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La fiesta de los quintos: lenguaje ritual, identidad y tránsito a la vida adulta

La fiesta de los quintos: lenguaje ritual, identidad y tránsito a la vida adulta
Fotos: Cedidas
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Hace varias décadas la vida de los pueblos estaba marcada por hitos compartidos, por rituales que ordenaban el tiempo y daban sentido al paso de las generaciones. En Malpartida de Plasencia uno de esos momentos era, sin duda, la fiesta de los quintos. No era solo una celebración, era una frontera simbólica entre la juventud y la vida adulta, un acontecimiento esperado durante años, vivido con intensidad y recordado toda la vida.

La espera comenzaba casi desde el nacimiento. Cuando venía al mundo un hijo varón, no era raro que el padre guardase una arroba de vino, de su propia cosecha o de la de algún familiar, con un propósito claro: abrirla “cuando el mozo entrase en quinta”. Aquel vino, reposado durante casi dos décadas, adquiría con el tiempo un valor que iba mucho más allá de lo material. Era memoria líquida, promesa de futuro, símbolo de continuidad familiar. Y cuando llegaba el momento, se descorchaba como una auténtica exquisitez, compartida entre familiares y amigos en un ambiente de orgullo contenido y emoción colectiva.

El primer acto oficial tenía lugar a las puertas del Ayuntamiento. Allí acudían los jóvenes llamados a quintas, acompañados por familiares y vecinos, en una escena cargada de expectación. A los 19 años eran ‘tallados’ y sometidos a reconocimiento médico, un trámite decisivo que marcaba su situación inicial. La mayoría eran declarados aptos; otros quedaban considerados no aptos para el servicio militar, lo que en el habla se decía “daoj pol inútil”, sin intención discriminatoria, más bien compartiendo la satisfacción de no tener que ir a la mili.

Sin embargo, la realidad era más compleja y revelaba matices sociales significativos. Existían diversas causas de exención: hijos de viudas, jóvenes cuyos padres habían alcanzado edad avanzada, o aquellos que ya contaban con dos o más hermanos que habían cumplido con la mili. Junto a estas circunstancias reconocidas, circulaba también la idea, no exenta de crítica social, de que quienes disponían de recursos económicos podían eludir el servicio mediante el pago de determinadas cantidades, inaccesibles para la mayoría. Esta percepción quedó fijada en la tradición oral a través de una copla que los mozos entonaban con tono entre resignado y desafiante:

“…si te toca te jodej, que te tienej que dil,
que tuj pairej no tienen diez mil ralej pa ti…”

Este primer momento no cerraba el proceso, sino que lo inauguraba. Meses después tenía lugar el segundo acto oficial: el sorteo. Celebrado en las cabeceras de las zonas militares, en él se decidía por azar el destino de cada joven. Este acto introducía un elemento de incertidumbre que intensificaba la carga emocional del rito, pues no solo se trataba de ir o no ir, sino de conocer el lugar concreto donde habría de cumplirse el servicio.

El sorteo constituía así una fase culminante del proceso ritual. Mientras algunos destinos en la península eran recibidos con alivio, otros, especialmente los vinculados a África, generaban inquietud y temor en las familias. La incertidumbre, asumida colectivamente, formaba parte del tránsito a la vida adulta, añadiendo al componente festivo una dimensión de responsabilidad y destino.

En ese contexto el lenguaje no era solo instrumento de comunicación, sino vehículo de identidad. Se hablaba en chinato, sin mediaciones, reforzando la pertenencia al grupo y dotando al ritual de una dimensión profundamente cultural.

Mientras tanto, en las casas, la fiesta ya estaba en marcha. Durante los días previos, madres, tías y vecinas habían trabajado sin descanso en la preparación de dulces tradicionales: rodaj, orejonej, tururilloj, rojquillaj… Tamién cendulzaban loj altamudej, conocioj como chochoj, que con el vino jadían laj migaj de la hojpitaliaj del pueblo. No abía otraj bebiaj arcohólicaj: el vino era la ejtrella de la fiejta, generodo y mu abundante, como lo era la mejma celebradión. En muchaj cadaj ce zacreficaba una cabra pa acegural la comia toitoj loj díaj fejtivoj ¡Que no farte de na a loj quintoj! ¡Que ce jinchen a comel y bebel!, refolzando la folma y el centío de la fejtiviá.

