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Ars longa, vita brevis (XIII). Ermita de San Benito

Ars longa, vita brevis (XIII). Ermita de San Benito
Foto: Cedida
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Patrimonio olvidado y patrimonio recuperado en la tierra de Cáceres: capillas, oratorios y ermitas

Si queremos conocer la vida, cultura y costumbres de un pueblo o de una comunidad tenemos que aproximarnos a la forma de entender y practicar su religión. La historia no se entiende hoy como una relación de datos, fechas, grandes acontecimientos, etc.; hay que ir más allá y profundizar en la vida, creencias y sentimientos de sus habitantes.

Vamos a presentar un reducido número de ermitas, unas de ellas en deplorable estado de conservación y otras, por el contrario, felizmente restauradas. Hemos visitado no solo las ermitas existentes en la tierra de Cáceres, sino también oratorios o capillas en fincas particulares donde formaron parte de edificaciones castrenses en su mayoría medievales.

Edificios en lamentable estado de conservación
Capilla de la Casa de los Arrogatos
Capilla de la Casa de las Corchuelas
Capilla de la Casa de La Calera
Ermita de San Jorge
Ermita de Santiago de Bencáliz
Ermita de Nuestra Señora de la Esclarecida de Zamarrillas
Ermita de San Vito de Cáceres
Ermita del Humilladero

Edificios restaurados
Ermita de la Casa Hijada de Vaca
Capilla de la Casa de los Arenales
Ermita de Santa Ana de Cáceres
Ermita de Nuestra Señora de Gracia de Arguijuelas de Abajo

Ermita de San Benito de Cáceres

Se construyó junto a los restos de un antiguo convento benedictino situado en el cerro de San Benito, a 5 kilómetros de la ciudad. Algunos autores locales consideran que esta ermita tiene su origen en el siglo VII, habiendo encontrado en ella restos visigodos, al presentar dicha ermita disposiciones muy características de los primitivos conventos que fundaron los monjes benedictinos en el Occidente. Esta ermita y convento correspondió a la jurisdicción de la parroquia de San Mateo hasta que el 3 junio de 1886 se construyó el templo de San Eugenio, en Aldea Moret.

Encontramos las referencias documentales más antiguas sobre la ermita de San Benito en 1544, en el contrato de asiento y concierto con el pintor Francisco de Hermosa de un retablo para la ermita. Otra referencia la encontramos en 1556, en una escritura que concierta Pedro Gómez ante Benito Fernández el 27 octubre. Otra referencia documental corresponde a 1621, concretamente en las ordenanzas de una cofradía que tenía su sede en la iglesia de San Mateo. Y otra en las obras realizadas en la ermita y la hospedería para enfermos en 1764.

Las dependencias anexas a la ermita sirvieron de hospedería; el 12 julio de 1872, en un Auto del Secretario de Cámara del Obispado, se aprobaron las cuentas de las obras realizadas en la ermita y se establecen las reglas para el alquiler y la conservación de la hospedería.1

En 1872 ya no existía ninguna cofradía y esta ermita era llevada por el párroco de San Mateo. En una carta escrita por el Secretario de Cámara y Gobierno del Obispado de Coria, fechada el 1 de marzo y dirigida al cura párroco de la iglesia de San Mateo, se especifica que se ha extinguido la cofradía y se autoriza al cura párroco para la venta de bienes muebles (cálices y otros objetos) propiedad de la Cofradía para sus reparaciones.

Los restos de la hospedería se encontraban ya en ruinas cuando Publio Hurtado visitó esta ermita en los primeros años del siglo XX. En 1935, en la visita que realiza Tomás Martín Gil a varias ermitas situadas en los alrededores de la capital cacereña, encuentra esta ermita de San Benito en deplorable estado ruinoso. De los bienes muebles existentes en la ermita, el investigador Alonso Corrales considera que la imagen de San Benito, obra del siglo XVI, es la que se conserva actualmente en San Eugenio; la imagen de siglo XVII de San Donato y la de San Benito (obra de finales del siglo XV), llamado ‘El Viejo’, que se encontraba llena de carcoma y xilófagos, optaron por quemarla y enterrar las cenizas en un lugar sin señalizar.

Es importante no confundir la ermita de San Benito que se encontraba en el campo a 5 kilómetros de la ciudad con otra ermita existente en la plaza mayor, en el lugar en el que se construyó la ermita de la Paz; concretamente algunos documentos hacen referencia a la existencia de esta ermita de San Benito y la sitúan, ya de por sí, en la plaza.

