Establecer una firme y convincente relación de comunicación eficaz con nuestro entorno familiar y con el aula es una tarea importante desde los inicios de nuestra primera etapa infantil, si bien en los primeros meses y los primeros años la relevancia, sin duda, está en el eslabón afectivo emocional que se genera en el vínculo psicoafectivo entre madre, padre, entorno familiar, sistema familiar y el niño o la niña.
Sin embargo, el aula y el sistema educativo tienen una gran importancia a la hora de transmitir valores y conocimientos a partir de la segunda infancia o una edad en la que nuestros niños y niñas empiezan a tener ciertos niveles de comprensión madurativa, es decir, razón, sentido y capacidad de aprendizaje.
Si en alguna de estas dos áreas, tanto la afectiva y emocional como la del conocimiento y transmisión de valores en las distintas áreas del aprendizaje, se distorsiona la comunicación y la manera de comprender, y aparecen secuencias y circunstancias hostiles que agravan.
La comprensión de nuestros niños y niñas fácilmente puede romper el cordón umbilical que separa la vida del camino que deben llevar para forjar un nivel de comprensión de lo que les rodea. En este sentido, comprender bien, asimilar y digerir cada una de las pequeñas cosas que les suceden es una tarea que tenemos que tener siempre presente y estar alerta a lo que se escucha, se vive y se concentra en ese espectro emocional que va a ser el hilo conductor de su desarrollo madurativo y comprensivo.
A la hora de establecer esta comunicación es importante que lo que soltamos sea bien recibido, que lo que se ha recibido sea bien comprendido, que lo que se transmite sea bien comprendido y transmitido, y que de todo esto el niño y la niña, llegado al momento, pueda tener un paisaje y un escenario de comprensión y apego por la vida que le permita iniciar su propio camino y tomar sus propias decisiones.
Y en este punto, a ciertas edades, sea el entorno más o menos normalizado, hay que detenerse como madre, como padre, como tutor, como adulto y como sociedad para que no existan trampas ni hostilidades que puedan empañar el acierto, el desafío del niño y la niña a la hora de encontrarse con la vida y tomar decisiones. Sobre todo, si tomar decisiones significa tener una limpieza emocional, moral y de comprensión del mundo.
Encontrar esa página en blanco, sin manchas, es una tarea que corresponde al adulto que acompaña a nuestros niños y niñas. Corresponde también a la sociedad y corresponde a aquellas instituciones y sistemas, tanto educativos como del resto de servicios, de cara a que nuestros niños y niñas puedan hacer su vuelo sin tener que mirar atrás, sin asperezas ni deudas con el pasado, y sin tener la complicación añadida de encontrarse en el vacío de la incertidumbre, del dolor, de la culpa o de la frustración, sentimientos que son hostiles y que no permiten alzar el vuelo en la dirección adecuada.
El espacio en blanco se comprende como el espacio neutral, hecho a medida, sin dispersión y centrado en los deseos e ilusiones de nuestros niños y niñas, sabiendo que lo que encuentran fuera está por llegar y que los resultados llegarán después del esfuerzo adecuado. Si no hay unas raíces sólidas que puedan transmitir estas enseñanzas es imposible alzar el vuelo adulto.