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‘Eduardito’

‘Eduardito’
Ilustración: Enrique Martín

Unas horas antes de emborronar estas página se han corrido toros de Miura en Sevilla. Una fidelidad que no se rompe. Este motivo es suficiente para comentar cualquier suceso de estos ganaderos y sus toros.

‘Formalito’, noble y bravísimo animal que pasó triunfalmente por el ruedo maestrante sevillano, dio lugar a este comentario de uno de los más importantes críticos taurinos, el ilustre Gregorio Corrochano: “A tu bravura arrojaron sombreros los hombres y flores a tu nobleza las mujeres”. Liaban entonces a nombre de ‘Señores Hijos de Eduardo Miura [Fernández]’. Lo hicieron desde 1917 hasta 1940, años en la que vacada pasó a Eduardo Miura Fernández, hijo de Antonio Miura Hontoria. En cuantas ocasiones leí, o tuve el privilegio de hablar con él, manifestó su sentir respecto del hierro, su hermandad laboral, su apego familiar a su padre y tío, y un sin fin de aspectos que para don Eduardo eran ‘santo y seña’ en su comportamiento. Recuerdo su emoción, que al fin no pudo contener, al referirse a ellos en el homenaje que la Universidad le tributó en 1991. En su memoria lo recordaba así: “Mi padre era un hombre de carácter muy fuerte. Cuando acosábamos y algo salía mal me echaba unas broncas tremendas, sin que yo comprendiese en qué había fallado. Luego me cogía mi tío José, y con más calma me iba explicando lo ocurrido, hasta que lo asimilaba”.

El nuevo propietario llevó los mismos apellidos y nombre que su legendario abuelo, el de las patillas blancas, quien fuera el que levantara el hierro de las cinco letras, a la máxima consideración de los públicos. A su nombre lidió por vez primera en Sevilla, el 19 de abril de 1941, en un conocidísimo cartel en el que intervienen Pepe Bienvenida, Manolete y Pepe Luis Vázquez. En aquella fecha y plaza empezó la historia contemporánea de esta vacada. El citado Gregorio Corrochano, que era amigo de la casa, al principio, “le sacó la piel a tiras” en sus crónicas. Me contaba don Eduardo que en una de ellas afirmaba, y repito sus palabras textuales, algo así como que “yo no podría llamarme nunca como mi abuelo don Eduardo Miura, sino que tendría que ser Eduardito Miura. Y que no me podía llamar de usted y seguiría tuteándome”. Y a partir de ahí, comentaba, “me sacudía ‘tela’, pero siempre centrado en lo que había sido el juego de mis toros”. Poco tiempo después, continuó su relato don Eduardo, ocurrió “como pasa en esta profesión, que a veces salen corridas malas, pero también salen buenas” , que don Gregorio, “esto lo tengo guardado en el corazón, de verdad, me hizo una crónica muy distinta. Empezaba así: ¿Me permite vd. Eduardito que le llame don Eduardo, como a su abuelo?”.

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