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Las cosas buenas del verano (IV)

Las cosas buenas del verano (IV)
Foto: Wikimedia Commons. Juan Emilio Prades Bel
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Cuando vivimos en estas latitudes, estamos pasando la penúltima ola de calor y aún nos falta el veranillo de San Miguel, uno siente la necesidad de tomar medidas drásticas. Aunque tampoco hace falta irse a Alaska teniendo lugares cercanos y atractivos como Irlanda, por ejemplo. Una de sus peculiaridades más ‘odiadas con cariño’ es que en un mismo día puedes pasar por las cuatro estaciones sin ponerte ni colorado; pero, extremos aparte, los veranos allí son realmente agradables, y tu olfato, vista y paladar pueden disfrutar de un adelanto del otoño que te ayuden a coger aire para la última cuesta con 40 grados a la sombra.

Gracias a este lugar podemos disfrutar del que, ‘in my humble opinion’, es uno de los mayores manjares de la gastronomía mundial. El origen del café irlandés parece ser la típica historia de casualidad e improvisación que creo que no tiene mayor glamour. Y, como suele ocurrir, las maneras de hacerlo y beberlo acaban siendo casi una por cada casa; por eso no me voy a aventurar a dejar una receta como verdad absoluta, pero intentaré anotar algunos tips básicos.

Si lo deseas, se puede empezar por calentar la copa. Si además es alargada y con asa, mejor, ya que ayudará a la mejor conservación de la temperatura y a la forma en la que el líquido nos llega a la boca al dar el trago, como veremos al final. Podemos seguir añadiendo el azúcar, blanco o moreno dependiendo de si prefieres darle un toque algo más acaramelado, y es preferible corto teniendo en cuenta el topping que va a llevar al final y el ligero punto de dulzor que va a dar el alcohol. Lo disolvemos en un expreso, un café solo, un largo, dos expresos, un americano… Para no dejaros sin respuesta, estamos preparando un café, aunque sea irlandés, y como tal, lo ideal sería que el ingrediente protagonista fuera el café, con bien de concentración.

El tercer ingrediente: el whiskey (con ‘e’), preferiblemente de procedencia irlandesa, y aunque parezca una obviedad no es por capricho. Cuando pedimos este café por ahí nos pueden echar cualquier cosa mientras empiece por ‘w’ y lo más frecuente, es que los whiskys (sin ‘e’) escoceses suelen ser más robustos y con posible aroma ahumado. Por esto es preferible el irlandés, generalmente más afrutado y refinado en sabor. Para el siguiente paso es recomendable que, si lo vamos a pedir fuera de casa, especifiquemos si lo queremos con el whiskey quemado o no, ya que originalmente no se quema.

Llegados al momento de unir estos tres ingredientes, observaréis que si vertemos con mucho cuidado el whiskey sobre el café, por diferencia de densidad el alcohol se acabará yendo al fondo y el café quedará arriba, separados como agua y aceite, y lleguen a la boca en proporciones diferentes teniendo una bebida diferente a cada trago. La otra opción es que queden mezclados.

Y aquí hacemos un inciso para pasar al cuarto ingrediente. La capa de nata que coronará la bebida no debe ser muy espesa; es decir, que quede montada, pero solo con la cremosidad justa para que flote. Porque aquí viene otro momento delicado, dado que la nata deberá aguantar arriba pero derritiéndose levemente para que al dar el trago se deslice un poco junto al café y el whiskey, que pasan a través de ella para llegar a nuestra boca. Es decir, no removeremos ni mezclaremos todo el conjunto con una cucharilla. ¿Que lo quieres así, todo mezclado? Ok, aunque en mi opinión perdería parte de su gracia. ¡Sláinte!

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