Hay dolores tan grandes que no admiten consuelo, como el accidente de tren del 28 de octubre, cerca de Urda, que se llevó por delante sueños, risas, planes… Vidas interrumpidas de golpe, familias rotas y un vacío que no hay palabras que suavicen esta pérdida, ni explicaciones que la hagan más llevadera, ni abrazos que alcancen a sostener el peso del vacío y el sufrimiento que se genera frente a ciertas despedidas. Hay desconsuelos que no se resuelven, solo se habitan.
Cuando el tren se detiene para siempre y el mundo se parte en dos, cuando no hay forma de reparar lo irreparable, el consuelo se convierte en una promesa lejana.
No hay lección que aprender, solo queda acompañar la desolación, el dolor, y cuidar con más atención a quienes se quedaron, permitiendo que la tristeza ocupe el espacio que necesita, sin pretender expulsarla demasiado pronto. Reconocer que hay heridas que no se cierran del todo, y, que eso no nos hace débiles, nos hace más humanos.
Precisamente en esa falta de consuelo se revela una gran y profunda verdad; nuestra existencia no es un derecho con garantía, todo lo contrario, es un préstamo delicado, un hilo fino que puede romperse sin previo aviso. Cuando la vida muestra su fragilidad aprendemos de la forma más dolorosa posible que no se puede dar nada por sentado, porque en un solo minuto todo puede quedar pendiente para siempre.
A quienes se fueron en ese trágico accidente, que su ausencia y su memoria no se diluyan en el olvido y nos recuerden cada día lo frágil, valioso y precioso que es vivir. Que nos enseñe a caminar con más autenticidad, de forma más verdadera, y nos impulse a tratar la vida, la nuestra y la de los demás, con la delicadeza que merece, a ser más atentos, más cercanos y más conscientes de lo breve que es cada viaje, entendiendo que cada mañana que abrimos los ojos es un regalo, no un simple hábito o costumbre.
En recuerdo a todas las personas fallecidas en el accidente de tren de Urda y con el corazón puesto en el dolor de quienes se quedaron.