Hace unos días el maestro Manuel Benítez Pérez ha cumplido 90 años. El recuerdo es obligado. No me gustan los números en las artes. No me agradan por tanto en el toreo. Pero en ocasiones muestran la realidad y acallan la subjetividad. Hace demasiados años ‘El Cordobés’ se puso el mundo del toreo por montera. Toreó más que nadie en la historia. Me apetece recordarlo pues tuvieron que transcurrir muchos años para que otro matador sumara más paseíllos que él. Las trayectorias de ambos fueron muy distintas. El primero, ‘El Cordobés’, Manuel Benítez Pérez, antes ‘El Palmeño’, ‘El Niño de Palma del Río’, ‘El Niño de las Habas’ y “antes de antes”, ‘El Renco’, me apresuro a afirmarlo con rotundidad, fue y lo es, con ‘Joselito’ (el de Gelves, claro está), Juan Belmonte y Manuel Rodríguez ‘Manolete’, uno de los toreros más importantes de la historia del toreo del siglo XX. No digo que fuese mejor torero que muchos, que lo era, pero sí más importante que casi todos los demás no mencionados. Y, con argumentos subjetivos, puede afirmarse que fue figura del toreo. También uno de los últimos toreros de época. ¿Por qué?
En los tiempos que corren, tras un triunfo efímero en Madrid, más por arrojo y decisión que por otras razones más poderosas, inmediatamente se pone la vitola de figura a cualquier espada que, a fuerza de oírselo a sus mentores, llega a creérselo. Y es que el concepto de figura, como tantos otros, se ha devaluado en el toreo. Yo me apunto a la argumentación expuesta por Guillermo Sureda en su libro sobre Paco Camino. Para ser figura del toreo, insisto que es un concepto discutible, dice el ensayista, que un torero debe atesorar estas condiciones, las cuales sí son objetivas, y que Manuel Benítez reunió:
- Permaneció “en candelero” durante cinco o más años, superando el éxito casual o efímero
- Toreó como mínimo 50 corridas por año. Para el autor, no bastaba estar en activo más de cinco años toreando alrededor de la treintena. Añado yo, como excepción a este hecho, que la cifra a la baja fuese motivada por una decisión propia. Y que el número de las 50 habría que revisarlo en los tiempos posteriores a los de su recorrido taurino
- Cobró honorarios superiores a los de la mayoría de los toreros de su generación. Bastaría, como apuntaba el autor, con que existiera una diferencia notable, aunque no fuese excesiva
- Gozó del favor del público, lo que no necesariamente dependía de la calidad intrínseca de su arte. Ejemplos de esto pudieron ser ‘Frascuelo’, ‘Machaquito’, Vicente Pastor, Marcial Lalanda, ‘Arruza’, ‘Chicuelo II’ o ‘Litri’, por no citar otros más actuales
Las estadísticas ratifican los dos primeros postulados y creo que no es necesario ningún comentario a las mismas. Busquen en las páginas de ‘El Ruedo’ y compruébenlo. La acuñación del ‘kilo’ como unidad de medida de sus honorarios, al ocurrírsele comprobar lo que pesaba el millón de pesetas que cobraba, certifica el tercero de los enunciados. Más subjetivo es demostrar que gozó del favor del público. Creo que del espectador en general, del que sufraga el espectáculo taurino, indudablemente sí. Otra cosa fue el fervor de la crítica y los aficionados más puristas. Pero en Madrid, y es solo una puntualización, cuando Las Ventas era el eje de la fiesta, creo que todavía lo es, con una plaza casi llena de entendidos de verdad, de los que no vociferaban y dejaban torear, en dos tardes consecutivas cortó ocho orejas. ¿Quién más lo ha hecho? Y es que “El Cordobés / -¿lo ves?, / ¿no lo ves? – / no es lo que es, es lo que no ves”. Lo dejó escrito el poeta Gerardo Diego.

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