Mientras España vivía la época de posguerra, en Asturias, Joaquín Vaquero Palacios (1900-1998) creía en el arte como agente transformador del entorno. Como pintor, escultor y arquitecto apostaba por la integración de las artes y su acercamiento a la vida de las personas: “una absoluta necesidad en un tiempo en que nuestra actividad está desbordada y nuestro organismo necesita ser apaciguado para sobrevivir a la tensión a que se le somete cada vez con mayor exigencia”. El contexto era la España franquista, una época durante la cual simultaneó la dirección de la Academia Española en Roma con una estrecha colaboración con Hidroeléctrica del Cantábrico.
A los 16 años realizó su primera exposición en su ciudad natal. Estudió en la Escuela de Arquitectura de Madrid, simultaneando su formación con la práctica de la pintura. Le encargaron importantes proyectos, como el Monumento a Colón (Huelva) en colaboración con Luis Moya.
Se vinculó al ambiente artístico de los años 40, en el que participó activamente. Practicó la pintura mural, y buenos ejemplos de ello son el casino de San Salvador o los frescos de numerosos edificios públicos españoles. Académico de San Fernando, realizó, en colaboración con su hijo, la plaza del Descubrimiento en la plaza de Colón de Madrid.
Nacido en el ambiente fabril del norte de España, hijo de un promotor de empresas industriales, fue uno de los primeros pintores que captó la belleza de las fábricas y los contrastes lumínicos de los altos hornos. Como arquitecto de formación y con un conocimiento profundo del pasado, restauró monumentos antiguos. Su mentalidad renacentista le hizo cultivar también la escultura y muy especialmente la pintura.
Su obra pictórica se caracteriza por un concepto arquitectónico, realizando fundamentalmente una arquitectura de paisajes en donde la figura humana está ausente. Su estilo evoluciona a partir de una primera etapa en la que plasma sus impresiones del natural, con paleta próxima al impresionismo, hacia obras en las que la forma es lo elemental y donde su paleta se hace más sombría. Su pintura tiende finalmente a cuadros con formas puramente plásticas, cargados de un sentido trágico en donde muestra la obra de un artista conocedor de todos los recursos técnicos que tiende a una simplificación y síntesis no exentas de emoción.
Su legado debe ser analizado atendiendo a su ejercicio simultáneo en los ámbitos de la arquitectura y del arte plástico. Una relación dialógica entre disciplinas que se retroalimentaron con las influencias de unas experiencias vitales y artísticas impulsadas por su espíritu observador de viajero infatigable, una pintura caracterizada por la nitidez de contornos, la claridad formal y, sobre todo, por un equilibrio compositivo en el que materia, textura y construcción confirman la coherencia lógica entre la pintura del arquitecto y la arquitectura del pintor.
Crédito de la imagen
‘Caserío abandonado’, Joaquín Vaquero Palacios. Fuente: https://polipapers.upv.es/index.php/EGA/article/view/16395/15706, bajo CC BY-NC-ND 4.0 (EGA)
DOI: https://doi.org/10.4995/ega.2023.16395
