Iluminar las calles oscuras de mi barrio siempre me pareció un asunto de Estado; se trata de ese asunto del que los vecinos y vecinas hablan en los rincones y aceras del contorno de sus jardines y bloques de viviendas.
Recuerdo bien esta sensación al pasar por mi barrio y verme en la ventana decorada de ropa tendida; mi visión enfocaba las imágenes con dificultad y los ecos sonoros de las casas vecinales me recordaban que el día se desarrollaba con normalidad al ritmo de los acontecimientos cotidianos, y pueden creerme que las farolas y el alumbrado no eran un asunto menor. A oscuras transitábamos por aquellas aristas urbanas con el temple y la valentía de la certeza adolescente que nos sitúa al margen del miedo y muy próximos al riesgo.
Volver a manejar sensaciones al regresar a tus orígenes requiere una demostración personal de validez, templanza y osadía, sobre todo cuando en el camino de vuelta tropezamos con las piedras del pasado, recuerdos que se convierten en muros y que laten en nuestro interior a modo de silencio y ausencias.
A medida que recobramos la perspectiva y nuestra comprensión de lo vivido nos vamos acercando a ese sentimiento tan valioso y olvidado que es el perdón, piedra angular que soporta la mayoría de insatisfacciones y desventuras que en edad adulta experimentamos; el camino hacia el perdón resulta complejo en esa transición y es necesario volver a los orígenes para encontrarlo en el camino de vuelta, en esa verdad que despierta a la luz de aquellas farolas que iluminan mi camino.
Era necesario el recorrido para apreciar el valor de lo vivido porque de aquellos espacios oscuros nació la necesidad de crear y de creer, la oportunidad de crecer a partir de largas noches oscuras, también el deseo de transformar y buscar la luz en mi interior. Era necesario que pasaran muchos años para hallar la claridad entre las sombras, la ventana adecuada que me permitiera asomarme sin temor para comprobar que el alumbrado ya ilumina mi camino y que el regreso tampoco era un asunto menor.