Carolina Barrera
La trayectoria de Gabi Martínez está estrechamente vinculada a la escritura, pero también a un entorno familiar en el que la cultura, el arte y el contacto con el territorio estuvieron muy presentes desde su infancia. Hijo de un pintor con inquietudes culturales y de una mujer vinculada a una familia de pastores de La Siberia extremeña, creció entre referencias artísticas y una relación cercana con el mundo rural. Esa combinación despertó en él un temprano interés por comprender y contar lo que ocurría a su alrededor.
Aunque su vocación inicial estaba ligada a la literatura, encontró en el periodismo una vía para formarse como escritor y aprender a contar historias. Su recorrido profesional le ha llevado posteriormente a desarrollar una amplia obra literaria en la que los viajes, la naturaleza, los animales y la relación entre el ser humano y su entorno ocupan un lugar destacado.

¿Cómo era de niño y qué recuerdo de aquella época conserva con más cariño?
Era más bien tímido y jugaba mucho al fútbol; se me daba bien y eso me permitía socializar. Era responsable y discreto, siempre he estado como fuera del foco, pero cuidando de mis amigos. También tenía muchas ganas de descubrir. Tenía mi familia una casita donde nos íbamos los fines de semana y las vacaciones, y creo que allí construí una mirada muy particular sobre la naturaleza; estábamos rodeados de avellaneros, de pinos, con perros y animales sueltos. Vivir en la naturaleza tres meses cada verano educó mi mirada y mi sensibilidad hacia todo lo que tiene que ver con lo humano.
De aquella época recuerdo la playa; cuando mi abuelo vendió esa casa mis padres encontraron un apartamento que alquilábamos cada verano, y recuerdo con mucho placer las largas tardes de verano con los amigos, bañándote y mirando al mar. Me encantaría recuperar esa capacidad de encontrar el paso del tiempo, incluso de niño, observando las olas con tranquilidad.
¿Qué personas de su familia o de su entorno influyeron más en su forma de mirar el mundo?
Mis padres, sin duda; los dos. También algunos profesores singulares y muy apasionados, uno muy rudo de Historia y otro cosmopolita de Física y Química. Más adelante, Las mujeres con las que he vivido han sido determinantes: me ayudaron a desarrollar una mirada que no era tan masculina como con la que había crecido; atemperaron esa masculinidad y esa habilidad abrumadora y me enseñaron a mirar con más equilibrio. Y luego las escritoras y los escritores que me han impresionado, como la prosa deslumbrante de Francisco Umbral, la ironía de Josep Pla, la vanguardia de Hal Foster y la naturaleza de Annie Dillard, o muchos escritores que escriben ahora sobre la naturaleza.
¿Qué leía de niño y adolescente? ¿Recuerda algún libro que le marcara especialmente?
Los cómics que me traía mi padre los sábados: Las aventuras de Tintín, Asterix y Obelix, Mortadelo y Filemón… Cuando fui mayor, ‘Cartas de Italia’ de Jorge Pla es una maravilla del género de viajes, ‘Corazón tan blanco’ de Javier Marías, o ‘Una temporada en Tinker Creek’ de Annie Dillard. Y últimamente lo que tiene que ver con lo animal, como ‘El tigre’ de John Vaillant.
¿Cuándo empezó a sentir que escribir podía ser algo más que una afición?
Siempre supe que quería escribir, y por eso me matriculé en Periodismo, por suerte fue una vocación temprana. Cuando empecé a escribir libros descarté los tres primeros; eran muy malos, pero me sirvieron para saber cómo quería contar las cosas. Luego escribí cinco libros, los que me incluyeron en las vanguardias literarias españolas, en la generación Nocilla. Pero todavía no me reconocía como escritor, pensaba que aún me faltaba para dar lo que yo había recibido de los grandes escritores que me habían impresionado. A partir del quinto libro digamos que me reconocí, ya había un estilo, una potencia literaria, y desde entonces ya me identifico como escritor.

¿Qué le aportó el periodismo en sus primeros años?
