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Rubén Núñez publica el libro ‘La mora encantada de Cáceres’ sobre la leyenda de la Mora de Mansaborá

Rubén Núñez publica el libro ‘La mora encantada de Cáceres’ sobre la leyenda de la Mora de Mansaborá
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El investigador cacereño Rubén Núñez Quesada ha publicado el libro ‘La mora encantada de Cáceres. Origen, evolución y significado de la leyenda de La Mora de Mansaborá’, un estudio sobre una de las leyendas más conocidas de la ciudad.

La obra analiza el origen y la evolución del relato a partir de más de 20 versiones documentadas. Para ello recopila y compara distintas versiones de la leyenda, desde las primeras fuentes del siglo XIX hasta las publicadas en prensa y blogs, así como las difundidas a través de la música y los testimonios directos. Este trabajo permite documentar los cambios que ha experimentado la historia a lo largo del tiempo y estudiar cómo se ha transmitido.

La investigación incluye un análisis estadístico de la evolución del relato y dos capítulos que contextualizan la leyenda cacereña en el conjunto de las historias de encantadas y mouras de la península ibérica y en el ciclo de las ‘moras de la conquista’.

Uno de los aspectos que aborda el autor es el significado del topónimo Mansaborá, que corresponde al nombre de un callejón desaparecido de la ciudad y no al de la protagonista de la leyenda. Según explica Rubén Núñez Quesada en la obra, la denominación correcta es ‘la mora de Mansaborá’ o ‘la mora de la Mansa Alborada’.

El libro está concebido como un estudio divulgativo sobre el patrimonio y la tradición oral, dirigido tanto a quienes investigan estas materias como a lectores interesados en las leyendas de Cáceres.


Rubén Núñez Quesada es investigador del patrimonio y las tradiciones cacereñas y miembro de Mansaborá Folk. También es autor del blog ‘Cáceres al Detalle’, dedicado a la historia, los símbolos y las leyendas de la ciudad, y del libro ‘Las historias de Cáceres al Detalle: la heráldica como excusa’, publicado en 2026. Hablamos con él para conocer mejor esta nueva publicación.

En mayo presentó ‘Las historias de Cáceres al Detalle: la heráldica como excusa’ y ahora publica un estudio sobre la Mora de Mansaborá. ¿Qué le lleva a centrarse en la historia, los símbolos y las leyendas de Cáceres?
Creo que todo empieza por pura curiosidad, y por haber nacido y vivido en una ciudad en la que es imposible dar un paseo sin tropezarse con algo que pide una explicación: un escudo medio borrado en una fachada, el nombre de una calle que ya nadie sabe qué significa, una canción que los mayores tarareaban sin saber de dónde venía. Yo soy biólogo de formación y, además, profesor de Ciencias, así que tengo la deformación de querer comprobarlo todo. Cuando algo me llama la atención no me conformo con la explicación que circula: quiero ir a la fuente, ver el documento, contar los casos. Esa manera de mirar es la que he aplicado al patrimonio de Cáceres.

Con el tiempo me di cuenta de que lo que más me atrae no son las grandes fechas ni los grandes nombres, sino lo que queda en los márgenes. Los escudos y las leyendas no se hicieron para contar la historia, y por eso la cuentan con una franqueza que no tienen las crónicas oficiales. En ellos aparecen los linajes, los miedos, las ambiciones y las supersticiones de la gente corriente. Además, vivo rodeado de ese material: tengo una biblioteca sobre Cáceres que me enorgullece, y hay días en que creo que no tiene nada que envidiar a la de la propia ciudad. Centrarme en Cáceres no ha sido una decisión estratégica; es que aquí tengo todavía mucho por entender.

¿Qué relación existe entre este nuevo libro y el trabajo de divulgación que desarrolla a través de su blog ‘Cáceres al detalle’?
El blog fue mi escuela. Allí aprendí a escribir para quien no es especialista, que un tema complicado se pueda leer de seguido y con gusto sin renunciar al rigor. Escribo los artículos como un descubrimiento progresivo, dejando pistas poco a poco para que el lector llegue al final con ganas de saber más. El libro de la Mora de Mansaborá es, en el fondo, esa misma manera de contar llevada a una escala mucho mayor y con muchas más exigencias de método.

¿Cómo ha evolucionado su forma de investigar y contar la historia de la ciudad?
Mi forma de investigar ha cambiado mucho. Al principio me bastaba con reunir lo que decían otros autores. Hoy desconfío de cualquier dato que no pueda rastrear hasta una fuente primaria, y he aprendido a decir en voz alta “esto está documentado” y “esto es solo una hipótesis mía”. También he aprendido a no avergonzarme de los límites: hay preguntas para las que simplemente no hay respuesta con los documentos que tenemos, y es más honesto decirlo que rellenarlo. Creo que ese es el cambio más importante: haber pasado de querer tener una respuesta para todo a querer ser fiable en lo que afirmo.

