Hay libros que nacen de una idea y otros que parecen surgir de una forma de estar en el mundo. ‘Todos los seres sintientes’, de Pedro Kaiten Piquero, pertenece a esta segunda familia: la de los textos que no se limitan a exponer una tesis, sino que intentan convertirla en experiencia. Athenaica acaba de publicar este ensayo en el que la compasión se entiende menos como una aspiración abstracta que como una práctica diaria, concreta y exigente.
El punto de partida es la vida compartida con Murphy, la perra del autor, cuya presencia atraviesa el libro con la naturalidad de lo cotidiano. Desde ahí, Pedro Kaiten Piquero va tendiendo puentes entre la enseñanza budista y la realidad más incómoda; la que se esconde en los mataderos, en los laboratorios, en las granjas industriales y en tantos gestos de consumo que preferimos no mirar demasiado de cerca. Su escritura no levanta la voz, avanza con firmeza como quien sabe que la verdad no necesita estridencia para resultar incómoda.
A lo largo del ensayo el autor pone en diálogo ideas como la interdependencia, la impermanencia o la vacuidad con una pregunta elemental: ¿qué hacemos, en la práctica, con el sufrimiento ajeno? El veganismo aparece no como una etiqueta de pureza ni como una meta inalcanzable, sino como un punto de partida, una forma de abrir la puerta a una ética más amplia, menos ciega y más atenta a lo que ocurre alrededor.
La trayectoria de Pedro Kaiten Piquero ayuda a entender el alcance del libro. Pianista, traductor y monje zen, discípulo de Gudo Wafu Nishijima, recibió la transmisión del Dharma en Japón en 2017 y dirige la comunidad Dogen Sangha en España. También ha traducido al español textos fundamentales del budismo y desarrolla su labor en defensa de los animales desde Dharma Voices for Animals. En esta ocasión, esa biografía no funciona como adorno, sino como la base desde la que escribe alguien que no habla desde la teoría, sino desde una convicción trabajada durante años.
Los beneficios del libro se destinarán al Santuario de animales Dharma, en la localidad cacereña de Madrigal de la Vera, Cáceres, lo que refuerza la coherencia entre el contenido del ensayo y su destino final. Con prólogo de Gustav Ericsson, sacerdote luterano sueco y amigo del autor, que subraya el valor de esta propuesta como un puente entre convicciones firmes y compasión abierta, ‘Todos los seres sintientes’ se presenta como una invitación a mirar sin apartar la vista.

Hemos tenido la oportunidad de hablar con Pedro Kaiten Piquero para conocer mejor su nueva obra.
¿En qué momento sintió que este libro ya no era solo una idea, sino algo que necesitaba publicar?
No hubo un instante concreto. La preocupación por la forma en que nos relacionamos con los animales no humanos llevaba años acompañándome, hasta que consideré oportuno compartir esa inquietud. La propuesta de mi amigo y editor, Manuel Rosal, de convertirla en un manifiesto fue el impulso definitivo para que acabara transformándose en la obra que ahora presento.
¿Cuánto hay de su recorrido personal en estas páginas?
Mucho. Como tantas personas, no nací en un entorno que favoreciera una relación respetuosa con los demás animales. Con el tiempo he ido revisando muchos de mis hábitos; sin embargo, es un proceso inagotable. Vivimos en una sociedad estructurada en torno al consumo animal, por lo que revisar ciertos automatismos diarios sigue siendo un aprendizaje constante. Todos nos equivocamos y estamos limitados por nuestros condicionantes, pero lo importante es empezar a caminar.
Alguien podría pensar que, por el tema que aborda, el lector se va a encontrar con un texto cargado de reproches.
Sí, ese riesgo existía. He procurado mantenerme alejado de esa perspectiva sin renunciar a mostrar con claridad la extrema dureza de la situación que viven tantos seres con los que compartimos el planeta. No he querido escribir un libro que moralice. Mi propósito ha sido invitar a mirar de frente una realidad que solemos ignorar. Lo he escrito desde el afán de comprender mejor cuál es nuestra responsabilidad hacia los más vulnerables, no desde la ira. No se trata de ir contra nadie, sino a favor de todos, sean humanos o no.
