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Hablar como se ha vivido: una escena chinata entre lengua y memoria social

Hablar como se ha vivido: una escena chinata entre lengua y memoria social
Dos mujeres chinatas conversan al paso en una calle enrollada. En estos encuentros cotidianos se transmitía, sin conciencia de ello, un patrimonio lingüístico hoy en riesgo de desaparición. Foto: Cedida
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El diálogo que se presenta a continuación no es una transcripción literal de una conversación real, sino una recreación dramatizada construida a partir de materiales auténticos del habla chinata, palabras, giros, entonaciones, temas y formas de relación documentadas durante décadas en Malpartida de Plasencia.

Su finalidad no es reproducir un hecho concreto, sino mostrar cómo hablaba una parte significativa de la población mayor del pueblo, utilizando un léxico fonético libre, sin normalización ni reglas ortográficas fijas, tal como surge en la escritura espontánea.

Veamos este diálogo simulado, en el que tanto personajes como argumentos nada tienen que ver con la realidad:

Ulalia y Tedora, (dambaj zon viuaj, tien alreol de loj 70 añoj)

Ulalia: Cucha, chacha, ya jade a que no te vía.

Tedora: Buj, lo mejmo te digo Ulalia. Pande ajandao.

U: Pojemoj ejtao de meicoj, veley tienej, polque ze magarró el culebrón aquí al cuairil y he andao “gorin gorin”, majallá cacá. Y tu como andaj de lo tuyo.

T: Lo mio velequí, que no mentonan loj meicoj, me llevaron loj muchachoj jal curandero la zemana padá y velei, aluego me trujon pal pueblo y paice que mentonao argo, pero cuanti que demua el tiempo y cuanto menoj te pelcataj, te jarrea el aciburri y te queaj tieda como un ajo.

U: Que lo vamo ja jadel, mucha resinación y dando gradiaj, polque poia zel peol. ¿Zabej lo de tio Candelo?

T: Zi ze que la nuera no le quería, ni tu pami ni yo patí. Polque ejta muchacha era forajtera y tia Gapita y tio Candelo no querían que ze cadara su hijo con una forajtera, ubiendo tantaj buenaj modaj en er pueblo, que la jay y bien relimpiaj que zon.

U: Toma claro, mia tu quembajá dilce a cadal con una de pai, que diden que zon toj mu zuyoj.

T: Uiii, y mu ajquerodoj, que no zon como nodotroj loj der pueblo y yajtá.

U: Pero, cucha elmana, diden ca tio Candelo, er probe, lan llevao a un azilo. Ya vej tu, a un azilo de loj probej, polque la nuera no quie tenel ejtorboj en cada.

T: Po zi elijo lo conciente, ej que jigual, un joio payado, que paice quejta engarabañao, el joio ajquerodo.

U: Amoj eh, poj dique…. Cria cuelvoj y tye zacan lodojoj. Toer pueblo lo zabe y ze jaden crudej, zolo de penzallo me ze acea el bacalao, chacha.

T: Al probe tio Candelo pol lo vijto, diden que le pegó una patá la jaca y le queó maraviao; pero una santerao quentre el hijo y la nuera le dieron una buena machaquina pa quitalle loj cualtoj; pero tu no digaj na que aluego to ze zabe y anda pallá. Vel, oil y callal.

U: Capañoj de tia la tuelta

T: Po zi

U: Er que zabrá io pal prao colaña ha zio tio Tiofilo. Le dio un colico micerere y jinco el poleo, zin didil ni chuj ni muj. Paice cabrá queao bien abrochaoj a lo dijoj, polque tio Tiofilo tenía bien cubielto el riñón; pero era dezoj que no zabe la mano izquielda lo que tie la diejtra.

Azina que lo dijoj labran tenio güena. Pol lo vijto er grande ze topó con er puchero cabía ejcondio tio Tiofilo en una parej daobej de la cuaira. Er puchero ejtaba lleno con comuelgo de moneaj doro y el grande zabrá queao con to lo que quizo y habrá dejao azomaoj a la ventana a lo dotroj dijoj. Azin quel chico le quido jincal la navaja en metá de la calle y le tubon que quital loj vedinoj, que zi no allí mejmo le jinca.

T: Cuidiao, cuidiao, que poquita lacha y que anzia, no ze tupen, quien lo iba a didil. Güeno ¿y loj tuj muchachoj en que sinvielten?.

U: Poj pai andan bujcandoze la gandalla, eluno ze jue pa loj mairilij y lodotroj cauno como pué..

T: Güeno voy a vel zi calo unaj zopinaj de la olla.

