Crónica y vivencias de cuatro días inolvidables desde el corazón de la Grada Alonso: cuando la gestión impecable de un trazado mundial se fusiona con la pasión indomable de la marea verde para convertir el Gran Premio en una experiencia imborrable.
Por más años que pasen (y ya van 23 sin faltar a mi cita anual en Montmeló), asistir al Gran Premio de Fórmula 1 sigue siendo algo mágico para mí. Vivo todo el año por y para este momento. Es mucho más que unas vacaciones y mucho más que un deporte; es una vivencia profunda donde se mezclan sentimientos que van más allá de lo que se ve a simple vista. El circuito, la gente que conoces, la pasión compartida, los pilotos, la evolución de los monoplazas, el rugido de los motores… Y, para alcanzar la perfección, la experiencia de vivir cuatro días de acampada pegada a la pista, respirando y sintiendo el automovilismo las 24 horas del día. Parece un tópico, pero es una gran verdad: para entenderlo y disfrutarlo hay que venir y hay que vivirlo.
Ha habido años en los que he ido acompañada, pero cuando nadie ha podido venir, ni eso ni la distancia de los 1.100 kilómetros que me separan del trazado han impedido mi asistencia. Llegas el jueves con la alegría y la ilusión de saber que te esperan cuatro días de ensueño. Suelo ser de las primeras en llegar para tener la tienda de campaña lista antes de que comience la acción. Los jueves son días mágicos: la visita al Pit Lane te permite ver de cerca a los pilotos, admirar los coches e incluso presenciar los ensayos de paradas en boxes. Tras esa primera inmersión regresas al camping con todo montado y con la satisfacción de saber que aún quedan tres días por delante, aunque, tras tantos años de experiencia, soy consciente de lo rápido que vuelan.
Tras este gran debut llega el viernes, uno de los momentos más emotivos del fin de semana. Cuando vuelves a escuchar el sonido de los monoplazas sobre el asfalto el corazón se acelera. Para los románticos y sensibles de este deporte es inevitable derramar alguna lágrima de emoción. Ahí comienza oficialmente la fiesta y la desconexión total.
¿Y cómo no disfrutar si el Circuit se supera año tras año? Quien piense que aquí solo se viene a ver carreras está muy equivocado. No falta ni un solo detalle gracias a una organización impecable. Para combatir el calor la organización dispone de zonas con ventiladores y agua vaporizada, fuentes de agua potable fría e incluso dispensadores gratuitos de crema solar. Entre carrera y carrera, el entretenimiento es continuo: conciertos, DJs repartidos por todo el recinto, grupos de animación y tiendas de merchandising de todas las escuderías. La oferta gastronómica es enorme y variada (donde puedes elegir desde una hamburguesa hasta una paella), con abundantes zonas de sombra y asientos para quienes prefieren llevar su propia comida. Además, los baños se mantienen impecables durante todo el día, garantizando siempre los servicios esenciales. Desde las nueve de la mañana hasta casi las siete de la tarde el recinto es un hervidero de comodidad y disfrute.
El domingo marca el momento cumbre: el día de la carrera. En ediciones anteriores disfruté del Gran Premio desde la tribuna de Carlos Sainz, pero este año el Circuit de Barcelona-Catalunya no solo demostró su excelencia organizativa habitual, sino que logró canalizar toda la energía de la marea alonsista en un fin de semana cargado de emociones, ensalzando la figura de Fernando Alonso como gran embajador de la pista. Como no podía ser de otra manera, mi sitio estaba allí.
Vivirlo desde la Grada Alonso fue una experiencia indescriptible. Ver toda la tribuna y la Pelouse teñidas de verde, dejándonos la garganta para animar a nuestro piloto a pesar de saber que el resultado en pista iba a ser difícil. El instante en el que Fernando se paseó frente a nosotros, viendo a cada aficionado dándolo todo para hacerle saber que estamos con él, pase lo que pase, ya forma parte de mis mejores recuerdos. A partir de ahí comenzó el espectáculo de la carrera, seguido al milímetro gracias a las pantallas gigantes que cubren el trazado una vez que los coches pasan por delante de tu posición.
Cuando todo se acaba la satisfacción y la felicidad son plenas, pero es inevitable sentir la melancolía de ver cómo cuatro días de ensueño se evaporan en un suspiro. Este año el adiós ha sido un poco más agridulce si cabe, sabiendo que el Circuit afronta una etapa de transición y que la espera para volver a vivir esta magia se alargará un poco más en el calendario. Salir del recinto con alguna lágrima en los ojos fue inevitable.
Ahora, de regreso en mi ciudad, escribo estas líneas como un sincero homenaje y agradecimiento a todo el personal del circuito que hace posible este engranaje perfecto. Y, de forma muy especial, a una gran persona y hoy ya amiga, Isabel, quien año tras año se asegura de que sienta el Circuit de Barcelona-Catalunya como mi propia casa. Toca seguir soñando y contando los días para volver a pisar mi lugar favorito en el mundo. ¡Gracias por otra edición perfecta!