Es una construcción de mampostería. Se accede al interior por una puerta un arco apuntado, a los pies de la ermita, uno de los pocos restos que quedan de la edificación original; hemos de destacar a los pies de ella una sencilla espadaña con un vano de medio punto. En los laterales y en el frente de la ermita destaca un pórtico con arcos paneles sobre columnas graníticas. En la zona oriental se conservan los restos de celdas y otras dependencias del convento; tanto estos restos como la mayor parte de la ermita son obra del siglo XVIII. Debió de contar con bienes muebles de estimado valor artístico; de hecho, algunos autores que visitaron esta ermita conocieron obras de calidad, como una imagen de San Benito de tamaño natural y una tabla que representaba Santa Lucía y que según Sanguino era del siglo XV, la misma tabla de la que hace referencia Publio Hurtado en su libro ‘Ayuntamiento y familias cacerenses’.

En su interior presenta tres naves de tres tramos separados por arcos apuntados sobre pilares cuadrados. La nave central se cubre con bóveda de cañón con lunetos, y las naves laterales se cubrirían con estructura de madera, que ha desaparecido. El presbiterio mantiene su bóveda de crucería; existió un retablo que fue contratado el 20 de julio de 1544 con Francisco de Hermosa, pintor vecino de Garrovillas (“en que yo el dho Francisco de Hermosa aya de hazer e haga un rretablo a la dha yglesia de señor San Bº questá en el canpo de diez e seys pies del altar… e se ancho de diez e seys palmos de tercias de vara en manera que venga en proporción de la capylla principal questá en la dha yglesia el que en medio del dho rretablo a de aver un tabernáculo en questé la ymagen de Sant Bº que agora esta en la dha iglesia… e yo… tengo de pintar la dha ymagen, el qual dicho rretablo a detener ocho tableros… e en el banco primero a detener tres ymagenes de nro señor Ixpto la primera puesto en la columna e el segundo en el sepulcro e el tercero la Cruz a cuestas en los segundos tableros a los lados del tabernáculo tengo de poner la ymagen de San Pº e la de Sant Juª Baptysta en los tableros de arriba tengo de poner la salutación e nascimyº e reyes… e lo tengo de dar puesto e asentado el día de Sant Myguel del mes de setiembre del año venidero de myll e quisº e cuarenta e cinco años e me aveys de dar e pagar por el dho rretablo sesenta myll maravedís”.

Ars longa, vita brevis (XIII). Ermita de San Benito
Fotos: Cedidas

Se conservan a su interior algunas pinturas murales al fresco, con las representaciones de la Estigmatización de San Francisco, Llanto ante Cristo muerto y San Cristóbal con el Niño Jesús; en el presbiterio se conservan algunos fragmentos de pinturas con la representación de la Ascensión del Señor y un rostro irreconocible; son pinturas de finales del siglo XVI. En el ábside se encuentra la Ascensión del Señor y un rostro que no hemos podido averiguar su representación. Se conservan las pinturas de la nave de la epístola en cuyo frente se encuentran el Llanto ante Cristo muerto y San Cristóbal, y haciendo ángulo la Estigmatización de San Francisco. Se encuentran en muy mal estado de conservación algunos restos de pintura en la nave derecha. La pintura que representa la Ascensión del Señor fue descubierta en 1917 cuando se quitó el retablo que estaba adosado al ábside; representa el momento en el que Jesús regresa al cielo con su Padre después de cumplir su misión en la Tierra, Antes de ascender dijo a sus discípulos: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, Judea, Samaría y hasta el confín del mundo”, según el Evangelio de San Mateo (28,19-20).

Se nos representa en esta pintura al Señor de una manera muy característica a este tipo de representaciones ejecutadas en la segunda mitad del siglo XVI, con armadura muy ajustada al torso, el manto sobrepuesto, calzado militar y las correas que protegen a Cristo como simbolizando la Justicia. La representación aparece enmarcada en un espacio interior por columnas y un arco, propio del Renacimiento. El Señor porta en la mano izquierda el libro como tributo que simboliza la Ley (es el libro sagrado en donde constan las profecías que Jesús ha venido a realizar) y la bandera en la derecha, simbolizando la victoria, a la figura gloriosa como se representa al Señor, como la piedra angular donde se basa la fe del cristiano. La Ascensión es un momento más del único misterio pascual de la muerte y resurrección de Jesucristo, y expresa sobre todo la dimensión de exaltación y glorificación de la naturaleza humana de Jesús como contrapunto a la humillación padecida en la pasión, muerte y sepultura.