¿Por qué eligió la leyenda de la Mora de Mansaborá para desarrollar una investigación tan exhaustiva?
Porque es mía en un sentido muy íntimo. Mansaborá Folk, el grupo en el que toco y compongo, se llama así porque hace años compusimos un romance, ‘Mora de Mansaborá’, que cuenta esta leyenda. El nombre del grupo salió de la canción, no al revés. Desde entonces he cantado esa historia en muchísimos escenarios, y llega un momento en que uno se pregunta qué hay realmente detrás de lo que canta, de dónde viene, quién la contó primero y qué se le ha ido añadiendo por el camino.

Cuando empecé a buscar descubrí algo que me sorprendió: una leyenda tan conocida en Cáceres casi no había sido estudiada como objeto de investigación. Había versiones, había artículos sueltos, había mucha repetición, pero nadie había puesto todas las versiones juntas para compararlas. Eso me pareció a la vez un reto y una deuda. El libro habla, en cierto modo, de nuestro propio origen como grupo, y por eso lo he escrito con tanto cuidado y con tanto cariño. No quería que fuera solo un estudio; quería que fuera el estudio que la mora merecía.

¿Cuál ha sido el descubrimiento más relevante de la investigación y qué idea extendida sobre esta historia ha tenido que revisar?
Lo más relevante no es un dato aislado, sino una forma de ver la leyenda. Lo normal es que una leyenda se transmita de boca en boca, cambie sin que nadie lo note y llegue a nosotros sin que podamos saber qué cambió ni cuándo. Con la Mora de Mansaborá ocurre algo distinto: casi todos los cambios tienen fecha y, a menudo, autor. Puedo señalar la versión de Publio Hurtado en el siglo XIX, las de mediados del siglo XX, la que se difunde con la intervención del obispo en 1951, la que se populariza con el turismo en los años 70, las de los académicos, la de los directores de museo y, por último, las que circulan por internet. Eso convierte a esta leyenda en un caso paradigmático y, al mismo tiempo, en una anomalía: es un laboratorio en el que se puede ver cómo se construye una tradición.

La idea que he tenido que revisar es la de que lo que hoy se cuenta de la mora sea “lo de siempre”. Mucho de lo que se presenta como antiguo y popular tiene, en realidad, una autoría y una fecha concretas. Y eso no la hace menos hermosa, pero sí obliga a mirarla con otros ojos.

En el libro distingue entre Mansaborá, que es el nombre de un callejón desaparecido, y la protagonista de la historia. ¿Cómo se originó la confusión y qué revela este caso sobre la manera en que se transmiten las leyendas?
En las fuentes más antiguas Mansaborá es siempre un lugar: la calleja donde la mora vive encantada. La protagonista es “la mora de Mansaborá”, nunca “la mora Mansaborá”. Para mí esa distinción es una regla de oro, y en todo el libro la respeto sin excepciones. Con el paso del tiempo, cuando la calleja deja de existir y ya nadie puede pasear por ella, el nombre se queda sin su referencia física. Y entonces ocurre algo muy humano: la memoria, que no soporta los huecos, empieza a tratar ese nombre como si fuera el de una persona. Y el error comienza en la representación de San Jorge de 2009, lo que yo llamo ‘El Caso Cero’ y desde ese momento el error ha sido imparable.

La investigación relaciona la historia cacereña con las leyendas de encantadas y mouras de la península ibérica. ¿Qué elementos comparte con esa tradición y qué rasgos propios ha identificado en la versión de Cáceres?
Comparte el esqueleto de todo ese ciclo: una mujer hermosa encantada, un lugar concreto casi siempre ligado al agua o a pasadizos subterráneos, un tesoro oculto, una noche señalada, que aquí es la de San Juan, y la posibilidad de liberarla si alguien cumple una prueba. En la península hay cientos de relatos con ese patrón, y dedico dos capítulos a situar la leyenda de Cáceres dentro de ellos, tanto en el ciclo de las encantadas como en el de las “moras de la conquista”.

Lo propio de Cáceres está en los detalles. Uno es la gallina de oro con sus polluelos, que he relacionado con el viejo mito de las Pléyades, las siete hermanas convertidas en estrellas, una de ellas más tenue que las otras por haberse enamorado de un mortal. Otro es la llave, que en Cáceres funciona como una prueba de fidelidad invertida respecto a relatos como el de Barba Azul: aquí no es una trampa para ella, sino un derecho que le pertenece. Y el tercero, que a mí me parece el más hermoso, es que la mora es la única figura con verdadera capacidad de decidir dentro del ciclo de la Reconquista. Todo lo demás, el capitán, el dragón, la gallina, son piezas de un mecanismo; ella es la única persona de verdad. Esa idea condicionó incluso las ilustraciones del libro: todo es un juguete o un autómata de hojalata, salvo la mora.

