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Llorandu a Pasolini

Llorandu a Pasolini
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El pasado 12 de marzo nuestro compañero Roberto Herrero García, artista, investigador y doctor por la Universidad Complutense de Madrid, organizó un taller en el cacereño museo Helga de Alvear dentro de su proyecto ‘Apuntes para una poesía en extremeño. Pasolini y la resistencia al olvido del éxodo rural’, que cuenta con la financiación de la Unión Europea a través de los fondos Next Generation UE, el Ministerio de Cultura y el Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia del Gobierno de España.

Este proyecto había venido desarrollando talleres semejantes en las localidades en las que todavía se pueden escuchar nuestras lenguas propias, como Firrera (Herrera de Alcántara) o La Serraílla (Serradilla), y tenía previsto llevar a cabo futuros encuentros en Os/Us tres lugaris (Eljas, San Martín de Trevejo y Valverde del Fresno), Casalinho (Cedillo) o As Casinhas (Las Casiñas).

Mientras estas actividades se realizaban en ‘el medio rural’ pasaron desapercibidas porque no interesaban en absoluto o no resultaban molestas. Tampoco causó ninguna conmoción que Roberto trabajase sobre estos temas en el Museo Vostell Malpartida, pues se trata de un centro artístico cuya sede se encuentra en un entorno alejado de la urbe. Pero fue anunciar el museo Helga de Alvear la actividad del 12 de marzo y se armó la marimorena.

Personas que se consideran a sí mismas letradas, ilustradas e intelectuales, que presumen de un talante humanista y un carácter universal y dialogante, empezaron a echar espumarajos. Entre otras pudimos leer lindezas como: “almorrana”, “ventosidad”, “analfabetos”, “filofascistas”, “puebleando”, “habla fosilizada”, “barbaridad”, “horterada”, “ridiculez”, “horror”, “despropósito” o propio de gente que se aparea con ovejas.

Personas que se manifiestan a favor de la pluralidad y la diversidad en todos los ámbitos de la vida, pero no en el lingüístico, porque eso es inconcebible. Personas que están a favor de la conservación del patrimonio cultural, sí; pero este patrimonio cultural inmaterial, que es el hilo transmisor de nuestra cultura popular, ese no; ese debe desaparecer y no se debe tolerar ni permitir su conservación.

Como señala Aníbal Martín en referencia a estas actitudes, “una cosa es recordar a Chamizo y poner una sonrisina cuando escuchamos palabrinas encima de un escenario (mientras se mira con condescendencia a los que las emplean) pero otra cosa es permitir que se hablen esas lenguas en el día a día”.

Debe ser que debemos seguir avergonzándonos de quiénes somos. Debe ser que ahora el Museo Vostell y el Helga de Alvear se han convertido en nidos de ignorancia e incultura.

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