Me aporta método, amplitud, conocimiento de muchas realidades diferentes. También me dio las experiencias en primera persona que, al escribir, te permiten sentir de una forma directa eso que estás escribiendo. Me dio un conocimiento del mundo y me ayudó también a romper barreras, porque al principio era muy tímido y el periodismo me obligaba a locutar y a hacer preguntas. Me enseñó a preguntar y me enseñó a escuchar.
Su trayectoria le ha llevado por caminos muy distintos. ¿Sería capaz de definirse?
Diría que soy alguien curioso que ha buscado la forma de satisfacer su curiosidad, y quizá la mejor forma de hacerlo sea escribir. Pero no en el sentido de alguien que se encierra en un sitio y se pasa horas y horas escribiendo; también viajo y además de escribir exploro físicamente los espacios sobre los que escribo, así que también diría explorador.
¿Qué le lleva a salir de su entorno y acercarse a otras formas de vida?
Esa curiosidad y ese deseo de saber me llevaron al Periodismo y a hacer preguntas. Siempre me ha interesado encontrar respuesta a las preguntas trascendentales que nos hacemos: ¿Quién soy? ¿Por qué estoy aquí? ¿Cómo es el mundo? ¿Cómo es la vida? Siempre he creído que una buena forma de responder a eso es escribir los pensamientos que te sugieren tus experiencias y lo que vas viendo, así que en la escritura he encontrado la forma de ordenar todo mi conocimiento.

¿Cómo transforma una experiencia vivida en una historia que pueda interesar también a quienes no la han vivido?
Para escribir hay que haber leído mucho. Y si lees mucho, con cuidado y con atención, las palabras, el ritmo, la atmósfera te van empapando, de forma que, cuando vas a escribir, todo eso lo tienes incorporado y fluye solo. Es muy difícil explicar cómo escribe cada uno, pero al escribir algo de forma directa se trata de transmitirlo desde la emoción y los detalles. Y lo que tenga que ver con la atmósfera va a depender de cómo seas como individuo y de lo que hayas aprendido: los ritmos y las palabras adecuadas para cada momento. Escribir es intentar comunicar y luego a cada uno le sale como le sale.
La historia de su madre está ligada a La Siberia extremeña. ¿Qué significa para usted ese vínculo familiar y qué ha descubierto sobre su propia historia al acercarse a él?
Mi madre ha sido quien ha formado buena parte de mi forma de mirar al mundo, la que me ha dado los valores, la que me ha enseñado a respetar, la que ha construido mi ética. Precisamente por eso fui a la tierra donde ella creció, para intentar replicar el paisaje en el que ella había vivido; me mudé a un refugio de pastores para vivir con 400 ovejas, porque mi abuelo era pastor. Busqué quién me sostiene, a quién sigo teniendo como estrella, como guía, y allí estaba mi madre. También mi padre, pero en este caso mi madre había crecido en la naturaleza, me hablaba de eso, y yo quería escribir sobre aquello. Pensé que su guía y lo que había construido su carácter era la vida en el campo; intenté vivir de una manera lo más parecida a lo que ella había vivido, eso sí, con unas condiciones muy distintas porque yo era un hombre de más de 40 años, pero quise entender cómo había construido su ética.
¿Qué aprendió durante aquella experiencia sobre el trabajo, el tiempo y la relación con la naturaleza?
El tiempo te permite entrar en eso que podríamos llamar ser humano. Existe el tiempo profundo, que es lo que ha ocurrido hace millones de años y cómo afecta a lo actual; pero nosotros también tenemos una especie de tiempo profundo del que estamos muy despegados por la aceleración descomunal que se ha dado desde la aparición de las tecnologías. De repente, detenerte y vivir de acuerdo con lo que nos viene del tiempo profundo te hace entender mejor el contexto, la vida. Eso fue un gran aprendizaje en la relación con el tiempo.
Creo que dos grandes aprendizajes fueron la paciencia y los sustantivos; y también escribir con otra calma. No es lo mismo ir a un sitio, pasar unos días y contar lo que has intuido, que establecerte en un lugar, pasar tiempo, y escribir sobre eso, porque exige una responsabilidad diferente. Justamente el libro ‘Un cambio de verdad’ es enfrentarme a palabras a las que hasta entonces había tenido un respeto quizá exagerado, con las que no me había atrevido a tener una relación tan directa, como ‘madre’, ‘naturaleza’ o ‘España’, por ejemplo.