En sus dos libros utiliza elementos del patrimonio local para acercarse a la historia de Cáceres. ¿Cree que los escudos, los símbolos y las leyendas permiten descubrir aspectos del pasado que suelen pasar desapercibidos en los relatos históricos más conocidos?
Rotundamente sí, y creo que es la razón de ser de mi trabajo. Los relatos históricos clásicos se centran en reyes, batallas, tratados y grandes personajes, y está bien que así sea, pero dejan fuera casi todo lo demás. Un escudo, en cambio, nos habla de quién quería presumir, de qué linajes se disputaban un prestigio, de qué animales y símbolos significaban poder o protección. Una leyenda nos habla de lo que la gente temía, deseaba o necesitaba creer. Son documentos que nadie escribió pensando en la historia, y por eso son tan sinceros.

Lo he comprobado con mis propias manos. Cuando empecé a contar los animales de la heráldica cacereña vi patrones que ningún libro mencionaba, y cuando comparé las 20 versiones de la mora vi una evolución que ninguna de ellas, por separado, dejaba intuir. Lo pequeño, mirado con paciencia, acaba mostrando lo grande. Y a mí, además, me gusta que sea así, que la historia de Cáceres no la hayan escrito solo sus grandes nombres.

¿Qué dificultades ha encontrado al diferenciar las versiones documentadas de la leyenda de las interpretaciones o modificaciones incorporadas con el paso del tiempo?
La primera dificultad es que muchas versiones se copian unas a otras sin citar la fuente. Un autor cambia un detalle, o comete un error, y a los 10 años lo repiten otros tres, y a los 30 ya parece una tradición independiente. Para distinguir lo antiguo de lo añadido hay que ir hacia atrás, de cita en cita, hasta dar con la fuente primaria, y eso exige paciencia y, a veces, mucha suerte con los archivos y las hemerotecas.

La segunda es que las versiones recientes mezclan elementos de épocas distintas, y a veces lo hacen con intención literaria, turística o simplemente por gusto. No es un delito, pero complica el análisis. Mi manera de resolverlo fue construir una matriz comparativa en la que cada versión se mide según una serie de rasgos, y trabajar después con ella, incluso con una pequeña estadística. Es el método de un biólogo aplicado a una leyenda, y creo que da una claridad que no se consigue de otro modo. También he procurado no hacer pasar por certeza lo que es una reconstrucción mía.

¿Qué responsabilidad tienen los investigadores y divulgadores al corregir errores que se han extendido en la cultura popular sin despojar a las tradiciones de su carácter vivo?
Creo que la responsabilidad es decir con claridad qué está documentado y qué no, pero sin convertirse en juez de nadie. Corregir no es prohibir. Si alguien quiere seguir contando que la mora se llama Mansaborá, o cantarla de otra manera, o escribir su propia versión, está en su derecho, y de hecho así es como las leyendas sobreviven. Lo que no puede hacerse es presentar como dato histórico algo que es una invención reciente, porque ahí sí se engaña al público.

Yo hablo con conocimiento de causa, porque no soy un espectador: he compuesto y cantado una versión de la mora, he escrito versos sobre ella y mi grupo lleva su nombre. Soy parte de la cadena de transmisión. Por eso no quiero que mi libro la deje convertida en pieza de museo; quiero que quien lo lea sepa de dónde viene la leyenda, pero siga sintiéndose libre de contarla. Una tradición que se conoce bien se puede cuidar mejor, y una que se cuida es una tradición que sigue viva.

¿Qué otras historias, personajes o elementos le gustaría investigar en el futuro?
Tengo más proyectos de los que me da tiempo a hacer. Hay uno que me importa especialmente: el del músico cacereño Germán Liberal Arnelas, un niño prodigio que murió de tuberculosis a los 25 años tras llegar a dirigir una orquesta en México. Le dediqué tres años de investigación, fui en persona al archivo del Conservatorio de Madrid, conseguí su acta de defunción y varias partituras inéditas, y presenté el trabajo en los Coloquios Históricos de Extremadura de Trujillo en 2021. Creo que merece un tratamiento a fondo y no una mención de pasada.

Junto a él hay otros personajes que me fascinan y que la ciudad ha olvidado o ha recordado mal, como Eladia Montesino-Espartero, la primera mujer que voló en España y que vivió en Cáceres hasta los 101 años; o el cardenal Bernardino López de Carvajal, cuya vida real es muchísimo más interesante que la leyenda que lo rodea. Tengo también pendiente profundizar en la heráldica, en concreto en el animalario de los escudos cacereños, y me atrae mucho el mundo de la muerte y sus ritos en Extremadura. Y lo que más me apasiona: aprender a leer los restos, los detalles y los secretos que nos guardan las piedras y que si sabemos mirar, nos cuentan la leyenda de la ciudad. Sobre estos detalles escritos en piedra ya tengo terminado un libro que, espero, pueda publicarse en primavera.

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