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Palabras que brotan. Biodiversidad y memoria en el habla chinata

Palabras que brotan. Biodiversidad y memoria en el habla chinata
Foto: Marceliano Clemente Canelo
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En una pared discreta de la calle Felipe Tomé de Malpartida de Plasencia, junto a la biblioteca y el Aula de Cultura ‘Josefa Canales’, ocurre algo extraordinario. Allí, clavadas en hierro sobre la fachada, no hay frases ni consignas, sino palabras, 25 palabras: hojaranza, cornagüela, zacapeo, pamplina, pegaera, mampolera, azauche…

A primera vista pueden parecer simples nombres de plantas. Sin embargo, en realidad constituyen algo más profundo, son un fragmento vivo de la memoria colectiva del pueblo, un testimonio material de la relación histórica entre sus habitantes y el entorno natural.

Este conjunto, promovido por el Ayuntamiento de Malpartida de Plasencia con la colaboración de la Asociación para el Desarrollo Rural del Monfragüe y Entorno (Ademe) y la Asociación para la Recuperación del Bosque Autóctono (ARBA Extremadura), no es solo una intervención estética. Es, en esencia, un acto de recuperación de la biodiversidad cultural chinata.

Durante siglos, las comunidades rurales han desarrollado sistemas de conocimiento íntimamente ligados al medio que habitan. En ese contexto, la lengua actúa como un verdadero archivo ecológico, cada palabra encierra información sobre especies, usos, propiedades y paisajes.

El habla chinata no es una excepción. Su riqueza léxica en torno a plantas, árboles y hierbas revela un conocimiento acumulado a lo largo de generaciones. Términos como tomillo burrero, ejparrago pijotero, jenillo, baleo… no son simples variantes dialectales, son denominaciones precisas que permiten identificar especies concretas, diferenciarlas y asociarlas a usos específicos.

Este fenómeno ha sido estudiado en el ámbito de la antropología y la etnobotánica bajo el concepto de diversidad biocultural, que señala la estrecha relación entre la diversidad lingüística y la biodiversidad. Allí donde se pierde una lengua o una variedad local, también desaparece una forma particular de conocer y clasificar el mundo natural.

Nombrar es conocer, usos y vida cotidiana. El léxico botánico chinato está profundamente ligado a la vida cotidiana tradicional. Forma parte de un conocimiento práctico, funcional, vivido.

Algunos ejemplos lo ilustran con claridad:

  • Jenillo: planta herbácea que recuerda por su aspecto al heno (jeno), de entre 50 y 60 cm de altura, con tallo muy fino y ramificaciones aún más delicadas. Tradicionalmente se recolecta en manojos, que se atan con cuerda o mimbre para elaborar pequeñas escobas (ejcobetaj), utilizadas en la limpieza de superficies delicadas, así como para retirar el polvo y las telarañas.
  • Pamplina, chochoj…, evocan usos alimentarios populares, asociados a épocas de escasez o a la recolección estacional.
  • Zoltiguilla (hortiga), es una planta herbácea bien conocida por su capacidad urticante, frecuente en bordes de caminos, huertas y zonas húmedas. Presenta tallos y hojas cubiertos de finísimos pelos rígidos (tricomas urticantes) que, al entrar en contacto con la piel, se rompen y actúan como diminutas agujas. A través de ellos se inocula una mezcla de sustancias irritantes, principalmente histamina, acetilcolina, serotonina y ácido fórmico, que provoca de forma inmediata una sensación de picor intenso, escozor y la aparición de pequeñas ronchas o erupciones cutáneas. Pese a este efecto, la zoltiguilla ha tenido usos tradicionales tanto en la alimentación (una vez cocida pierde su poder urticante) como en la medicina popular, donde se ha empleado por sus propiedades depurativas y antiinflamatorias.
  • Colnagüelaj y ejparragoj pijoteroj, son plantas espontáneas muy apreciadas en la tradición culinaria local, que brotan con la llegada de la primavera, especialmente durante el mes de abril, en paredes, ribazos y pareañoj de laj viñaj. Las colnagüelaj son hierbas de hojas verdes, tiernas y carnosas, que se recolectan en su punto más joven. Una vez hervidas, se emplean como verdura en potajes tradicionales, destacando su presencia en los guisos de Semana Santa, donde aportan un sabor suave y ligeramente herbáceo, además de una textura delicada. Por su parte, los ejparragoj pijoteroj son espárragos silvestres, más finos e intensos que los cultivados, con un característico punto amargo muy apreciado. Se recolectan cuando aún están tiernos y se utilizan principalmente en tortillas, uno de los platos más representativos de la cocina popular primaveral. También pueden incorporarse a revueltos o salteados, conservando siempre su sabor marcado y su carácter silvestre. Ambas especies forman parte de un saber etnobotánico transmitido de generación en generación, ligado al conocimiento del medio y al aprovechamiento estacional de los recursos naturales. Cada palabra no solo nombra una planta, describe un uso, una experiencia, una forma de vida.

