivos que condicionan su interpretación y su uso en el presente.