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Tres relatos para escuchar el habla chinata

Tres relatos para escuchar el habla chinata
Foto: Cedida
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El habla chinata nació y se transmitió durante generaciones mediante la conversación. Vivió en las casas, en el campo, en las calles, en los juegos infantiles y en las historias contadas junto a la lumbre. Su paso a la escritura plantea una dificultad evidente, las letras pueden orientar hacia la pronunciación, pero nunca reproducen por completo el ritmo, la entonación, las pausas, los gestos ni la intención de quien habla.

Los tres textos que siguen permiten acercarse al chinato desde situaciones muy diferentes. El primero acompaña a un aceitunero durante una jornada de invierno. El segundo recrea un cuento transmitido por el abuelo Jacinto Barrao Mateo. El tercero devuelve a la memoria un juego infantil construido con las caras recortadas de las cajas de cerillas.

Cada relato posee su propio ritmo. En uno domina la sucesión rápida de pensamientos y acciones; en otro, la voz pausada del narrador y las preguntas de los niños; en el último, la explicación precisa de unas reglas compartidas. Leídos juntos muestran que el chinato escrito puede expresar trabajo, cansancio, humor, ternura, imaginación y conocimiento comunitario.

Arrecogiendo lajadetunaj

¡Arreee, jarrea!. 

Mia, mia comojta la orilla. Va demual. 

Aparejo la jaca y vamojal colte. Jade recencio. Tiro palante. Yamoj llegao. 

Macompaña la pingurreta. Jecho un bochinche pantral en calol. 

Ce me quean lodojoj encapiruzaoj. Tirititi perrina. 

Pol onde encomienzo. Paqui lo dejamoj ayel de mañana. 

Bareo laj pingollaj y arrecojo del zuelo y lajecho nel zaco. 

Engarrotaoj loj deinoj, no pueo jadel el pupo. Jago una yejca pa calentalme laj manoj y seguil arrecogiendo. 

Zon goldaj ji güenaj y jadran buen adeite. 

Calgo la jaca y moj vamoj pal pueblo y yan lalmazara dejo la calga y moj vamoj pa cada. 

La Ulalia ma jecho zopitaj canaj carreglan el cuelpo. Vamos a la piltra y mañana gorvemoj.

Este primer texto se construye como un pensamiento pronunciado mientras avanza el trabajo. Apenas se detiene para explicar. El hablante observa el tiempo, prepara la caballería, llega al corte, recoge las aceitunas, combate el frío y vuelve al pueblo.

La brevedad de las frases reproduce la sucesión de decisiones de una jornada agrícola:

Aparejo la jaca y vamojal colte.
Tiro palante.
Yamoj llegao.
Pol onde encomienzo.

Las palabras se enlazan porque también se enlazan las acciones. Secuencias como vamojal, macomopaña, lajecho, nel zaco o yan lalmazara muestran cómo la conversación une elementos que la escritura castellana suele mantener separados. No se trata de hablar descuidadamente, sino de una forma natural de economía articulatoria.

Aparecen asimismo numerosos rasgos reconocibles de la pronunciación chinata, como la aspiración o debilitamiento de consonantes finales representado mediante jlaj adetunaj, lodojoj, encapiruzaoj—; los infinitivos terminados en -ljadel, calentalme, seguil—; y formas como zuelo, goldaj, güenaj, adeite o gorvemoj.

La expresión Tirititi, perrina merece atención especial. No se dirige a un animal ni constituye una orden. Funciona como una exclamación ante el frío intenso, próxima a «¡uf, qué frío hace!». La repetición de tirititi evoca corporalmente el tiritar.

El relato contiene además un vocabulario inseparable de la experiencia agrícola: colte, pingurreta, pingollaj, yejca, calga, almazara. Las palabras no aparecen como entradas de un diccionario. Están realizando su función dentro de la faena.

La jornada termina en la casa, con las zopitaj canaj preparadas por Ulalia para recomponer el cuerpo. Después llega la piltra, el descanso necesario antes de empezar de nuevo. En pocas líneas queda recogido el ciclo completo del trabajo, salir, recoger, cargar, llevar la aceituna, alimentarse y dormir.

La loba y el colderino

Aún recuerdo alguno de los cuentos de mi abuelo Jacinto Barrado Mateos, más conocido por tio Jacinto Barrao.

La noche había echado frío de veras. Fuera, el aire bajaba por la calle como un animal sin descanso y hacía temblar las rendijas de la puerta. Dentro, la lumbre daba una claridad colorada sobre las paredes. Los nietos, sentados en el suelo, cerca de la lancha de la lumbre, teníamos las piernas recogidas y los ojos puestos en el abuelo.

El llevaba un poncho y, a veces, un raído cobertol sobre las rodillas. De vez en cuando acercaba las manos al fuego y se quedaba mirando las brasas, como si allí dentro estuviera viendo cosas de mucho antes.

