El pasado 1 de abril de 2026 se nos ha marchado nuestro querido profesor don Jesús Manchado Casillas, y algunos de mis compañeros me han sugerido que escribiera algo sobre él, y claro que lo hago con mucho cariño y emoción.
Así que me pongo a repasar las notas de los diarios que escribí los ocho años que pasé en el Patronato Militar Virgen del Puerto en Santoña y comienzo: Mis compañeros y yo llegamos a Santoña un viernes 3 de octubre de 1970. Veníamos en una expedición, de las muchas que salieron desde otros puntos de España, que salió de la Estación Norte de Madrid el día 2 a las 23.00 horas. Lloros y abrazos familiares en la despedida, ocupando dos de los vagones de aquel tren tan largo. Veníamos 85 niños y mayores para cursar una franja de estudios desde Primero de Bachiller hasta COU.
Toda una noche en tren con paradas estratégicas para recoger a otros compañeros de otras provincias, como en Medina del Campo que se incorporaban los de Salamanca, Extremadura y zona centro. A la estación de Santander llegamos a las 8.00 horas del día 3 de octubre de 1970. Nos estaban esperando cuatro autobuses con nuestros correspondientes monitores- tutores.
Los más pequeños teníamos 10 añitos y algunos ya veníamos curtidos del internado de la Colonia Infantil de Quintana del Puente (Palencia), donde habíamos estado dos años, desde los 8 años a los 10 años que teníamos entonces. Por eso no era de extrañar que, siendo para algunos su primer internado, como el niño que se sentó a mi lado en el autobús, José Luis, comenzase a llorar muy bajito, y yo le tuve que agarrar su pequeña manita para intentar consolarle.
Veníamos tan cansados que me quedé dormido profundamente. Me despierto escuchando un “Ya estamos llegando”. El autobús pasaba al lado de la plaza de toros de Santoña y enfilaba la carretera del Pasaje, tan pegadita a la bahía. Me levanto un poco, apoyando mis pequeñas manos en el asiento delantero del autobús y miro y miro aquel mar. Era la primera vez que lo veía y para mí era lo más hermoso que hasta ese momento había visto.
“Mirad ahí está el Patronato”. Alguien dijo (el Patronato Militar Virgen del Puerto de Santoña).
Efectivamente, ahora el autobús pasaba al lado de los seis pinos. A mi derecha la bahía y a mi izquierda el Patronato; aquel imponente edificio alto y muy largo. Me fijo en las dos porterías del campo de fútbol que hay entre el Patronato y la bahía.
Sencillamente me quedé maravillado de lo que estaba viendo, y creo que ahí fue la primera vez que me enamoré de Santoña. Y es que de donde veníamos, del internado de La Colonia de Quintana del Puente, situado en aquella solitaria montaña, no tenía ni punto de comparación con la maravilla que mis ojos estaban viendo en estos momentos.
El autobús gira a la izquierda cuando llegamos al fuerte de San Martín; otro giro y ya paramos en la puerta del Patronato. Cogemos nuestras maletas de cartón y nosotros, los más pequeños, nos vamos con nuestro monitor Aguero camino del dormitorio situado en la última planta. Se nos asigna una cama y una taquilla, donde colocamos la ropa que previamente llevábamos marcada con un número que con antelación comunicaban a nuestros padres. Yo llevaba el número 20, para que cuando echáramos la ropa a lavar nos la devolviesen en una bolsa de tela blanca en base a nuestro número. Todavía hoy día me cuelgo la bufanda de color verde con el numero 20 que tantos años me puse en el Patronato.
Entre el viernes, sábado y domingo de aquellos primeros días de octubre de 1970 nos acomodamos poco a poco a la rutina del nuevo internado, a la par de las incorporaciones de otros muchos niños de otras provincias de España, hasta completar las 227 plazas del internado.
El lunes 5 de octubre de 1970, a las 9.00 horas, ya estábamos todos sentaditos en nuestra clase de 1º A, situada al fondo de aquella galería donde también estaban las aulas de otros cursos. Puntualmente entra un profesor con un jersey de color rojo, pantalones marrones y unos zapatos muy limpios. Me fijo en sus gafas de monturas gruesas, su pelo negro con un pequeño rizo en el lateral de su frente y, sobre todo, aquel bigote muy poblado. Era el primer encuentro con don Jesús Manchado.
Nos dijo que sería nuestro tutor ese curso y que podíamos contar con él para cualquier problema que tuviéramos. De uno en uno nos vamos levantando de nuestro pupitres y vamos respondiendo a las tres preguntas que nos hace don Jesús: ” ¿De dónde eres? ¿Qué quieres ser? ¿Qué es lo que te gusta?”.
Me llamó la atención el cariño con el que nos hacía estas preguntas y él siempre comentando algo sobre la respuesta que le daba cada niño. Veníamos de todas las provincias de España. Y lo que queríamos ser, pues marinos, militares, profesores, periodistas, futbolistas, etc.
