Son incontables las películas en las que algún torero aparece como protagonista. Gracias a algunas de ellas hemos podido contemplar faenas que por edad no pudimos en su tiempo. Una de ellas la versión de 1949 de ‘Currito de la Cruz’ y es Pepín Martín Vázquez el que nos hace soñar con su toreo. Y no son demasiados los escritores que han dedicado monografías a este íntima relación del cine y los toros. También es verdad que en los últimos años se han prodigado más. Como siempre el espacio limitado de una colaboración me obliga a elegir.
Coincidiendo con la celebración del XI Festival Internacional del Cine de San Sebastián, el crítico Carlos Fernández Cuenca dio a la imprenta el primer libro que acercaba los mundos del toro y del cine: ‘Toros y toreros en la pantalla’. El mismo apunta que hubo un precedente en Antonio Barbero (1889-1962), crítico también, que realizó dos cortos trabajos pero muy bien ordenados. Uno, con el título ‘Toros y toreros en la pantalla’, se publicó en la revista ‘Espectáculo’. El otro, incluido en la Revista Internacional de Cine, se tituló ‘Introducción a una filmografía taurina’ y formaba parte de una sección dedicada a ‘Los toros en el cine’ en la que también se insertaron sendos trabajos de Luis Gómez Mesa y Mario Verdone.
La obra de Fernández Cuenca está dividida en dos grandes partes. La primera es un ensayo preliminar en el que se repasa el cine taurino a través del mundo; la evolución y los caracteres que definen filmografía taurina; un bosquejo histórico que entrelaza lo taurino y el cine; un capítulo titulado ‘Toreo de burlas’ que habla del toreo cómico y algunos protagonistas cinematográficos de los que forma parte muy especial ‘Cantinflas’; entra de lleno en el tema con un ensayo sobre toreros y actores; se adentra después en los problemas del cine taurino para más adelante justificar la portada de su libro y terminar con una introducción que nos prepara para el recuento y estudio de la filmografía que forma el segundo cuerpo de su obra. En este se incluyen fichas técnicas de películas rodadas entre 1896 y 1963, fecha de su edición, ordenadas cronológicamente con los datos habituales en este tipo de documentación incluida una sinopsis del argumento. El libro cuenta con un índice alfabético de todas las películas para su consulta.
El otro al que quiero hacer referencia, más de nuestros días, se editó en 2004. Es un trabajo de la fotógrafa norteamericana, afincada en España, Muriel Feiner. Su título: ‘¡Torero! Los toros en el cine’. El misterio, el asombro, la sorpresa, el movimiento y el color de la tauromaquia lo capta el cine y la autora nos lo cuenta de manera rigurosa, cierta y amena. Sin darnos cuenta en la introducción de cada capítulo nos devuelve a unos años que para ninguno volverán. Y no sabemos en algunos momentos si nos está recreando lo que vimos en los cines o lo que sentimos y vivimos en las plazas. Lo mezcla todo y el resultado es una visita guiada al pasado y el presente del cine de toros en todas sus facetas.
Con acierto subtitula su trabajo con ‘Los toros en el cine’, reivindicando, no sin razón, que tauromaquia y cinematografía son dos artes complementarias, aunque una con más de dos siglos a sus espaldas y otra que acaba de cumplir sus primeros cien años.
Admitiendo como cierta su aseveración de que se han realizado pocas buenas películas de toros (algo que compartimos) quizás como consecuencia de la gran dependencia del dinero de esta industria, en este libro se da cuenta de las aproximadamente 500 películas de toros que en el tiempo han sido. Sus productores, directores, actrices, actores, toreros que encarnaron personajes de ficción o reales desfilan por las páginas de esta publicación que una vez comenzada su lectura no puede dejarse hasta su final.
La división por capítulos, con un interesante primer paseíllo por la historia del cine mudo, nos hace pasar por diferentes décadas hasta llegar al siglo actual para reafirmarse que las imágenes conservadas de la tauromaquia, el arte más real y al mismo tiempo más efímero, son la única referencia a esos grandes momentos que no pudimos vivir o que tenemos presentes permanentemente en el recuerdo. Tiene también el cuidado trabajo de Muriel Feiner tres cualidades más muy destacables. La primera, la de contar con una abundante bibliografía; la segunda, la de traer a las páginas finales una cuidada filmografía con una ficha completísima de los títulos que en ella figuran; y la tercera, algo que no debería faltar en ningún libro, un completo índice onomástico.
Es un trabajo para aprender, recordar y disfrutar pues también el paseo por su abundante información gráfica lleva la imaginación a tiempos y hechos fijados en nuestra pequeña e íntima historia.
