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La mujer chinata en las primeras décadas del siglo XX

La mujer chinata en las primeras décadas del siglo XX
Debujo jecho con entiligencia alteficial. Chinataj jadiendo tururilloj
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Labor incansable, transmisión de saberes y memoria doméstica

En las primeras décadas del siglo XX la vida cotidiana en los pueblos del norte de Extremadura descansaba en gran medida sobre los hombros de las mujeres. En Malpartida de Plasencia, como en tantas localidades rurales, la mujer chinata fue una figura silenciosa pero fundamental en la organización familiar, en la economía doméstica y en la transmisión de valores culturales.

Su vida transcurría entre el trabajo constante, la crianza de los hijos, el cuidado de los mayores y la administración austera de los recursos familiares. En un contexto de escasez, marcado por economías agrarias de subsistencia, la mujer debía multiplicarse para atender las necesidades del hogar, preparar la comida, lavar en el arroyo Grande o en el Molinillo, cuidar animales domésticos, coser, remendar la ropa y colaborar en determinadas labores agrícolas.

Pero su papel iba mucho más allá de la mera organización material de la vida familiar. Las mujeres fueron también las grandes transmisoras del habla chinata, el vehículo lingüístico a través del cual se enseñaban normas de convivencia, expresiones afectivas, advertencias, refranes y formas de entender el mundo.

En el ámbito doméstico, especialmente en la cocina y alrededor del fuego, se transmitía un universo cultural completo. Allí se aprendían palabras, entonaciones, expresiones y maneras de nombrar la realidad que han llegado hasta nuestros días. Muchas de las fórmulas del habla cotidiana, los diminutivos afectivos, las expresiones de consejo o regaño, y buena parte del léxico doméstico proceden de esa oralidad femenina.

Las madres y abuelas enseñaban con frases sencillas, muchas veces cargadas de sabiduría popular:

No zeaj dejcudiao, chacho, que to lo tiej al retorteo y la via ej mu lalga y hay que tenél centío.
Quien trabaja y no malgajta, nunca le falta un cacho pan.
Arrellanao a la lancha la lumbre. Ai molajden toaj.
Ganalce la gandalla.
Te vi a metel el brado pol una manga.

Estas expresiones no solo transmitían una lengua, sino también una forma de pensar, una ética de vida basada en el esfuerzo, la dignidad y la solidaridad familiar.

La cocina era un espacio de cultura y memoria, constituía uno de los centros simbólicos de la casa. Alrededor del fuego se reunía la familia, se compartían noticias, se contaban historias y se preparaban alimentos sencillos que formaban parte de la identidad culinaria local.

Entre estas preparaciones tradicionales quiero destacar loj tururilloj, también llamados deoj de zanto, un dulce humilde, elaborado con ingredientes básicos, que muchas mujeres preparaban en momentos festivos, cuando había un poco de aceite disponible.

Se invitaba a la vecina, que rápido acudía a ayudar:

¿Chacha, venta pacá que me ayuej a jadel unoj tururilloj!. Ejque va venil la mi comaire que se jueron a loj mairilerj ya jade á y vienen con la embajá de rapaltil larencia del zuegro y a jadel la mida del cabo daño. ¡Ya vej tu!.

Acina que dicho yo pa mi, tendre que convialla ci viene pol cada. Pero diden que za jecho mu repulía, acin que no la pueo dal cualquier coda, la zaco unoj tururilloj y un buen pucherino de leche de la cabra, endulzao con aguamiel, quezo no lo catan en Madri. ¡Oiii, rao lo palta!. Jey. ¡Malrijco lo pele!

Ay que jadel una güena catelva de tururilloj pa que ce tupa y no ce que a medio mogate. Que ci la zaco pocoj va a didil “mia como andarán, ejtan jadiendo lumbre con laj quejaj, loj probej”y no me da la gana, ¡pero coño!

Aquí mejmo tengo la jarina, loj güevoj de laj gallinas puejtoj ayel de mañana, un cualtillo de leche de la mi cabra, azucal que comprao medio kilino en ca tia Zofía, la botellina de anij del mono, ¡anda échate un trangullón, que tienej gana, zo joía! y aluego echamoj uno poquino en la mada. Tamien tengo un pellijquino de levaura que le peío al del jolno, una panilla dadeite de lalmazara. Tamien ai quien lecha rallaura de limón, pero mia tu que paquí nadie tie limonej ni naranjaj, ezo ej de gente rica. ¡Jate pallá!

En la cazuela albedriá vamoj a batil trej o cuatro güevoj con lazucal y añaimoj la jarina poquino a poco y tu dalle con el teneol jata que jaga una mada espeda pero que ce puea zobal con laj manoj pa jadel la folma de loj tururilloj, alalgainoj y como el deo goldo. No tolviej dechal la levaura y seguir dando vueltaj y aluego el anij, un buen chorrino.

La lumbre ejta juelte y la zalten en laj ejtrevedej con el adeite rugiente. Vaj echando loj tururilloj zin que se peguen, loj separamoj con la cuchara jerreña y cuanti ejten dorainoj loj damoj la güelta y deceguía ejtan fritinoj, no te loj dejej arrebatal.

Loj vamoj zacando y loj ponemoj en la juente grande de polcelana que me la dio mi maire cuando moj cadamoj. Polcima loj vamoj echando un poquino dazucal, que como ejta aterroná yo la dejmigajo con loj deoj.

Ala llevaté trej o cuatro pa tu cada y muchaj vedej, chacha. Oui pol ti y mañana pol mi. Paezo ejtamoj los vedinoj.

Las mujeres chinatas no dejaron apenas textos escritos, pero su legado permanece en la lengua hablada, en las recetas transmitidas oralmente, en las canciones, en las alboradas de boda, en los cuentos que narraban a los niños y en el vocabulario cotidiano que sobrevivió generación tras generación.

Podría decirse que la cocina, el corral y la propia calle, fueron verdaderas escuelas lingüísticas, donde el chinato se aprendía sin esfuerzo, integrado en la vida diaria.

En ese sentido, la mujer desempeñó un papel esencial como custodia de la identidad cultural local. Gracias a ellas, muchas palabras, expresiones y saberes tradicionales han llegado hasta nuestros días.

Recordar hoy a aquellas mujeres no es solo un ejercicio de memoria histórica, sino también un reconocimiento a quienes, desde la discreción del trabajo cotidiano, sostuvieron durante décadas la cultura, la lengua y los valores de la comunidad.

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