Agüelo —dijo la nieta—, cuéntamoj una de cuando tú eraj chiquinino.

El hombre sonrió despacio.

—¿Una de mieo?

No —respondió el pequeño—. Una de animalej sarvajej.

El abuelo se aclaró la garganta con un bochinche de vino de la bota.

Poj atendel, muchachinoj, quejto pazó una noche mu fría, pallá pol loj canchurrialej de la cierra, majallá de la jedarriba.

Los niños se arrimaron un poco más.

Diden quiba una loba pol un camino, mu flacucha como una caña y con la andolga vacía. Llevaba doj días cin topal na pa comel; no encontrába caza. En la cueva tenía a zuj lobinoj, probeditoj, agualdando que golviera con argo que echalce a la boca.

El fuego chisporroteó.

La loba andaba dejpacino, goliendo el aire, mirando pa to loj laoj. Y de pronto, junto a una mata ceca, ce pelcató dun berrío mu bajino.

Beeee… beeee…

Allí ejtaba un colderino. Sabía peldío del rebaño. Tenía laj pataj cansáj, el pelino enlleno de barro y lodojos asujtaoj. No encontraba a zu maire ni zabía pa onde tiral.

El niño abrió mucho los ojos.

—¿Y la loba ce lo zampó?

El abuelo miró a los nietos y tardó un instante en responder.

Ezo mejmo penzó el colderino. En cuanti vio a la loba, se encorujó contra el zuelo y cerró lodojoj. Creía que ya no iba a vel zalil el zol.

La niña apretó las manos.

—¿Y qué jido?

El abuelo bajó la voz.

La loba ce acelcó. Primero lo golió. Aluego le puzo una pata encima, mu suavino, como jadía una maire cuando vía a zu ijo temblandino.

Y le dijo:

No tengaj mieo, colderino. No te voy a jadel na.

Pero tenía jambre —dijo el nieto pequeño.

Muchijma jambre —contestó el abuelo—. Má jambre que naide. Pero vio al animalito tan chiquinino, tan peldío y tan probedito, que ce le acoldaron zuj lobinoj.

La loba ce jondeó junto al colderino y, con mucho cudiado, le jido que mamara de la zu leche.

El coldero mamó dejpacino en comienzo. Aluego, cuanti cintió el calol, ce arrejuntó máj. La loba lo dejó jacel cin titubeal. Y aquella noche, bajo unaj peñaj, una loba jambrienta dio de comel a un colderino peldío.

Los nietos guardaron silencio.

—¿Y dijpuéj? —preguntó la niña.

Dijpués, cuando clareó, la loba lo llevó jata un prao adonde ce uían otroj colderoj. Allí ce topó con zu maire. La loba se queó ejcondía detráj dunaj retameraj, mirando cómo el pequeño corría jacia zu maire, la borrega paldolga.

—¿Y los lobinoj? —preguntó el niño.

El abuelo movió la cabeza.

La loba golvió pa la zu cueva cin comía. Pero en cuanti llegó, loj lobinoj ce le arrejuntaron y ella loj lamió uno pol uno. Y diden que aquella noche, anque tenía la andolga vacía, dulmió máj tranquila que nunca.

El pequeño se quedó pensando.

—¿Polqué, agüelo, ci tenían mucha jambre?

El abuelo miró las brasas.

Polque ai jambrej que ce quitan comiendo… y otraj que ce quitan jadiendo una coda güena.

La abuela, que había estado escuchando desde la mesa, sonrió sin volver la cabeza.

Anda, yajtá bien de cuento. Toja la cama, que mañana ay que levantalce en cuanti azome el día.

Los niños se pusieron en pie lentamente. Antes de irse, la niña besó al abuelo en la mejilla.

Agüelo.

—¿Qué pada?

La loba era mu güena.

El hombre miró hacia la lumbre.

Era loba, ija. Pero jata loj animalej zaben a vedej lo que a argunaj pelzonaj ce lej orvía.

Y la casa quedó en silencio, con el fuego bajando poco a poco y el cuento guardado ya en la memoria de los niños.

Este segundo relato muestra una forma diferente de presencia del chinato. La voz narrativa en castellano sitúa la escena, mientras el diálogo devuelve la palabra a los personajes. El lector entra poco a poco en una casa donde contar era también enseñar.

La narración oral avanza gracias a las preguntas:

—¿Y la loba ce lo zampó?
—¿Y qué jido?
—¿Y dijpuéj?
—¿Polqué, agüelo?

Los niños no reciben el cuento en silencio. Intervienen, adelantan posibilidades y obligan al abuelo a prolongar el relato. Estas preguntas muestran que la tradición oral era una construcción compartida entre quien contaba y quienes escuchaban.

