A veces el mundo se divide entre lo que es evidente y lo que simplemente se siente. Si alguien usa una silla de ruedas o un bastón blanco el entorno suele reaccionar con una señal visual que explica su contexto. Existe un código no escrito que nos dice que esa persona necesita espacio, tiempo o una adaptación. Pero ¿qué pasa cuando tu batalla ocurre en un lugar que nadie puede señalar con el dedo? ¿Qué ocurre cuando el obstáculo no es un escalón sino un sonido, una luz cegadora o una mancha en el centro de tu mirada que el resto ignora?
Empiezo esta colaboración con la revista Grada porque quiero hablar de nosotros: los que navegamos el mundo pareciendo ‘perfectamente funcionales’ mientras gestionamos una realidad que el resto ni sospecha. Hablo de la discapacidad invisible en todas sus formas, especialmente aquellas que son víctimas de los prejuicios más feroces: las sensoriales y las psíquicas.
En el caso de la salud mental o la neurodivergencia el estigma es punzante. Se confunde la ansiedad paralizante con la ‘falta de voluntad’, o el agotamiento extremo con la ‘pereza’. Vivimos en un sistema que solo valida el sufrimiento si hay una radiografía que lo respalde, etiquetando como ‘difícil’ o ‘extraño’ a quien procesa el mundo de una manera distinta.
Pero quiero que este espacio sea algo más que una definición teórica; quiero que sea una ventana abierta de par en par. En las próximas columnas voy a contarles mi vida sin filtros. Quiero hablarles de las cosas cotidianas que me pasan a mí y a la gente de mi entorno. Les voy a llevar conmigo a los sitios a los que asisto, a los lugares donde viajo, a los restaurantes donde como y al espacio donde trabajo. No lo haré para exponer mi privacidad, sino para mostrar las limitaciones reales que afrontamos quienes, como yo, vivimos con baja visión.
Tener baja visión es habitar un mundo de incertidumbre constante que es increíblemente incomprendido. Es un mundo donde tienes que dar explicaciones a cada paso para evitar el juicio ajeno. A menudo la gente piensa que soy distraída, que no tengo interés en lo que me rodea o que ignoro a propósito a alguien en la calle. La realidad es mucho más compleja y, honestamente, agotadora: hay cosas que no puedo explicar porque ni yo misma sé, en ese preciso momento, si las voy a poder ver o no. Mi visión depende de la luz, del contraste, del cansancio o de mil factores que escapan a mi control. No es que no quiera mirar; es que mis ojos tienen sus propias reglas de juego.
Sin embargo, no quiero que este rincón sea un monólogo. Me encantaría encontrarme con personas que quieran compartir su vivencia conmigo. Quiero escuchar vuestro día a día, lo que sentís, lo que os frustra y lo que habéis aprendido a superar. Mi deseo es que este espacio se convierta en un altavoz para cualquiera que sienta que su realidad ha sido silenciada por no ser ‘evidente’.
Creo firmemente que, si compartimos nuestras historias y ponemos nombre a lo invisible, podemos empezar a mover los cimientos de lo que nos rodea. Quizás, entre todos, contándolo con naturalidad y sin miedo al juicio, podamos cambiar un poquito este mundo. Porque la inclusión de verdad no ocurre solo cuando ponemos una rampa; ocurre cuando dejamos de suponer y empezamos a validar que cada persona carga con un universo que, aunque no siempre sea visible a los ojos, late con una fuerza que merece ser reconocida.
Gracias por acompañarme en este viaje. Bienvenidos a mi día a día