En mi caso particular yo venía del norte de la provincia de Cáceres, quería ser militar (que luego no lo fui) y me gustaba mucho leer y la música. Me puse muy contento porque don Jesús me dijo que él era de Salamanca y se conocía todos los pueblos del norte de la provincia de Cáceres.
Comenzó a darnos Matemáticas, Ciencias de la Naturaleza y Física en los sucesivos cursos desde Primero de Bachillerato hasta finalizar COU. (1970-1978). Recuerdo su especial relación con el cigarro marca ‘Ducados’ y es que entonces los profesores y los alumnos de Sexto y Preu-COU fumaban en clase. Dando un ligero golpecito en la mesa don Jesús sacaba parsimoniosamente de la cajetilla el cigarrillo, lo encendía con una cerilla, se lo llevaba a los labios y le daba unas caladas impresionantes, para luego expulsar el humo que se entrelazaba como una nube entre los pelos de su espeso bigote. Yo me quedaba embobado observando el ritual del cigarrillo. Se me viene también a la cabeza el profesor don Juan Berruezo, que también encendía su cigarrillo metiéndolo en aquella pipa de color negro tan larga.
Pero aparte de observar estábamos allí para aprender, y don Jesús Manchado era un excelente profesor. Utilizaba muchísimo la tiza y el encerado, y aparte de los exámenes mensuales de cada evaluación practicaba la evaluación global y nos ponía las notas en su cuadernillo de pastas de color rojo; notas en base a cuando te sacaba a la pizarra y cuando te miraba el cuaderno para ver si tenías hecho los ejercicios.
Todavía hoy guardo los cuadernos y apuntes de aquellos años, y recuerdo en su honor los tres Sistemas de Medida que año tras año don Jesús se encargaba de recordarnos: El Sistema Cegesimal, El Sistema Georgi y el Sistema Terrestre (Dinas, Newton y Kilopondio).
El día 4 de noviembre de 1972, con 12 añitos y ya en Segundo de Bachiller, saliendo de la cena del comedor y corriendo a la sala de televisión para ver un partido de la selección española, que jugaba contra Yugoslavia, alguien me puso la zancadilla y caí al suelo, fracturándome el codo derecho. Me llevaron a la enfermería del Patronato, donde estaba Charo (Rosario López Sánchez), aquella enfermera que me ayudó tanto y tanto a superar aquellos días tan horribles.
Vino a verme don Jesús Manchado y me regaló una novela del Oeste, de aquellas de indios y caballos que a mí tanto me gustaban. Me dijeron que me tenían que trasladar a Santander, al Hospital de Valdecilla, ya que me tenía que ver el traumatólogo. Pues resulta que el traumatólogo era el doctor Sierra, y era íntimo amigo de don Jesús Manchado; creo recordar que el doctor también era de Salamanca. Me quedaron allí ingresado ya que me tenían que operar del codo. El doctor Sierra me operó e incluso me puso la escayola personalmente y estuvo muy cariñoso conmigo, todo gracias a don Jesús Manchado, que había hablado con él. Vino mi madre, que entonces estaba de profesora en Madrid, y en todo momento estuve muy acompañado por la gran enfermera Charo y mi hermano Diosdado, que estudiaba también en el Patronato aquel año haciendo COU. Ya en el Patronato recuerdo a mi madre hablando con don Jesús, agradeciéndole todo.
Fueron unos días duros, durísimos, ya que de vuelta al Patronato, con la escayola en el brazo derecho, me tenía que acomodar a la vida del internado y muy triste cuando mi madre se tuvo que marchar y yo allí con mis 12 añitos, soportando la escayola y el codo que no paraba de dolerme.
Don Jesús Manchado me ayudó un montón con los exámenes , ya que los tenía que realizar oralmente por tener escayolado el brazo derecho. Recuerdo que usted me animó a escribir con la izquierda, practicando con la tiza en el encerado. Incluso hoy día, de vez en cuando, escribo con la izquierda y vaya si me acuerdo de todo aquello.
Querido profesor don Jesús, como usted verá tengo un montón de razones para no olvidarle nunca, y ahora imagino que ya estará usted celebrando algún claustro de evaluación con aquellos profesores del patronato que también se han marchado: don Eugenio, don Luis, don Primitivo, don Emilio, don Berruezo, don Ángel, don Eisman, don Esteban.
Querido don Jesús, en nombre de todos mis compañeros y de todos sus alumnos del Patronato Militar Virgen del Puerto en Santoña quiero decirle que le queremos y nunca jamás le olvidaremos. Descanse usted en paz y reciban sus familiares todo nuestro cariño y respeto.
Matías Simón Villares
Alumno interno del Patronato Militar Virgen del Puerto. Santoña. (1970-1978)