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El hombre y las caracolas

El hombre y las caracolas
Foto: Amparo García Iglesias
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Cada cierto tiempo Mo, un hombre de mediana edad, visitaba la cocina de un concurrido restaurante de mariscos. No siempre iba a comer, sino a charlar un rato con el chef y, de paso, recordarle que le guardara las caracolas vacías que los comensales dejaban en los platos. Mo aceptaba todas con gratitud: las grandes, las pequeñas, las que venían intactas y aquellas que los cubiertos habían agrietado. El dueño, tras un año de guardarle las caracolas, no pudo contener su curiosidad y le preguntó:

—Mo, entiendo que utilices las caracolas para tu colección, pero he observado que te llevas todas, incluso las que están rotas.

Mo le contestó: —Estas caracolas ya alimentaron a un ser humano; comprendo que, para vosotros, tras finalizar una cena, ya no tienen ningún valor, cumplieron su función y su último destino es ir a la basura. Para mí, sin embargo, es el principio de una obra de arte. Su primera vida ya terminó. Si yo las desecho por tener marcas o estar rotas estaría aceptando que su historia ha concluido. No rechacé ninguna caracola porque sé que, con un poco de cuidado, cada una de sus marcas contará una historia de transformación.

Tras la exposición de su obra una mujer quedó maravillada y felicitó a Mo por su trabajo. Ella no vio ‘desechos’, sino el valor oculto de cada pieza. Mo, agradecido por su sensibilidad, le regaló un obsequio especial, una caracola que él mismo había restaurado y pintado meticulosamente con un deslumbrante esmalte dorado.

Al depositarla en sus manos le dijo: —Recuerde que estas caracolas pasaron por la oscuridad del océano, el fuego de la cocina y el desgaste del servicio. Esta caracola dorada estuvo un día tan rota y manchada como las demás; solo necesitó tiempo, paciencia y alguien que creyera en su potencial. Todos albergamos la misma capacidad: la de transformar el pasado en nuestra mayor fortaleza.

La mujer sostuvo la caracola dorada comprendiendo que, en nuestro viaje de crecimiento personal, a menudo cargamos con sacos llenos de experiencias difíciles, cicatrices y dudas sobre nuestro propio valor. La lección que aprendió es que nunca deberíamos asumir que estamos rotos; solo estamos listos para nuestra siguiente etapa. El pasado es un lienzo perfecto para reconstruirnos y transformarnos en una versión más valiosa y luminosa.

Todos llevamos dentro una caracola dorada como símbolo de resiliencia y reinvención interior, siendo un recordatorio de que todo lo que se rompe puede volver a brillar, incluso con más fuerza.

Esta parábola conlleva un mensaje hacia la generosidad, el reconocimiento del valor en los demás y a cómo el crecimiento personal florece cuando experimentamos nuestra propia transformación.

Quiero dedicar esta pequeña reflexión a un amante de la escultura, Manuel Vega Recio; sin él no hubiera podido llegar este artículo a los lectores.

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