¿Cómo se planteó ese viaje a La Siberia, qué esperaba encontrar?
Antes de ir a La Siberia ya había viajado por todo el mundo; tengo libros sobre China, Australia, Sudán, Nueva Zelanda, el Nilo… Los prejuicios te ponen en guardia en ciertos momentos, pero tampoco hay que hacerles mucho caso. Es inevitable viajar con prejuicios, porque crecemos con una educación determinada; lo importante es tener flexibilidad para modificarlos o dejarlos atrás. Cuando llego a un lugar me guío por lo que encuentro en el presente, por cómo actúa la gente, ver cómo es el espacio y no ir con demasiadas ideas preconcebidas. En el caso de La Siberia además iba con la introducción de mi madre; antes de viajar la entrevisté, quedamos a menudo y le preguntaba cómo había sido su vida; llegué con ese contexto que ya me había dado y con el recuerdo que tenía cuando viajé allí por última vez, cuando tenía 13 años.

¿Cómo nació Siberiana y qué esperaba que ocurriera en Tamurejo cuando imaginaron la primera edición?
Esa historia es muy bonita porque viene de cómo un libro puede afectar a la vida real. Hice una gran amistad con Miguel Cabello, ganadero de oveja negra criada en ecológico; con Álvaro Sánchez, que llevaba un camping; con la alcaldesa de Tamurejo… Además, organizamos una caravana, caminando varios días con las ovejas negras con directores de cine como Agustín Villalonga, con Carla Berrocal, con Carla Boserman, con artistas como Gema Rugaeta, y conseguimos uno de los logros más hermosos, juntando artistas con animales. Quedó en el aire la posibilidad de hacer un festival de ‘Liternatura’ en el pueblo, un gran desafío porque era un pueblo de 200 habitantes, un festival que trajera algunos de los escritores de literatura más señalados del país. Decidimos intentarlo, aunque llegó la pandemia; pero la alcaldesa se lo propuso y nos convertimos en el primer acto cultural que se realizaba al aire libre en Extremadura después de la pandemia; recuerdo los espacios vacíos de metro y medio, y la gente con mascarillas, pero con Miguel Delibes en la tarima. Fue algo muy bonito, y la gente apreció que realmente valía la pena, porque ya vamos por siete ediciones. Nuestro propósito era reflejar que si se unen la literatura y el cuidado de la naturaleza pueden proyectar su voz más lejos de eso que algunos han llamado ‘la España vaciada’ y ayudar a que esa España se active y no desaparezca.
¿Qué ha cambiado en Siberiana desde entonces y qué le gustaría que siguiera siendo esencial?
Hemos tenido que desplazarnos a otra plaza, hemos ganado público, hemos conseguido que sean los propios escritores los que se interesen por el festival y que no tengamos ni siquiera que ir a buscarlos. Hemos añadido puestos donde se venden productos locales, se han trenzado alianzas estupendas. El próximo año seguramente se inaugurará una casa rural que es un producto directo de haber convertido a Tamurejo en un referente cultural de la región.
Ese espíritu es esencial. Me gustaría que no sea un festival masivo, que tiene su medida. Me gustaría que no creciera más de la cuenta, sino mantenerlo en la dimensión que ahora está, que creo que es la ideal para conseguir que todo el mundo disfrute, desde el público hasta los participantes.
También me gustaría mejorar las infraestructuras para gente que se pueda quedar a dormir cerca de Tamurejo, o incluso crear una zona como medio de acampada para los dos días del festival, porque a veces eso es complicado. Me gustaría que los periodistas vinieran, porque muchas veces lo cubren a distancia y cuando vienen descubren que es algo diferente; no es un festival como los demás, y después les surge el deseo de repetir.

¿Qué aporta Tamurejo y sus habitantes a un festival literario que sería difícil encontrar en una gran ciudad?