El texto conserva formas gramaticales de especial interés. La construcción de la zu leche mantiene el artículo delante del posesivo, rasgo con paralelos en las hablas occidentales. Los diminutivos —chiquinino, muchachinoj, lobinoj, colderino, bajino, suavino, temblandino— no expresan únicamente tamaño. Comunican afecto, fragilidad y cercanía.

También se advierte el valor narrativo de palabras como aluego, cuanti, dijpués, en cuanti. Estas formas ordenan el relato, enlazan los acontecimientos y conducen a los oyentes desde la aparición del cordero hasta su regreso junto a la madre.

La historia transmite además una enseñanza sin convertirla en una explicación doctrinal:

Ai jambrej que ce quitan comiendo… y otraj que ce quitan jadiendo una coda güena.

El hambre física de la loba permanece, pero la acción compasiva alivia otra necesidad. El cuento no humaniza ingenuamente al animal, el abuelo recuerda que “era loba”, aunque podía reconocer la vulnerabilidad del cordero.

La frase final amplía la moraleja:

Jata loj animalej zaben a vedej lo que a argunaj pelzonaj ce lej orvía.

El chinato sostiene aquí una reflexión ética completa. No sirve solo para reproducir palabras antiguas o provocar una sonrisa. Puede narrar ternura, sacrificio y responsabilidad.

Cuando una forma de hablar se debilita, no desaparecen únicamente determinadas voces. Se altera también una forma de transmisión cultural. La casa deja de ser el espacio lingüístico que fue durante siglos y muchas expresiones dejan de pasar de una generación a otra.

Jugal a laj vencej

Laj vencej eran laj doj caraj de laj cajaj de cerillaj, la dalante y la datráj. Ce recoltaban con cudiao y queaban doj caltoncinoj chicoj, que pa nodotroj valían máj que muchaj perraj.

Ca muchacho iba gualdando laj zuyaj en paquetinoj, amarráj con un jilillo. Unoj tenían diej; otroj, quince o vente. Y abía quien tenía un buen fajo de vencej, dezaj que abían zalío de cajaj mu bonitaj, con dibujinoj de colorej o letraj que llamaban latención.

Pa jugal, doj muchachoj se ponían junto a una pare. Allí malcaban una ceñal, máj o menoj a lartura de un metro, y dende aquel punto iban zoltando laj vencej, una pol una, ciguiendo el tulno.

La vence caía al zuelo, pegá a la parej, aonde yajtaban laj cabían tirao antej. Abía que tenel buen pulzo y zabel soltallaj en zu punto, cin tirallaj con juelza ni dejallaj cael de cualquiel folma.

Ci una vence caía encima de otra, anque juera zolo uno poquino, el que labía zoltao ce llevaba to laj cabía nel zuelo jatal momento.

—¡La e montao! —didía arguno.

Y el otro, cin enfaalce, cechaba pa un lao y ejperaba aquel juego empezara otra vej.

Acína ce iba ganando o peldiendo. A vedej uno tenía zuelte  y se llevaba un güen puñao. Otraj vedej ce le iban toaj nun ratino y tenía que retiralce polque ya no le queaba ni una.

Naide tenía mala prozapia ni rivaliaj. El que ce queaba cin vencej zabía que, ci tenía una amboa, o ce topaba palli pazu cada un cepo viejo de tabla que le valiera a argún vedino, poía cambiallo pol un paquetino nuevo de vencej.

Toma, zo joío, llévate ejtaj y no andej con laj manoj vacíaj —le didía a vedej argún ombre mayol.

Y el muchacho golvía a la calle con diej o vente vencej nuevaj, dijpuejto a jugal otra vej al día ciguiente.

Polque laj vencej no eran zolo caltoncinoj de cajaj de cerillaj. Eran una riqueza chiquinina, una monea de la infancia y una folma de pasal la talde arrimao a una parej, entre rizotaj, porvo y amiguinoj.

El tercer texto recupera un juego infantil construido con materiales humildes. Las vencej eran las dos caras ilustradas de las cajas de cerillas. Recortadas cuidadosamente, se convertían en fichas, colección, objeto de intercambio y pequeña riqueza.

El relato posee un carácter explicativo. Describe cómo se obtenían las piezas, cómo se guardaban, dónde se trazaba la señal, de qué manera debían soltarse y qué condición permitía ganar:

Ci una vence caía encima de otra, anque juera zolo uno poquino, el que labía zoltao ce llevaba to laj cabía nel zuelo jatal momento.

La construcción condicional organiza una regla completa: si se produce una determinada acción, aparece una consecuencia. El chinato demuestra aquí su capacidad para explicar con precisión.

La terminología del juego también revela un conocimiento compartido: montar una vence, soltalla en zu punto, seguir el tulno, guardar los paquetinoj y volver a reunir piezas cuando se habían perdido todas.