Los quintos, acompañados de sus amigos, recorrían una a una las casas de los mozos implicados. En cada hogar eran recibidos con alegría y agasajados sin medida. Era un ir y venir constante, una circulación de personas, palabras y emociones en la que el habla chinata fluía con naturalidad: bromas, saludos, expresiones de complicidad, frases hechas que todos entendían sin necesidad de explicación. Aquella lengua, nacida de la vida cotidiana, encontraba en estos contextos su máxima expresión.

Al mediodía las familias ofrecían comida abundante para todos los invitados. No faltaban platos contundentes y sabrosos, como el guiso de cabra con patatas, tan propio de la tierra. De postre, el dulzor llegaba en forma de arroz con leche o de sopas de leche, preparadas con leche de cabra y pan, platos humildes pero cargados de tradición. Comer juntos era también una forma de hablar, de compartir, de reforzar vínculos.

La tarde traía consigo otro escenario, las tabernas. Allí continuaba la celebración entre cantares y risas. Las voces, ya templadas por el vino, se alzaban en coplas que con frecuencia derivaban en desafinadas armonías, pero poco importaba. Lo esencial era el acto colectivo de cantar, de expresarse, de reconocerse en el otro. El lenguaje, de nuevo, cumplía una función social profunda, no solo comunicaba, sino que cohesionaba.

Era también en ese momento cuando se producía uno de los gestos más cargados de simbolismo. El padre ofrecía al hijo su primer cigarro, acompañado de palabras que quedaban grabadas para siempre: “Ya erej un ombre, jecho y derecho, ijo”. No era solo una frase. Era una investidura, un reconocimiento público de que el muchacho había cruzado el umbral de la niñez.

La fiesta se prolongaba hasta bien entrada la madrugada. Muchos jóvenes, vencidos por el cansancio y el vino, eran conducidos a sus casas entre risas y complicidad. Nadie reprochaba nada, eran “codaj de hombrej”. La comunidad, en su conjunto, aceptaba y legitimaba ese exceso como parte del rito.

Meses después, cuando se conocían oficialmente los resultados del sorteo, las noticias llegaban al pueblo cargadas de emoción. Aunque la comunicación oficial se hacía a través del Ayuntamiento, quienes tenían medios se desplazaban hasta la ciudad para conocer el resultado en el mismo momento; de ellos se decía que “iban a buscar suerte”. La alegría o la preocupación se repartían según el destino asignado, prolongando así el ciclo emocional iniciado con la talla.

Desde una perspectiva etnológica, la fiesta de los quintos puede entenderse como un auténtico rito de paso, en el que se articulan fases bien definidas: separación, tránsito e incorporación a un nuevo estatus social. En todas ellas el habla chinata actúa como elemento vertebrador, no solo como medio de comunicación, sino como expresión de identidad colectiva, memoria compartida y forma de interpretar el mundo.

Hoy, aunque muchos de aquellos contextos han desaparecido, la tradición no se ha extinguido, sino que ha evolucionado. Uno de los cambios más significativos es la incorporación plena de las mujeres a estas celebraciones. Las fiestas de quintos contemporáneas ya no son exclusivas de los varones, sino que reúnen a todas las personas nacidas en un mismo año, reflejando una transformación social profunda hacia modelos más inclusivos.

Además, el arraigo de estas celebraciones se ha reforzado con encuentros conmemorativos a los 10, 15, 20 o más años, en los que participan tanto hombres como mujeres. Estos reencuentros no solo actualizan los vínculos personales, sino que reactivan la memoria colectiva, manteniendo viva una tradición que, lejos de desaparecer, se adapta y se resignifica.

Así, la fiesta de los quintos sigue siendo, en esencia, un espacio de encuentro entre pasado y presente, entre tradición y cambio. En ella pervive no solo una forma de celebrar, sino también una manera de hablar, de recordar y de entender la vida en común que merece ser reconocida, valorada y preservada.

Celestino García García y Carlos Canelo Barrado

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