U. Ala, jate pallá gotera.

En Malpartida de Plasencia, como en tantos pueblos del ámbito rural extremeño, la lengua no ha sido solo un medio de comunicación, sino una forma de vida. El habla chinata, la manera tradicional de hablar de los chinatos, ha servido durante generaciones para contar, advertir, juzgar, consolar y, sobre todo, para reconocerse como parte de una comunidad. Cuando esa lengua se pone por escrito tal como se habla, sin someterla a reglas ortográficas externas, lo que emerge no es solo un texto, aparece una escena social completa.

El diálogo entre Ulalia y Tedora que sirve de base a este artículo es un ejemplo excepcional de ello. Dos mujeres de más de 80 años conversan en la calle, se saludan tras tiempo sin verse y, a partir de ahí, desgranan una sucesión de asuntos que cualquiera reconocerá como propios de la vida cotidiana del pueblo. Hablan de los temas más socorridos: enfermedades, médicos, curanderos, hijos, nueras, herencias, muertes y resentimientos antiguos. No hay artificio literario. Todo suena verosímil porque responde a una forma real de hablar y de relacionarse.

El texto está escrito en léxico fonético chinato, sin normalización y sin pretensión normativa. Esa ausencia de reglas fijas no es una carencia, sino precisamente su mayor valor. La escritura reproduce la lengua “tari como zuena”, tal como se oye, con sus aspiraciones, sus reducciones, sus fusiones y su ritmo acelerado. El lector local no ‘lee’ el texto, lo escucha mentalmente. Reconoce las voces, la cadencia, incluso el gesto corporal que acompaña a muchas de las frases.

Desde el punto de vista lingüístico el diálogo concentra riqueza. La fonética aparece plasmada de forma directa: la ‘s’ final se convierte en un sonido aspirado cercano a ‘j’ (loj añoj, probej), la ‘h’ inicial deja de ser muda y se pronuncia con fuerza (jade, jal curandero, jincó), y muchas consonantes intervocálicas desaparecen (andao, queao, tubon). No son ‘errores’, sino de mecanismos naturales de la oralidad, orientados a la economía expresiva.

Las palabras se funden unas con otras (majallá cacá, pande ajandao), las frases se acortan hasta el límite de lo necesario y los marcadores conversacionales, cucha, poj, güeno, ala, sostienen el hilo del diálogo. La gramática no responde a la lógica de cátedra, sino a la de la calle, es flexible, elíptica y profundamente eficaz para la comunicación inmediata.

El léxico, por su parte, es intensamente local y evaluativo. Se informa y se juzga. Expresiones como mameluco, calzonazo, engarabañao o ajquerodo no describen de forma neutra, toman partido. La lengua chinata, como muchas hablas tradicionales está cargada de valores, de ironía y de una moral comunitaria que se expresa sin rodeos.

Pero el verdadero interés del texto va más allá del análisis lingüístico. El diálogo funciona como una radiografía social. Ulalia y Tedora representan un papel bien definido en la estructura del pueblo. Las mujeres mayores han sido tradicionalmente depositarias de la memoria oral y nodos fundamentales de información. A través de ellas circula el conocimiento sobre la salud, los conflictos familiares, las muertes y las herencias. No se trata de simple chismorreo, sino de un mecanismo de cohesión y control social.

El caso de tío Candelo condensa uno de los conflictos más recurrentes en el imaginario rural, la entrada de una nuera forastera, el desplazamiento del anciano y la sospecha de interés económico. La dureza con la que se juzga al hijo, calzonazo, y a la nuera no nace del capricho, sino de una ética compartida, el deber de cuidar a los mayores y de respetar la continuidad familiar. Cuando ese pacto se rompe, el pueblo habla, y lo hace sin eufemismos.

Algo similar ocurre con la historia de tío Tiofilo. La muerte repentina, el dinero escondido, el hijo que encuentra el puchero y el hermano que reacciona con violencia forman parte de una narrativa trágica profundamente reconocible.

La lengua chinata permite contar estos episodios sin dramatismo literario, pero con una crudeza que resulta más efectiva precisamente por su naturalidad. La violencia, la envidia y la desigualdad aparecen como elementos latentes de la vida social, recreada en el diálogo.

En todo el diálogo subyace una visión del mundo marcada por la resignación, pero también por la lucidez. Las enfermedades se aceptan con fatalismo, el tiempo se percibe como amenaza constante y la muerte forma parte de la conversación sin solemnidad. El humor áspero, las metáforas corporales y alimentarias (me ze acea el bacalao, te queaj tieda como un ajo) funcionan como mecanismos de defensa frente a la dureza de la vida.

Que un texto así pueda ser escrito y leído hoy es el resultado de más de 20 años de trabajo de recuperación y dignificación del habla chinata impulsado por la Asociación Cultural Amigos del Habla Chinata.

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