Los niños convertían materiales sin valor económico en una moneda propia. Las cajas bonitas, con dibujos o letras llamativas, podían resultar especialmente apreciadas. La importancia no estaba en el cartón, sino en el uso que la comunidad infantil había creado para él.

El texto recoge asimismo una forma de solidaridad. 

El adulto que decía: Toma, zo joío, llévate ejtaj y no andej con laj manoj vacíaj, utilizaba una expresión aparentemente áspera dentro de un gesto generoso. La intención afectuosa no reside en las palabras consideradas aisladamente, sino en el tono, en la relación y en el hecho de entregar al niño nuevas piezas para que pudiera volver al juego.

El final concentra el significado de la escena. Las vencej eran una riqueza chiquinina, una «monea de la infancia» y una manera de pasar la tarde junto a una pared. En torno a ellas se aprendía a respetar turnos, ganar, perder, intercambiar y volver a empezar.

Algunos rasgos visibles del chinato escrito

Los tres textos poseen contenidos y ritmos diferentes, pero comparten numerosos rasgos de representación escrita.

Uno de los más visibles es el empleo de j para aproximarse a la aspiración o al debilitamiento de la s en posición final: laj, doj, cajaj, animalej, muchachoj, manoj.

También aparece en formas donde la aspiración procede de una h histórica o de otras transformaciones reconocidas por los hablantes: jarrea, jace, jambre, jigo, jata, jondo.

La c y la z permiten representar determinadas realizaciones de la s inicial: ciete, ce, cintió, ciguiente; zopa, zuelo, zabía, zolo.

Los infinitivos terminados en -l constituyen otro rasgo frecuente: jugal, comel, tiral, tenel, calental, seguil, volvel.

En la cadena hablada, varias palabras pueden quedar unidas:

quejto —que esto—;
vamojal —vamos al—;
macompaña —me acompaña—;
lajecho —las echo—;
yajtá —ya está—;
nel —en el—;
dunaj —de unas—.

Estas uniones ayudan a representar el ritmo de la conversación, aunque la escritura cultural debe mantener siempre un equilibrio entre fidelidad y legibilidad.

Aparecen además pérdidas de consonantes intervocálicas: peldío, cansáj, tirao, llegao, queó.

Las formas no son simples cambios de letras. Se integran dentro de una gramática y de una manera de construir el discurso. Los diminutivos en -inomuchachino, colderino, lobino, ratino, paquetino, chiquinino— poseen valores afectivos y encuentran paralelos en otras hablas occidentales.

La repetición de pa, pol, cin, dijpués, aluego, cuanti o acína contribuye también a crear una cadencia reconocible. Son palabras que conectan acciones, ordenan relatos y sitúan a quien escucha.

Tres maneras de organizar la voz

Cada texto enseña algo distinto sobre el ritmo.

En Arrecogiendo lajadetunaj, la voz avanza rápidamente. Las frases son breves porque acompañan decisiones inmediatas: aparejar, caminar, recoger, calentarse, cargar y regresar.

En La loba y el colderino, el ritmo se vuelve lento. El abuelo administra la información, baja la voz, guarda silencio y deja que las preguntas de los niños sostengan la tensión.

En Jugal a laj vencej, la cadencia es explicativa. El narrador necesita ordenar materiales, reglas, turnos y consecuencias para que alguien que no conoció el juego pueda imaginarlo.

La identidad sonora del chinato no depende, por tanto, únicamente de consonantes y vocales. También se encuentra en la manera de acelerar, prolongar, enlazar e interrumpir las palabras.

Escribir para volver a escuchar

La escritura del chinato no pretende competir con la voz. Intenta conservar una parte de ella.

Al leer estos relatos, quienes conocieron el habla pueden reconocer a personas, situaciones y tonos familiares. Quienes nunca la escucharon encuentran señales para aproximarse a su pronunciación y a su estructura.

El texto escrito necesita apoyarse en formas documentadas, en recuerdos contrastados y en construcciones que resulten naturales para los hablantes. Cambiar mecánicamente unas letras por otras produciría una apariencia dialectal, pero no una voz verdadera.

Estos tres relatos muestran precisamente lo contrario. Cada uno nace de una experiencia reconocible: una jornada de aceitunas, un cuento junto a la lumbre y un juego de infancia. Las palabras se encuentran unidas a acciones, objetos y relaciones humanas.

En el chinato escrito todavía se oye al aceitunero que combate el frío, al abuelo que hace esperar a sus nietos antes de responder y al niño que vuelve a la calle con un nuevo paquete de vencej.

Por eso conservar el habla no consiste solamente en reunir vocabulario. También exige proteger las escenas, los ritmos y las formas de transmitir la experiencia.

Las palabras chinatas pueden permanecer sobre el papel, pero alcanzan su sentido completo cuando, al leerlas, una voz vuelve a levantarse dentro de nosotros.

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