En la nave de la Epístola se conserva la representación del Llanto ante Cristo muerto, uno de los momentos más trágicos de la Pasión de Cristo, puesto que es el momento en el, que tras morir, la Madre abraza a su hijo. Por ello son visibles en los personajes gestos declamatorios y gesticulantes, representa inevitablemente el drama. Estéticamente observamos unos paños con plegados lineales de aristas vivas, pero sin profundas oquedades que concentren un claroscuro en las superficies. La cabellera de Cristo es filamentosa, aparentemente como mojada. La escena presenta una composición muy consistente, basada en la presentación de las figuras en primer término, donde yace el cuerpo de Cristo, con un elemento central que marca la composición que es la cruz, que media para que las figuras se presenten de gran volumen en sus formas y distribución. Pero también es de destacar la individualización de los personajes, que toman expresiones particulares, dando a entender el verdadero sentimiento de la obra, el dolor ante el Cristo muerto. Todas ellas llevan reflejados en sus rostros el dolor y la pena, con lo que se hace más accesible al espectador el entendimiento de la obra. Aparecen en la escena José de Arimatea, que sostiene el cuerpo de Cristo; Nicodemo junto a otro personaje con la corona de espinas en las manos; la Virgen recibe el cuerpo de su Hijo en sus brazos, destrozada por el dolor; también están presentes en la escena en una disposición diagonal San Juan, que está llorando, María Magdalena a los pies de Cristo y María de Cleofás, intermedia entre la Virgen y San Juan. Destaca la naturalidad y el reflejo realista de los personajes. Incluso las fórmulas de los vestidos de los protagonistas responden a las posturas y cortos movimientos de sus cuerpos. A la disolución de la forma, el ilusionismo, la propia emotividad de la pintura se unen el color y la pincelada como una operación intelectual, basada en una abstracción que es la línea, que divide y señala contornos. El color, por el contrario, persigue objetivos emocionales, evocativos y no divide, sino que unifica, creando efectos atmosféricos.

Esta composición logra dejar atrás las versiones idealizadas propias de estilos anteriores para dar paso a una representación realista y humanizada de los personajes sagrados: María llora desconsolada sobre el cuerpo de Cristo, y San Juan muestra su dolor impotente. Todos los personajes transmiten un gran sentimiento de dolor mediante sus expresiones. Las figuras adquieren volumen en sus formas y distribución, enmarcadas en un ambiente renacentista con un arco sobre dos columnas marmóreas. Una de las características que se le deben a este artista anónimo es la utilización y sentido del color en la pintura, jugando con tonos más suaves y más destacados como el rojo y lo utiliza como efecto de la luz natural.

La imagen de San Cristóbal que aparece también en este mismo muro se encuentra en muy mal estado de conservación, representada aquí en su actitud de portador de Cristo, este como un niño pequeño, asentado sobre el hombro de San Cristóbal, que, según la leyenda, atravesaba un río con los peregrinos al hombro. San Cristóbal es uno de los santos más populares, y sin embargo apenas se conoce sobre su vida y su muerte.

Una leyenda nos dice que había un rey incrédulo (oriundo quizás de Caná), quien aunque ignoraba la plegaria de su mujer a la Santísima Virgen tuvo un hijo y le llamó Offero, consagrándolo a dioses paganos. Con el tiempo Offero fue adquiriendo extraordinaria estatura y fuerza, y decidió servir solo al más fuerte y al más bravo. Sirvió a un rey poderoso y más tarde a Satanás, pero descubrió que ambos carecían de coraje. Durante algún tiempo Offero buscó nueva forma de servir; al fin encontró a un ermitaño, quien le habló de ofrecer su fortaleza a Cristo. Él le instruyó en la fe y lo bautizó con el nombre de Cristóbal (el portador de Cristo), y a partir de ese momento no solo se dedicaría al ayuno y a la oración, sino que voluntariamente aceptó el oficio de transportar a las personas sobre sus hombros de un lado al otro de un río caudaloso. Cristóbal había transportado al que llevaba sobre su espalda los pecados del mundo. Esto excitó la ira del prefecto de la región, Dagnus de Samos, en Licia. El santo fue encarcelado y después de crueles suplicios fue decapitado.

San Cristóbal, popularísimo gigantón que antaño podía verse con su barba y su cayado en todas las puertas de las ciudades; era creencia común que bastaba mirar su imagen para que el viajero se viese libre de todo peligro durante aquel día. Hoy que se suele viajar en coche los automovilistas piadosos llevan una medalla de san Cristóbal junto al volante.