¿Hubo momentos en que sintió que no funcionaba o le costó encontrar ese tono tan limpio?
Sí, varias veces. Suelo irme por las ramas, por lo que construir un discurso con un único hilo argumental no me resultó fácil. Llegó un momento en que tenía mucho material, pero no un verdadero libro; había demasiadas ideas compitiendo entre sí. Reducir el manuscrito a la mitad me obligó a renunciar a temas que creía imprescindibles, pero fue precisamente al eliminar esa densidad cuando el contenido empezó a respirar. En ocasiones, la creación consiste en saber qué dejar fuera.
Debemos hablar de Murphy, su perrita, que está muy presente en el texto.
Diría que es el sustento de toda la obra. El escrito es, por un lado, un alegato en defensa de los animales desde la ética budista y, por otro, un sentido homenaje a ella. Murphy me recuerda cada día que el Dharma (la ley del universo que se manifiesta en el instante presente) es la vida tal y como sucede delante de nosotros, no una teoría. Los individuos de otras especies pueden enseñarnos sobre la atención, la sencillez y la compasión sin intermediarios.
El manifiesto está profundamente arraigado en el budismo zen. ¿No corre el riesgo de cerrarse las puertas a lectores ajenos a esa tradición?
Creo que no, o al menos esa no ha sido mi pretensión. El texto se dirige a cualquier persona dispuesta a reflexionar sobre nuestra relación con los demás animales. El budismo es el marco desde el que abordo estas cuestiones, pero la compasión o el respeto por la vida no pertenecen a ninguna escuela en exclusiva. Me gustaría que cualquier lector pudiera encontrar algo valioso aquí, independientemente de sus ideas. No es necesario abrazar mi tradición; basta con tener la disposición de escuchar los gritos del mundo.
¿Qué le pediría a un lector escéptico?
Que se acercase sin creer que se le va a juzgar o que se le exige algo de antemano. Solo propongo observar con honestidad aquello que habitualmente dejamos fuera de nuestra atención. Me gustaría que comprendiera hasta qué punto podemos normalizar el dolor ajeno cuando este entra en conflicto con nuestras costumbres o con nuestra comodidad. Muchas veces no es la mala intención lo que nos hace girar la cabeza hacia otro lado, sino la naturalización de lo que debería resultarnos intolerable y el puro desconocimiento.
Los beneficios del libro se destinan íntegramente al Santuario de animales Dharma, en Madrigal de la Vera. ¿Es esa una forma de llevar a la práctica lo que en él se propone?
En parte sí. Para mí era fundamental que el proyecto no se quedara en un mero discurso. Los santuarios de animales son lugares éticos esenciales: espacios libres de violencia donde, además de rescatar y proteger a los seres más perjudicados por el maltrato, se puede experimentar una forma de aprendizaje real, directa y sin adoctrinamiento. Quien visita un santuario contempla dinámicas de altruismo y respeto que ningún ensayo puede explicar. Fran y Sabela, los responsables de este paraje cacereño, han decidido poner la vida de otros por delante de la suya. Creo que ese ejemplo merece todo nuestro apoyo.
Por último, si un lector debiera quedarse solo con una idea de todo su manifiesto, ¿cuál podría ser?
Que no somos mejores ni peores que aquellos a los que hemos sometido desde tiempos inmemoriales. Todos merecemos una vida plena sin que nadie la interrumpa antes de tiempo. No apartar la vista del sufrimiento ajeno es, probablemente, la práctica más urgente de nuestro tiempo. Extender la compasión más allá de nuestra propia especie no resolverá todos los problemas del mundo, pero sí reducirá drásticamente la violencia innecesaria que ejercemos sobre otros seres sintientes y, en consecuencia, la que termina proyectándose entre nosotros mismos.