En este sentido, el habla chinata puede entenderse como un verdadero herbario oral, donde las especies no se clasifican solo por criterios botánicos, sino también culturales, económicos y simbólicos.

El vocabulario tradicional permite, además, leer el paisaje. Términos como zacapeo, mampolera, abiloria o zoltiguilla contienen matices que escapan a las clasificaciones científicas estandarizadas, pero que resultan esenciales para quienes han vivido en contacto directo con el entorno.

Estas palabras pueden indicar tipos de suelo, condiciones de humedad, aptitud para el pastoreo e incluso presencia de determinadas especies. Así, la lengua no solo describe la naturaleza, tambien la interpreta y la organiza.

De esa riqueza se está produciendo una pérdida silenciosa. Es patrimonio que se encuentra en una situación frágil. A medida que desaparecen las prácticas tradicionales, la agricultura familiar, el pastoreo extensivo, la recolección, también se debilita el uso de este léxico.

Muchas de estas palabras sobreviven hoy únicamente en la memoria de las personas mayores. Otras han dejado de utilizarse por completo.

La pérdida no es solo lingüística. Cuando desaparece un término como jenillo, baleo o lentijca, también se desvanece el conocimiento asociado, cómo era esa planta, para qué servía, en qué momento del año aparecía. Se trata, por tanto, de una doble erosión, lingüística y ecológica.

Recuperar palabras, es recuperar vínculos. En este contexto, iniciativas como la instalación de estos nombres en la fachada urbana adquieren un valor extraordinario. No se limitan a conservar palabras, las devuelven al espacio público, las hacen visibles, las integran en la vida cotidiana.

El trabajo conjunto del Ayuntamiento de Malpartida de Plasencia, Ademe y ARBA Extremadura, constituye un ejemplo de cómo las políticas locales pueden contribuir a la conservación del patrimonio inmaterial.

Estas acciones no solo recuperan el pasado, también invitan a reinterpretarlo y a proyectarlo hacia el futuro.

El habla chinata no es únicamente una forma de comunicación. Es una expresión de identidad, un sistema de conocimiento y una manera de relacionarse con el entorno.

En un momento en el que la pérdida de biodiversidad es una preocupación global, resulta especialmente relevante reconocer el valor de estos saberes locales. Las lenguas tradicionales, lejos de ser reliquias del pasado, pueden ofrecer claves fundamentales para comprender y gestionar los ecosistemas.

Como señalan diversos estudios en etnobiología, proteger la diversidad lingüística contribuye también a preservar la diversidad biológica.

Quizá el futuro del habla chinata no dependa solo de su transmisión oral o de su estudio académico, sino también de gestos como este, palabras que se fijan en los muros, que se leen al pasar, que despiertan la curiosidad de los más jóvenes.

Palabras que, como las plantas que nombran, necesitan tierra, cuidado y memoria para seguir vivas.

Porque, al fin y al cabo, nombrar la naturaleza es también una forma de conservarla. El habla chinata necesita un futuro con raíces.

Marceliano Clemente Canelo y Carlos Canelo Barrado

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