Con la historia en la mano poco puede decirse de él, como mucho que quizá fue un mártir de Asia menor a quien ya se rendía culto en el Siglo V. Su nombre griego, ‘el portador de Cristo’, es enigmático, y se empareja con una de las leyendas más bellas y significativas de toda la tradición cristiana. Nos lo pintan como un hombre muy apuesto de estatura colosal, con gran fuerza física, y tan orgulloso que no se conformaba con servir a amos que no fueran dignos de él. Se lanza a los caminos y termina por apostarse junto al vado de un río por donde pasan incontables viajeros a los que él lleva hasta la otra orilla a cambio de unas monedas. Nadie le da razón del hombre muerto en la cruz que aterroriza al Diablo. Hasta que un día cruza la corriente cargado con un insignificante niño a quien no se molesta en preguntar; ¿qué va a saber aquella frágil criatura? A mitad del río su peso se hace insoportable y solo a costa de enormes esfuerzos consigue llegar a la orilla; Cristóbal llevaba a hombros más que el universo entero, al mismo Dios que lo creó y redimió. Por fin había encontrado a Aquél a quien buscaba. “¿Quién eres, niño, que me pesabas tanto que parecía que transportaba el mundo entero?”. “Tienes razón, le dijo el Niño. Peso más que el mundo entero, pues soy el creador del mundo. Yo soy Cristo. Me buscabas y me has encontrado. Desde ahora te llamarás Cristóforo, Cristóbal, el portador de Cristo. A cualquiera que ayudes a pasar el río, me ayudas a mí”.

Cristóbal fue bautizado en Antioquía. Se dirigió sin demora a predicar a Licia y a Samos. Allí fue encarcelado por el rey Dagón, que estaba a las órdenes del emperador Decio. Resistió a los halagos de Dagón para que se retractara. Dagón le envió dos cortesanas, Niceta y Aquilina, para seducirlo. Pero fueron ganadas por Cristóbal y murieron mártires. Después de varios intentos de tortura ordenó degollarlo. Según Gualterio de Espira, la nación Siria y el mismo Dagón se convirtieron a Cristo. San Cristóbal es un santo muy popular; los creyentes, para simbolizar su fortaleza, su amor a Cristo y la excelencia de sus virtudes, le representaron de gran corpulencia, con Jesús sobre los hombros y con un árbol lleno de hojas por báculo.

En un ángulo se encuentra la representación de la Estigmatización de San Francisco, que el artista nos ofrece en éxtasis, pálido, joven e imberbe y con la tonsura monacal. Aparece vestido con el hábito de los franciscanos, con las llagas en las manos, en los pies, no aparece la llaga en el costado como es frecuente en otras representaciones pictóricas. Aparece el serafín, del cual parten los estigmas y al que dirige su mirada San Francisco, corresponde al ángel y el cáliz que aparecen a Jesucristo en la Oración en el Huerto. Curiosamente aparece otro hermano franciscano dormido, que se corresponde con los tres apóstoles que estaban en el Huerto de los Olivos.

Este grandioso edificio, con unas dimensiones de cerca de 20 metros de largo por 14 de ancho, con tres naves y distintas estancias a su alrededor, situada en la actual urbanización Ceres Golf, ha sido restaurado; los trabajos han sido llevados a cabo por la Escuela Taller. El proceso de restauración comenzó en 2007 y culminó en 2010, siendo inaugurada el 22 de junio. Actualmente pertenece a la parroquia de San Eugenio de Aldea Moret. La obra ha sido llevada a cabo por los 145 alumnos de entre 16 y 25 años que han aprendido y desempeñado trabajos de albañilería, acabados de construcción, cantería, carpintería y jardinería dentro de este programa dirigido por la Universidad Popular de Cáceres y cofinanciado por la Consejería de Igualdad y Empleo a través del Fondo Social Europeo y del Sexpe con 2.189.201,24 euros; por el Ayuntamiento con 178.941,45 euros; y la empresa Progemisa con 12.000 euros. Además de la formación específica los alumnos han recibido en este tiempo formación complementaria: educación básica, habilidades sociales, y contenidos formativos transversales; y una serie de cursos monográficos sobre prevención de riesgos laborales, dibujo técnico, informática, nociones de arqueología, rehabilitación y restauración y han percibido una beca mensual durante la duración del trabajo.

1 Archivo de la iglesia parroquial de San Mateo, legajo 11, número 12.

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