De entrada un paisaje absolutamente distinto; tenemos una dehesa impresionante, unos cielos en los que puedes contemplar la Vía Láctea por las noches, una proximidad con los artistas que tampoco es fácil de conseguir en otros festivales; y una sensación de proximidad no solamente con los artistas sino con el propio paisaje que tampoco es habitual. Muchos festivales que hablan de naturaleza se celebran en ciudades, y en ese sentido la propuesta de Tamurejo también es coherente por el espacio físico donde se realiza.
En esta edición han hablado de ‘Vitamina Siberiana’. ¿Puede la cultura ayudarnos a recuperar la confianza, la curiosidad y la capacidad de imaginar otros futuros?
Eso es lo que venimos trabajando con Siberiana y con ‘Liternatura’; de hecho, es lo que conforma nuestro imaginario. Ahora nos están hablando de inteligencia artificial y nos dicen que el planeta se va a destruir y que solamente cabe viajar en cohete a otros planetas para sobrevivir; si repetimos eso mucho nos lo vamos a creer. Si repetimos mucho que modificando nuestra forma de vivir con algunos cambios a una vida digamos peor, vamos a equilibrar nuestra relación con el mundo, o vamos a poder controlar el cambio climático, el aumento de temperaturas, o los incendios de sexta generación, nos creeremos que esos cambios son factibles, pero todo depende del relato que nos contemos a nosotros mismos. Lo que ocurre es que el relato que nos están contando es el de las nuevas tecnologías y el de la inteligencia artificial, y que los humanos somos los más guapos y eficaces del mundo natural, cuando eso es absolutamente falso, porque somos unos recién llegados al planeta. De lo que se trata es de cómo consigues cambiar ese relato y cómo combates el negacionismo del cambio climático, o a los terraplanistas. En mi opinión hay una pregunta esencial: los que dicen que defienden a España ¿Por qué prefieren comprarle petróleo a Estados Unidos en lugar de trabajar la energía que proviene del sol, que es el gran potencial que tiene España? Nos encontramos a nacionalistas españoles que van contra España, contra la economía y los flujos de energía que provienen de España. Creo que merece una reflexión profunda cómo la polarización ideológica nos lleva a ir contra nuestro propio país, cuando decimos que queremos defender a nuestro país.
Pero estábamos hablando de cultura. La cultura te lleva a tener información, a saber y a razonar sobre lógicas que nadie está exponiendo pero que son fundamentales para mantener a tu país, por ejemplo, y a tu geografía a flote.

¿Qué proyectos tiene entre manos y qué temas le interesa explorar en este momento?
En noviembre publicaré un libro que se llama ‘Gritadero’, un club de gritos que no hubiera sido posible si no hubiera trabajado tanto tiempo en la naturaleza. Nosotros gritamos al nacer, y el último sentido que perdemos al morir es el oído. El grito está muy presente en nuestra expresividad como seres humanos, pero se ha identificado siempre con la protesta articulada, o sea, la voz articulada, y como algo negativo. Yo defiendo el grito como una especie de higiene social, algo esencial. Hablábamos antes de incendios, de huracanes, de erupciones volcánicas… todos ellos mecanismos que tiene la naturaleza para limpiarse. Los gritos cumplen una función similar en nuestro organismo. En el libro propongo crear un club de gritos: personas que se reúnen para gritar; una práctica que, curiosamente, se está extendiendo por todo el mundo de distintas formas.
También estamos trabajando en un guion de cine para Hollywood. Además se está filmando una adaptación cinematográfica de ‘Delta’, mi último libro, por parte del director de ‘El 47’. También estoy con el Festival Liternatura, que está yendo a muchos países, por ejemplo me voy a Dallas, Estados Unidos, para abrir las primeras mesas de ‘Liternatura’ en la ciudad; y estamos hablando con Bilbao. Tenemos ya los festivales, aparte de Siberiana, de Barcelona y de Córdoba. Estamos en Colombia, en México, en Perú, y empezamos a hablar con Chile. E intentamos que el festival y la web de ‘Liternatura’ continúen aglutinando esta idea de ver cómo cultura y naturaleza pueden colaborar para crear una red y que esta red consiga movilizar a la gente para cambiar un montón de cosas que están sucediendo ahora con el planeta.
Si tuviera que resumir el camino recorrido en una palabra, una frase o una idea, ¿Cuál elegiría?
Libertad.
